Opinión


Emiliano Monge. No contar todo

Emiliano Monge. No contar todo | La Crónica de Hoy

En el tiempo que fui agregado cultural de México en China me tocó apoyar la traducción al chino de El arte de la fuga de Sergio Pitol. Cuando la sorprendente traducción a caracteres chinos estaba lista para la imprenta, su traductor vino a verme con un dilema: ¿Cómo traducir el título?

El juego de palabras contenido en el título de la obra de Pitol, es decir, entender el “arte de la fuga” en su doble sentido: como composición musical barroca pero también como el arte de fugarse, de huir, de viajar, de cambiar de sitio, era imposible conservarlo así al momento de la traducción.

De manera que, siendo la segunda opción la más directamente vinculada al contenido del libro —un conjunto de textos a caballo entre el relato y el ensayo sobre los viajes del autor—, finalmente la obra apareció en chino con un título que, si lo tradujésemos literalmente de vuelta al español, se leería así: “El arte de escapar”.

Traigo a cuenta esta anécdota porque este último podría ser también un título alternativo para la novela de Emiliano Monge: No contar todo, a la que le dedico esta entrega.

No contar todo (Random House, 2019) es una novela no ficcional sobre tres formas de fugarse, de huir, de quemar las naves existenciales, en tres generaciones de la saga de los Monge: el abuelo, el padre y el propio novelista.

La novela es un apunte memorioso, íntimo y atroz del vínculo familiar como un territorio binario de afectos y desgarraduras, de amor y violencia, de lealtades y traiciones; el espacio casi ininteligible que media entre la crianza y el abandono en una familia que, además, construye su historia familiar con la historia de México y algunos de sus momentos y temas más emblemáticos como telón de fondo.

Es, decíamos, una novela de no ficción, pero que se edifica en toda forma con la arquitectura verbal de la literatura. Sus historias principales se despliegan en tres estrategias narrativas diferentes: los diarios del abuelo rescatados por el nieto; el monólogo memorioso y altisonante del padre para contar su propia historia —quiero decir, su propia fuga— pero también la de su padre; y la voz en tercera persona que elige Emiliano Monge para contar su biografía, el historial de sus huidas, extravíos y hallazgos vocacionales, que lo confirman como parte de una trama superior y fatal: la estirpe de los que, tarde o temprano —como los Monge— terminan por escapar, empujados por una corriente invisible.

“Los acontecimientos nunca son la historia. Ni siquiera los hechos son la historia. La historia es la corriente invisible que mueve todo en el fondo” nos dice el autor al arranque de la novela.

En 1958, Carlos Monge McKey —hijo de un migrante irlandés que terminó establecido en Sinaloa— fingió su muerte y la planeó con la meticulosidad de un guionista del cine negro: compró un cadáver, lo sentó en el asiento del conductor de su automóvil, lo hizo estallar contra una cantera como si hubiera sido un accidente, consiguiendo de esta forma  que el cuerpo calcinado descartara cualquier duda de que se trataba de él, dejando en la viudez a su mujer y en la orfandad a cuatro niños pequeños.

Una manera radical de huir y reinventarse que, sin embargo, le dudaría pocos años. Tiempo después sería descubierto, y el regreso forzado a su vida anterior será un continuo viaje hacia lo inexplicable.

El abuelo terminará sus días, décadas después, en un asilo en Guanajuato, sostenido con alfileres al único vínculo familiar que le sobrevivirá para entonces: el nieto escritor. Muere rodeado de verdades a medias y mentiras completas, como si en realidad nunca hubiera regresado del todo tras su intento de fuga. La condición inexplicable del abuelo es precisamente el motor principal que impulsa al escritor-nieto a emprender ese viaje memorioso por la arqueología y la genealogía del abandono que es su novela.

Al niño Carlos Monge Sánchez, huérfano por unos años, la reaparición del padre vivo y la constatación del gran engaño habrán de marcarle la vida y el temperamento, como al resto de sus hermanos y a su madre.

Criado principalmente y protegido por el hermano de su madre (el político sinaloense Leopoldo Sánchez Selis, gobernador del estado y pionero en los pactos entre el poder político y el narcotráfico). ya adulto se encontrará —primero— en la guerrilla revolucionaria al lado de Genaro Vázquez y —años después— en la escultura y su vida de artista viajero, con sus propias puertas para ensayar el arte de la fuga. Pero a diferencia de su padre, Carlos Monge Sánchez se fugó en cámara lenta, se fue alejando de los suyos y de sus pasados de forma casi imperceptible.

Emiliano Monge García, el tercero de la saga, se fugará a su vez de muchas otras formas. La principal: la imaginación literaria, la capacidad de inventar y reinventar el mundo a través del lenguaje y la palabra escrita.

“Ni que fueras de esos escritores que nomás andan buscando ajustar cuentas con su padre” le dice Carlos Monge Sánchez a su hijo Emiliano Monge en una de sus tantas sesiones confesionales. El guiño rulfiano, en efecto, es más que un guiño en este caso. Podemos decir que la cartografía de esta novela se sitúa en un territorio próximo a Cómala: la búsqueda del padre, la vuelta al origen, el rescate de las identidades entre sombras y fantasmas, colocan en una misma tradición al Pedro Paramo de Rulfo, y al No contar todo de Monge.

La novela de Monge construye y deconstruye la masculinidad, sus debilidades y sus excesos; registra los diversos matices de la violencia doméstica en la familia mexicana; documenta el machismo implícito en los usos y costumbres del mundo femenino, y  describe también las lealtades sanguíneas de lo familiar, incluso aquellas que se alzan por encima de las convicciones: el tío gobernador, poderoso, corrupto y narcotraficante, arma un escuadrón para sacar al sobrino de la cárcel de Lecumberri, a la que ha entrado en calidad de preso político y enemigo del régimen. Una huida más en esta novela que, como decía al principio, explora a su modo el arte de la fuga.

Terminaba de escribir esta columna cuando me entero que la novela ha obtenido el Premio Colima de Narrativa que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes. Lo celebro.

 

 

edbermejo@yahoo.com.mx

@edbermejo

 

 

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