Opinión


El Tigre ataca: de cómo la muerte llegó a Tacubaya

El Tigre ataca: de cómo la muerte llegó a Tacubaya | La Crónica de Hoy

A la ciudad de México llegaron los rumores de un asesinato masivo, contrario a las leyes de la guerra y del código de honor con los que se habían formado todos los militares que, en uno u otro bando, libraban la guerra de Reforma.

Resonaron en las calles de la capital los gritos de las tropas conservadoras que, después de derrotar a las fuerzas del liberal Santos Degollado, contra las cuales combatían desde el día 7, entraban a la capital a festejar por todo lo alto. Dejaban atrás varias decenas de cadáveres que se iban a convertir en fantasmas de gran rentabilidad política para los rivales de los conservadores.

LAS VÍCTIMAS. ¿Quiénes eran esos cincuenta y tres muertos? Oficiales tomados prisioneros, los médicos y civiles voluntarios que atendían a los heridos en el improvisado hospital que se montó en el convento franciscano de San Diego de Tacubaya, y muchos otros que nada tenían que ver con la guerra civil.

Francisco Zarco, que, a salto de mata, aún permanecía en la Ciudad de México, hizo bien su trabajo de reportero; consiguió muchos nombres: los coroneles Genaro Villagrán y José María Arteaga; el capitán José López y el teniente Ignacio Sierra. Cinco médicos: Ildefonso Portugal, Gabriel Rivero, Manuel Sánchez, Alberto Abad y el inglés Juan Duval. Dos estudiantes de medicina: José M. Sánchez y el que ya era poeta y escritor conocido, Juan Díaz Covarrubias.

Entre los civiles destacaba el abogado Manuel Mateos, de familia liberal radical; tres ciudadanos italianos, de los cuales sólo conoció el apellido de dos: Dervis y Kisser. Se sumaron a la lista de víctimas vecinos de Tacubaya, unos artesanos, otros labradores. Dos jovencitos apellidados Smith, hijos de mexicana y estadunidense, que estaban en el pueblo por no poder entrar a la capital, y por asomarse a ver el tumulto, fueron hechos prisioneros y luego fusilados. De su casa de Mixcoac sacaron al abogado Agustín Jáuregui, por algún rencor o cuenta pendiente que nadie conoció con claridad, y lo llevaron también al paredón. La noche del 11 de abril transcurrió entre gritos de auxilio y el retumbar de los disparos.

El 12 de abril, cuando los conservadores celebraban con Te Deum en Catedral la victoria, algunos amigos de las víctimas y los habitantes de Mixcoac y Tacubaya se animaron a llegar hasta San Diego. Volvieron con imágenes terribles en la memoria: algunos cadáveres habían sido arrojados en una sala del convento, otros estaban tirados en el patio. Todos estaban desfigurados y desnudos, pues la soldadesca recibió permiso de quedarse con las pertenencias de los muertos.

Ignacio Altamirano, que buscaba a sus compañeros Mateos y Díaz Covarrubias, los encontró con los cráneos destrozados. Furioso, escribió una cuarteta que, admitió después, quizá no era muy buena, pero que reflejaba la terrible paradoja de la victoria militar que se festejaba en la ciudad, mientras en San Diego todo era horror:

 

Ilumínate más, ciudad maldita,

ilumina tus puertas y ventanas.

Ilumínate más, luz necesita

El partido sin luz de las sotanas.

LA PRECUPACIÓN POR EL JUICIO DE LA HISTORIA.Después de los sucesos del 11 de abril, ni a Miramón ni a Márquez les pareció necesario aclarar quién había dado la orden de matar no sólo a los prisioneros de guerra, sino a los heridos, a los médicos y a los civiles.  Márquez, acusado en esos mismos días, de malversar los haberes de sus tropas, estaba más ocupado con la edición de un Manifiesto donde rendía cuentas —y es interesante el antecedente— peso por peso, de los gastos que había realizado.

Pero cuando el clamor liberal rebasó al círculo estrictamente político y se convirtió en tema de crítica generalizada y mancha de oprobio para los conservadores, ambos generales se echaron la culpa mutuamente. El tironeo estaba, quizá, de más: para el pueblo, que poco sabía se sutilezas, Leonardo Márquez se convirtió en El Tigre de Tacubaya, y Miramón, responsable en tanto, autor intelectual.

Los crímenes de Tacubaya dieron pretexto para alargar el rencor entre los dos grandes grupos políticos que se disputaban el control de la nación. Nadie quiso cargar con la responsabilidad de los asesinatos: ni Miramón, que firmó la orden de pasar por las armas a los “jefes y oficiales”, ni Leonardo Márquez, que se excedió en la instrucción recibida.

En 1868, desde el destierro, Márquez escribió uno más de sus manifiestos, en un intento infructuoso de limpiar su imagen. No sólo culpó a Miramón de los asesinatos de 1859: lo acusó de haberse apoderado, por la fuerza, de la orden firmada, enviada a Márquez, que demostraba su responsabilidad.

Miguel Miramón ya no podía defenderse de las acusaciones de su antiguo subordinado: tenía un año de muerto, fusilado al lado de Maximiliano en el Cerro de las Campanas.

DEL TESTIMONIO A LA LEYENDA CÍVICA Y EL ATAQUE POLÍTICO. De los crímenes de Tacubaya se escribió larga y rabiosamente, al calor de los acontecimientos. Al día siguiente, después de dar con los cadáveres de sus amigos, Ignacio Altamirano le envió una carta a su maestro Ignacio Ramírez, cuñado del difunto Mateos, donde le contaba los horrores que había visto.

Zarco, después de sus indagaciones, un día o dos después de los asesinatos, puso a circular un folleto que se hizo célebre muy pronto: “Las matanzas de Tacubaya”, que al correr de los años se convirtió en una de las fuentes esenciales para intentar comprender los acontecimientos de aquel 11 de abril.

Los liberales no reclamaban solamente un crimen masivo: habían perdido a un par de potenciales líderes políticos de esa pequeña élite ilustrada que empujaba su proyecto de país. Por eso, el reclamo de venganza, antes que de justicia, se mantuvo muchos años en periódicos y libros. No bien se terminaba la Guerra de Reforma, en el primer número de El Siglo Diez y Nueve, el gran periódico liberal que volvía a circular, se publicaba un largo poema, escrito desde 1859, en memoria de las víctimas.

El tema se volvió una de las banderas de guerra de los liberales que luego protagonizaron la resistencia contra el proyecto imperial impulsado por Napoleón III y los conservadores mexicanos. Y dio para mucho más: el dramaturgo Aurelio L. Gallardo escribió una obra acerca del tema, y cuando, en 1870, dos consagrados de la política y de las letras, Manuel Payno y Vicente Riva Palacio, dieron a conocer esa gran crónica literaria de los hechos sangrientos de la historia mexicana que es El Libro Rojo, le pidieron a Juan Antonio Mateos que escribiera sobre aquellos días. Mateos optó por publicar las páginas que había escrito once años antes, recién asesinado su hermano Manuel.

Sólo hasta 1880, Altamirano se decidió a escribir su propia crónica de los acontecimientos. Todos los generales conservadores —Miramón, Mejía, Daza Argüelles, Buenabad y O’Horan— que habían tenido mando aquel día de abril de 1859, habían muerto durante las guerras, y en ello veía el escritor y político guerrerense la justicia del pueblo, o tal vez de Dios. Quedaba uno, Márquez, “condenado a arrastrarse como un viejo reptil”.  Nadie quedó impune, reflexionaba Altamirano. Por décadas, el pueblo fue conocido como “Tacubaya de los Mártires”.

 

 

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