Cultura


El verano sin hombres, de Siri Hustvedt

Fragmento del libro El verano sin hombres

El verano sin hombres, de Siri Hustvedt | La Crónica de Hoy

Foto Especial

Poco tiempo después de que él dijera la palabra pausa me volví loca y tuvieron que ingresarme. No dijo no quiero volver a verte más ni se acabó, pero después de treinta años de matrimonio sólo me bastó escuchar pausa para convertirme en una lunática cuyos pensamientos explotaban, rebotaban y chocaban entre sí como palomitas de maíz saltando dentro de su bolsa en el microondas. Hice esta penosa reflexión mientras yacía en mi cama del pabellón sur del hospital, tan saturada de Haldol que era incapaz de moverme. Las odiosas y monótonas voces que escuchaba se habían atenuado, pero no habían desaparecido del todo, y cuando cerraba los ojos veía personajes de dibujos animados corriendo por colinas rosadas para luego desaparecer entre bosques azules. Al final, el doctor P. me diagnosticó un trastorno psicótico transitorio, conocido también como psicosis reactiva transitoria, lo que viene a significar que realmente estás loca aunque no por mucho tiempo. Si el trastorno dura más de un mes es necesario buscarle otra etiqueta. Por lo visto suele existir un detonante que dispara ese tipo de psicosis o, como se dice en la jerga psiquiátrica, un «factor estresante». En mi caso fue Boris o, mejor dicho, su ausencia, porque Boris estaba tomándose su pausa. Me tuvieron encerrada una semana y media y luego me dejaron salir. Durante algún tiempo acudí al hospital como paciente en régimen ambulatorio hasta que di con la doctora S., con su voz suave y musical, su sonrisa contenida y un buen oído para la poesía. Ella consiguió que me pusiera en pie y de hecho todavía hoy me mantiene en pie.

No quiero acordarme de la mujer que enloqueció. Todavía me avergüenza. Durante mucho tiempo fui reacia a leer lo que aquella mujer había escrito en un cuaderno blanco y negro mientras estuvo ingresada en aquel pabellón. Sabía que en la tapa había garabateado un título, Fragmentos cerebrales, con una letra que no se parecía en nada a la mía, pero me negaba a abrirlo. Tenía miedo de ella; lo comprendéis, ¿verdad? Cuando mi hija Daisy venía a verme la notaba incómoda. No sé exactamente lo que veía en mí, pero puedo imaginármelo: una mujer escuálida por falta de apetito, todavía confusa, con el cuerpo rígido después de tanta medicación, una persona que no podía responder adecuadamente a las palabras de su hija y que era incapaz de abrazarla. Después, cuando se marchaba, oía cómo le decía gimiendo a la enfermera, con un sollozo contenido en la garganta: «Es como si no fuera mi madre». En aquellos momentos yo no estaba en mis cabales, pero, cuando recuerdo esa frase, siento un dolor insoportable. No me lo perdono.

La Pausa era francesa y tenía un pelo castaño lacio y brillante. Sus pechos eran notables y auténticos, no operados. Llevaba gafas rectangulares estrechas y poseía una mente excelente. Era joven, por supuesto, veinte años más joven que yo, y sospecho que Boris estuvo un tiempo deseando a su colega antes de decidirse a explorar sus zonas más prominentes. Me lo he imaginado una y otra vez. Los rizos blancos de Boris cayéndole sobre la frente mientras agarraba los pechos de la susodicha Pausa junto a las jaulas de las ratas modificadas genéticamente. Siempre me los imagino en el laboratorio, aunque es probable que me equivoque. Pasaban poco tiempo solos, y el resto del «equipo» hubiese notado enseguida cualquier ruidoso escarceo en su entorno. Quizá se refugiaban en una de las cabinas del retrete, donde mi Boris embestía a su colega con los ojos desorbitados al llegar al clímax. Yo lo sabía todo. Le había visto mil veces aquella mirada desencajada. La banalidad de todo el asunto (el hecho de que sea algo que los hombres repiten a diario y hasta la saciedad cuando se dan cuenta, de golpe o poco a poco, de que lo que ES no TIENE POR QUÉ SER, y entonces dan el paso necesario para librarse de unas mujeres que ya comienzan a envejecer, después de todo lo que esas mujeres los han cuidado a él y a sus hijos durante tantos años) no aplaca la desgracia, los celos ni la humillación que sobrevienen a las esposas abandonadas. Esposas despreciadas. Yo gemía, gritaba y golpeaba la pared con los puños. Llegué a asustarlo. Él quería paz y que le dejara tranquilo para emprender su camino junto a la educada neurocientífica de sus sueños, una mujer con quien no compartía un pasado ni penas ni angustias ni conflictos. Y, sin embargo, Boris había dicho pausa, no final, para dejar abierta la narración por si luego se arrepentía. Un cruel resquicio para la esperanza. Boris, el Muro. Boris, el que nunca levanta la voz. Boris, el que niega con la cabeza sentado en el sofá mientras te mira desconcertado. Boris, la rata que se casó con una poeta en 1979. Boris, ¿por qué me dejaste?

Tenía que salir del apartamento porque seguir allí me hacía daño. Las habitaciones, los muebles, los sonidos procedentes de la calle, la luz que iluminaba mi estudio, los cepillos de dientes alineados sobre el pequeño estante, el armario del dormitorio al que le faltaba uno de los tiradores de la puerta. Yo sentía cada cosa como un hueso dolorido, una articulación, una costilla, una vértebra, que formaban parte del esqueleto de los recuerdos compartidos, y cada objeto conocido estaba cargado de significados acumulados por el tiempo, un lastre que mi cuerpo ya no podía soportar. Así pues, dejé Brooklyn en verano y regresé al lugar donde crecí, a la ciudad provinciana asentada en lo que antes fueran las praderas de Minnesota. La doctora S. no se opuso. Cada semana mantendríamos una sesión por teléfono, excepto durante sus habituales vacaciones de agosto. La universidad había sido «comprensiva» con mi desmoronamiento y convinimos que volvería a mis clases en septiembre. Ante mí estaba lo que sería el hiato entre la Locura Invernal y la Serenidad Otoñal, un lapso de tiempo sin otra perspectiva que llenarlo con poemas. Pasaría algún tiempo con mi madre y llevaría flores a la tumba de mi padre. Daisy y mi hermana vendrían a visitarme y, además, el Círculo de Bellas Artes local me había contratado para dar clases de poesía a los niños del lugar. En el periódico Bonden News podía leerse un titular que decía: «Poeta galardonada oriunda de nuestra ciudad dictará taller de poesía». El Premio Doris P. Zimmer de Poesía es un galardón casi desconocido que me cayó del cielo sin saber cómo. Se otorga a una mujer cuya obra se encuadre bajo la categoría de «experimental». Acepté aquel dudoso honor y el cheque que graciosamente lo acompañaba con cierta reticencia, pero me he dado cuenta de que CUALQUIER premio es mejor que ninguno y que la apostilla «galardonada» da cierto lustre, aunque sólo sea a efectos decorativos, a una poeta que vive en un mundo ajeno a la poesía. Como dijo una vez John Ashbery: «Ser un poeta famoso no es lo mismo que ser famoso». Yo no soy ni siquiera una poeta famosa.

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