Opinión


El valor formativo de la lectura

El valor formativo de la lectura | La Crónica de Hoy

La lectura es una destreza sofisticada que se adquiere a través de cambios masivos y complejos en el cerebro (Reading in the Brain de Stanislas Dehaene, Penguin Books, 2009). Aprender a leer implica conectar dos conjuntos de regiones cerebrales que están presentes en los niños: el sistema de reconocimiento de objetos y los circuitos neuronales del lenguaje.

Su aprendizaje no es fácil y en ese proceso intervienen muchos factores: lingüísticos, cognitivos, afectivos y culturales. El alumno que comienza a aprender ya posee determinadas habilidades lingüísticas, pero para dominar la lectura necesita aplicar numerosos recursos, como: concentración, memoria, perseverancia, autodisciplina, etc.

La lectura, dice Juan Carlos Merlo, es excluyente, absorbente y monopólica; no se puede ser, al mismo tiempo, lector y espectador. O ves la televisión o lees.

El valor de la lectura se ha redimensionado por la preocupación de los padres de familia y maestros por el bombardeo caótico de estímulos al que están sometidos los niños y adolescentes de esta época. Por sus virtudes formativas, la lectura es la principal medida correctora de ese nefasto fenómeno. La lectura desarrolla la inteligencia, el espíritu crítico, es un medio personal que coloca en situación de autonomía cultural al usuario. Es un coloquio íntimo del lector con el autor, dice Angelo Nobile (1990), es un factor de autorealización de la persona y una actividad que moviliza toda la vida psíquica. Es un proceso de enculturación, de reelaboración, interpretación y sistematización de la realidad.

La lectura, además, agrega Nobile, potencia y estructura las facultades lógicas del individuo, agudiza el espíritu crítico, favorece la autonomía del juicio, educa el sentimiento estético, nutre la fantasía, ensancha la imaginación, interpela a la afectividad, cultiva el sentimiento, descubre intereses más amplios, contribuye a la promoción de una sólida conciencia moral y cívica, amplía los horizontes de la comprensión humana, favorece el diálogo racional y es fundamental para una formación integral.

La lectura, por añadidura, permite redescubrir valores como el silencio y la dimensión de la interioridad, favoreciendo los hábitos de la reflexión y la introspección. Cuando se practica en el salón de clase o en los clubes o talleres, la lectura en voz alta es un medio que favorece la socialización y el conocimiento mutuo.

En una época marcada por la dispersión cultural y la influencia arbitraria de los medios sobre las mentes infantiles, la lectura se revela como una práctica que estructura la personalidad y hace posible que las personas hagan un uso informado y crítico de los nuevos medios de comunicación.

La lectura alfabética, agrega Nobile, estimula la inteligencia secuencial, que se apoya en el razonamiento analógico (basado éste en la linealidad y la articulación); integra, enriquece y ordena la cultura fragmentaria, dispersa e incoherente del entorno actual; abre el paso a un nivel más elevado de la estructuración de los significados; y es el antídoto adecuado contra la cultura de lo efímero y lo fragmentario.

 

Gilberto Guevara Niebla

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