Opinión


Emanuel Carrére

Emanuel Carrére | La Crónica de Hoy

“Tengo una convicción, una sola, relativa a la literatura, o mejor dicho, al género de literatura que yo practico: es el lugar donde no se miente. Tal es el imperativo absoluto, todo lo demás es accesorio”. Con esta declaración de principios el escritor francés Emmanuel Carrére esboza con un sólo trazo  los planos de su arquitectura narrativa: un espacio tridimensional para la ficción que solo admite el poder fabulador de lo vivencial, no hay más ficción que los alcances reales de la experiencia humana, parecería decirnos. He tomado la cita de su más reciente libro: Yoga, editado en español –como  la mayor de su obra– por Anagrama.

 Carrére, premio Príncipe de Asturias 2021, remata esta declaración con un juramento conmovedor: “podría afirmar ante el tribunal de los ángeles que escribo sin hipocresía, escribo lo que me acontece, lo que pienso, lo que soy, lo cual, ciertamente, no me da motivos para alardear”.

Esta manera de encarar la literatura desde el mirador de un “yo” verdadero –a ratos confesional y transparente, a ratos cínico y despiadado, a ratos abismal y desgarrador– es lo que ha convertido a Carrére en un representante muy aventajado de un tipo  de literatura que se ha desplegado de forma un tanto insistente y redundante  en las dos primeras décadas del siglo XXI: una literatura híbrida, un tanto fluida y transfronteriza, que engarza diversas estrategias narrativas y ensayísticas dentro de un mismo espacio donde es la prosa –dura y pura–,  el único género reconocible.

Más que simplemente “autoficción”, autores como Carrére han puesto en crisis el sentido binario de la literatura del pasado: verdad vs. Ficción, realismo vs. Fabulación, confesión vs. Imaginación, estos seis vocablos –en apariencia divergentes–, caben, se entrecruzan y se reacomodan en cada página de la obra de Carrére. Sus libros trazan un puente de doble vía: la verdad de las mentiras y las mentiras de la verdad.

En Yoga, Carreré se propone contarnos dos experiencias reales y sumamente contrastantes.

De un lado, un autor multipremiado y famoso de 62 años,  en la plenitud de su madurez intelectual y emocional, y que ha practicado a lo largo de las décadas diversas disciplinas que estimulan la autoconsciencia –la  meditación, el yoga, el Taichi–, en 2015 se inscribe en un retiro de silencio en medio del bosque francés para meditar por diez días en la más monacal de las clausuras. Se propone con ello escribir su testimonio hasta confeccionar un libro sencillo de divulgación para explicar los alcances de la mente y la autoconciencia, sus propios “Ejercicios espirituales” a la manera de Ignacio de Loyola.

Del otro, el mismo  personaje capaz de adentrarse en los recovecos del alma y de la mente con vocación anacoreta, narra en la segunda parte del libro los cuatro meses de estancia en una clínica psiquiátrica –tras  el fallido retiro de silencio­­–  al que llega en 2017 como resultado de una depresión aguda, con intentos suicidas y en medio del más severo desplome existencial. Tras un divorcio devastador y una cadena  de impulsos autodestructivos, el encierro, las terapias de electrochoques y los medicamentos psiquiátricos de última generación, se convierten en la única manera de salvar la vida. 

Del paraíso de lo espiritual al infierno de lo cerebral, Yoga es al mismo tiempo un texto de sanación y un manifiesto del más profundo dolor humano: “sin jactarme, tengo un talento excepcional para convertir en un infierno una vida que lo posee todo para ser dichosa, y no permitiré que nadie hable a la ligera de ese infierno: es real, terriblemente real”.

“A pesar de todos mis esfuerzos por alcanzar el estado de quietud y ensimismamiento beatífico, he conocido más a menudo ese abismo en el hueco de la vida que se llama depresión o locura. (…) Mi vida, que yo creía tan armoniosa, tan fortificada, tan propicia a la escritura de un ensayo risueño y sutil sobre el yoga, avanzaba en realidad hacia el desastre. (…) No vino de mí. Vino de esa tendencia a la autodestrucción de la que presuntamente me creía curado y que se desencadenó como nunca y me expulsó para siempre de mi cercado”.

“Piense lo que pienses, hagas lo que hagas, no puedes fiarte de ti mismo porque dentro de un mismo hombre hay otro, y los dos son enemigos”.

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