Opinión


El veganismo, ¿atentado contra la dignidad y derechos de las plantas?

El veganismo, ¿atentado contra la  dignidad y derechos de las plantas? | La Crónica de Hoy

Jorge Alberto Álvarez Díaz*

 

Pedro Bonifacio Palacios, uno de los cinco sabios de La Plata, Argentina, escribió en su poema “Pobre Juan”:

Te argüirán, entre muecas desdeñosas,

los nenitos, de Juan el carpintero:

que sería más útil un obrero

si ambas manos tuviese habilidosas”.

Y después de soltar tan graves cosas,

como quien echa migas a un jilguero,

te dirán: “que rosal y duraznero

son rosáceos los dos, porque dan rosas”.

Pero ven cuatro plantas florecidas

esos grandes filósofos enanos

¡y van y las destrozan inhumanos

cual rapaces querubes homicidas!

Niños: en cada flor hay muchas vidas

y las manos que matan no son manos.

 

Resulta llamativo el poema porque las plantas han sido víctimas de maltrato a lo largo de toda la historia, a pesar de su relevancia. Si se piensa en la vida en el planeta, se suele asociar a animales; error, ya que el 99.7% de la biomasa corresponde a plantas. Las plantas podrían sobrevivir perfectamente sin animales; al revés sería imposible. Si son tan abundantes y esenciales, ¿por qué no se les ha tomado en cuenta? Por un fenómeno que se llama “ceguera a las plantas”.

Las plantas son seres vivos peculiares. Una primera característica es que no tienen órganos. Como es bien sabido, no se desplazan en el espacio, y esto las hace especialmente vulnerables. Si llega un insecto a un árbol y come un trozo de hoja, o si llega un ciervo y come sus ramas, la planta sigue viva sin grandes problemas. Si a un ser humano se le quitara el páncreas, el corazón o el cerebro, simplemente es incompatible con la vida. Otra característica es que son seres divisibles, en tanto que los animales son indivisibles. Si a un perro se le parte por la mitad, no sobrevive; a una planta se le puede dividir en muchas partes y sobrevive. Baste recordar los esquejes en jardinería.

A pesar de esta “carencia” de órganos, las plantas tienen funciones: crecimiento, reproducción, nutrición, etc., gracias a que las distribuyen por todo su cuerpo. Tienen sentidos, incluso más que los animales. Un animal puede estar en presencia de un tóxico y huir; como la planta no puede hacerlo, debe detectar cantidades muy pequeñas de muchas sustancias para echar a andar mecanismos que le ayuden a sobrevivir.

Estudiando la forma como las plantas organizan sus funciones, se ha generado una rama científica novedosa: la neurobiología vegetal. El término parece un contrasentido: las plantas no tienen cerebro ni neuronas. Sin embargo, las plantas tienen funciones celulares de cambios químicos y eléctricos parecidos a los que tienen las neuronas, de modo que puede inferirse que sienten, aunque de un modo distinto. Probablemente lo más interesante no sea solamente que fuesen seres sintientes, sino que además se comunican y tienen comportamientos sociales para resolver problemas.

Un caso de estudio famoso fue en la década de 1980, cuando Wounter van Hoven resolvió un caso en ­Botsuana, en donde miles de antílopes en una reserva murieron envenenados y no encontraban la causa. Después de investigar y experimentar, van Houven descubrió que las acacias (sembradas abundantemente en la reserva para antílopes), al ser mordidas sus hojas por los herbívoros, elevaban la producción de taninos, que al irse acumulando en los antílopes, les resultaba tóxico y de ello les derivaba la muerte. Las acacias, además, se lo comunicaban al resto, liberando etileno, para que otros árboles elevaran la producción de taninos y con ello repeler a los herbívoros. Si las plantas tienen algún nivel de inteligencia y comportamientos sociales, habría que hacerse una pregunta crucial para la ética: ¿las plantas tienen dignidad?

Si las plantas tienen una cierta vida interior, una cognición que les permite un nivel de inteligencia (aunque sea mínimo), si tienen capacidad de sentir, si son seres sociales y se comunican, si tienen intereses (cuando menos ecológicos y evolutivos), no habría duda: tienen dignidad. Y si tienen dignidad, tienen derechos. Por ejemplo, para Stefano Mancuso, autoridad mundial en neurobiología vegetal, la transgénesis sería una violación a los derechos de las plantas. A nivel jurídico, se tiene un antecedente en Suiza, que en 1992 adoptó la obligación constitucional de “tener en cuenta la dignidad de las criaturas”. De inmediato cambió la idea de cómo hacer investigación, respetando derechos de animales y plantas.

Tras lo expuesto hay que preguntarse, ¿los seres humanos pueden matar plantas y comerlas? Los veganos podrían haber dado un “sí” por respuesta por dos razones: ceguera a las plantas, y por caer en el especismo que critican (solamente que orientado hacia especies vegetales). Sin embargo, si la respuesta a tal pregunta fuese un “no” y no se pudieran comer, entonces, ¿qué hacer? ¿Existe alguna salida?

Una propuesta prudente puede encontrarse en una filósofa española, Adela Cortina Orts. Hace una década publicó un libro que causó incomodidad entre sectores animalistas, titulado Las fronteras de la persona. El subtítulo representa la idea central que desarrolla y defiende en el texto El valor de los animales, la dignidad de los humanos. La tesis central de Cortina es que los seres humanos son quienes tienen dignidad y derechos, en tanto que los animales y la naturaleza (dice ella), lo que tienen es valor. Siendo las plantas y los animales seres sintientes, podría decirse que tienen valor.

El problema por el cual tal vez no se entiende la postura de Cortina es la tendencia a asociar a toda costa “derecho” con “deber”, y no necesariamente tienen que ser así en todos los casos. Si los seres vivos, plantas y animales, tiene un valor, los seres humanos deben respetarles, y eso no significa que tengan derechos. Decir que los animales y plantas no tienen derechos, no es sinónimo de que los seres humanos puedan hacer con esos seres vivientes lo que les de la gana. Probablemente por ello dice Cortina “tal vez la solución no consista en extender el discurso de los derechos de todo bicho viviente, sino en potenciar la responsabilidad de quienes pueden proteger a seres que son valiosos y vulnerables y no lo hacen. En este caso, potenciar la responsabilidad de los seres humanos”. Esta serie de consideraciones hace pensar que una alimentación ética no tiene necesariamente porqué ser sinónimo de vegana. Sería un ejercicio interesante el pensar en cuáles condiciones sería éticamente admisible el comer un pollo o una vaca, maíz o garbanzo.

 

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Profesor-investigador del Departamento de Atención a la Salud de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana y Miembro del Consejo de Bioética de la Ciudad de México.

 

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