Opinión


El Twitter de las palabras

El Twitter de las palabras | La Crónica de Hoy

Un aforismo de Elías Canetti nos ayuda a adentrarnos en el mundo de la brevedad que puede llegar a significar esa red social de carácter global que es Twitter: “el arte consiste en leer lo suficientemente poco”. Twitter, es cierto, se ha convertido en el escaparate de todo y al mismo tiempo de nada. Y si bien nos afanamos en seguir a aquellos usuarios cuya producción de mensajes nos resulta edificante e ilustradora en algún sentido, no dejamos de estar expuestos a la banalidad en todos sus tonos, a las obsesiones febriles, las filias y las fobias de la política y sus entuertos, a la estridencia de los insultos y las descalificaciones, a la feria de la propaganda disfrazada de argumento, a la publicidad, a la tontería y al desfile de los egos tan afectos a los gerundios.  

Como sea, Twitter es uno de los grandes experimentos de comunicación colectiva del siglo XXI, es un vehículo que reinventa la comunicación entre pares, que democratiza en automático. Es un espacio en el que también florece la imaginación, donde se explora al lenguaje, donde circula el conocimiento y la creatividad, que son todas estas a fin de cuentas formas de la experiencia literaria.

En sus laberintos nos extraviamos con mayor o menor fortuna. Por debajo, o mejor dicho, por encima del aviso de ocasión, de la cartelera cultural, de la rabieta política, de la denuncia vociferante, del panfleto, de los memes, o del bullying que la emprende y se ensaña contra todo aquello que se mueve  —Twitter es, a veces, sinónimo de la palaba jauría— por encima de todo esto decía, subsiste, perdura, se amerita la voluntad literaria.

En mi caso, es un espacio que me ha servido principalmente para ensayar el arte de la brevedad. Un foro diminuto donde cabe el aforismo, la greguería —como la bautizó Ramón Gómez de la Serna—, la micro ficción, el micro ensayo, el humor deletreado en unas pocas palabras de quien observa y se observa en la brega de todos los días.

En Twitter utilizo las herramientas de la palabra para pasear por mis horas cotidianas, por mis pensamientos en las horas insomnes, por mis hallazgos verbales o por mis simples ocurrencias.

En Twitter me encuentro y me desencuentro todos los días con las minucias del idioma español: con sus perlas, sus canicas, sus pepitas, sus más hostiles rocas, sus garbanzos de a libra, y todo ello metido en una talega virtual de apenas 280 caracteres.

Twitter es, para mí, un espacio para hablar con palabras de las palabras, para reírnos de ellas, para enamorarnos de ellas, para odiarlas, para —como escribiera Octavio Paz— “darles la vuelta y cogerlas del rabo (chillen putas), para azotarlas, para darles azúcar en la boca a las rejegas, para inflarlas y pincharlas, para sorberles la sangre y los tuétanos,  para secarlas, caparlas, desplumarlas, destriparlas, arrastrarlas, para que las palabras se traguen todas sus palabras”. 

Comparto una selección de estos breves paseos míos por el arte de las palabras que hablan de las palabras.

1.

El idioma no se descompone, al contrario, se enriquece, si se desconchinfla.

2.

Vieja, en desuso, fea y encantadora al mismo tiempo, me gusta esta expresión pueril, que aligera con afecto a un sinvergüenza, y que resonó en los oídos de mi infancia: chingüengüenchon.

3.

Advierto un atisbo poético en el nombre de una gaseosa mexicana: Manzanita Sol. Involuntario haikou de la nación refresquera.

4.

Advierto la épica de la fonética en el nombre de otra gaseosa mexicana: Titán de Toronja.

5.

El español no ha logrado encontrar mejor pretexto que el de Chuchita, cuando la bolsearon.

6.

Hay una enorme distancia visual, verbal, lúbrica y lúdica entre la palabra braga y la palabra pantaleta.

7.

De los nuevos usos del idioma. Dos palabras se incorporaron a la lista de muletillas habituales del español de los mexicanos más jóvenes, hasta casi desvirtuarse: obvio y literal.

8.

La X es trans en su identidad fonética y gráfica: suena a j como en México, a sh como en Xola, a s como en Xochimilco y a x como en un café expreso. Es letra postrera del alfabeto, es un tache, una marca en el mapa del pirata, y es número romano. La X es, en resumen, esquizofrénica. La x es todo menos “x”.

9.

El buen español le permite a las parejas bien avenidas los apapachos y los arrumacos.

10.

Blando, maleable, que de tan frágil se parte. Una pátina oscura que avanza sobre la mocedad verde de su carne: así es un aguacate aposcaguado.

11.

Entre el kikiriki de los gallos y el cucurrucú de las palomas, la i y la u se emplean a fondo en el departamento de las onomatopeyas.

12.

Acusado de ladrón, uno, y de autor de fraudes electorales, el otro, el cacomixtle y su primo hermano, el mapache, reclaman se les haga justicia.

13.

“Un amor baladí, eso fui para ti”, cantaba Manoella Torres, la mujer que nació para cantar, en la década de los setenta. Nunca nadie más volvió a usar la expresión “baladí” en una balada.

14.

El español a veces nos permite decir lo mismo de una manera más rebuscada. Por ejemplo, si digo “pronto caerá el caudillo populista”, puedo decirlo de esta manera: el adalid es baladí.

15.

En el reino de la u. La canción: cucurrucucú; la golosina: bubulubu.

16.

El pez migrante: cuando cruza la frontera, el huachinango es red snapper.

17.

Mira que hay que tener mala estrella para que además de estar en peligro de extinción te vengan a bautizar con el nombre de chichicuilote.

18.

La auténtica mala hierba que nunca muere es el epazote. Su fragancia resume todos los aromas de la cocina de mi madre. A través del epazote, hierba inmortal, mantengo vivo su recuerdo. “Dios nunca muere” es la canción compuesta en 1868 por el musico oaxaqueño Macedonio Alcalá, el epazote —también oaxaqueño— es resiliente como un Dios.

19.

Maniqueísmo y mitología. La aguamala, ya en la mesa, se transforma en medusa.

20.

El huauzontle tiene alas, vuela en mi paladar.

 

edbermejo@yahoo.com.mx

Twitter: @edbermejo

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