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En la despedida a Cantinflas, el cariño popular volvió a apoderarse de las calles de México

En la primavera de 1993, por algún extraño desajuste climático, hacía bastante frío en la ciudad de México. Una de esas lluvias tercas y finas que tanto fastidian se había apoderado de esos días. A pesar de todo eso, los mexicanos, el pueblo volvió a ganar las avenidas para decirle adiós a un hombre cuyos inicios habían sido tan humildes, que a generaciones enteras les parecía dulcemente familiar.

En la despedida a Cantinflas, el cariño popular volvió a apoderarse de las calles de México | La Crónica de Hoy

Todos los que opinaron, en su momento, acerca de la trascendencia de Cantinflas, coincidieron en que, nacido en el México humilde, siempre fue cercano a la sensibilidad popular. “Yo sé lo que es ser pobre, y muy pobre”, dijo alguna vez.

Veinte años habían transcurrido desde que los mexicanos habían despedido a un ídolo llorando ante su ataúd. En 1993, éramos un país que ya podía empezar a llamarse global, que soñaba el sueño de alcanzar, con la punta de los dedos, la tierra promisoria del Primer Mundo, o al menos eso era lo que afirmaba el gobierno. Habíamos sobrevivido a dos terremotos y a elecciones controvertidas. De algún modo nos íbamos reconstruyendo. Pero el corazón del pueblo, un tanto bronco y muy sentimental, no olvidaba a sus viejos cariños.

El país entero lo atestiguó cuando, a fines de abril de aquel año, el día 20, un hombre de 81 años, llamado Mario Moreno, se rindió al cáncer de pulmón que le había amargado sus últimos años. Se fue sin dolor: sus médicos lo tenían sedado desde principios del mes, para que no sufriera. Pero Mario Moreno no era una persona cualquiera. Había tenido montones de oficios, y, en el fondo, uno sólo de ellos lo explicaba de cuerpo entero: fue bombero, policía, barrendero, maestro de escuela primaria, patrullero, torero más bien chambón, asistente de un formal y obsesivo señor inglés y hasta sacerdote católico.

Pero su vocación real era la actuación, y su elemento la comedia. Cuando Mario Moreno murió, todo México lo lamentó, pero ni una sola nota periodística lo llamó por su nombre, porque lo verdaderamente importante es que, con él, también había muerto Cantinflas.

Ocurrían cosas importantes en aquel abril de 1993: triunfaban en cartelera Jack Nicholson encarnado a Jimmy Hoffa, y Whitney Houston, alternando con Kevin Costner había conquistado al mundo, cantando “I’ll always love you”, tema de la película El Guardaespaldas. Ese mismo mundo, perplejo, empezaba a enterarse de los sangrientos detalles de lo ocurrido en un rancho de Waco, Texas, donde una secta encabezada por un sujeto llamado David Koresh, acorralada, había recurrido al suicidio colectivo, y los muertos se contaban por decenas. Pero la muerte de Cantinflas opacó todos los sucesos, grandes y pequeños, que interesaban a este país.

A Cantinflas lo conocían los niños, los adultos jóvenes, los mayores y los ancianos. Unos lo vieron en sus inicios, con la cara pintada, en las carpas de los rumbos de Santa María la Redonda y de Tacuba; otros le aplaudieron en los teatros de variedades. Millones rieron y se entretuvieron con sus películas, casi cincuenta, donde corrió una y mil aventuras. Los más chicos lo vieron convertido en una caricatura animada, dulce y sabio, narrando la historia de la humanidad. Por aquellos días, Carlitos Espejel, un jovencito salido de un programa muy gustado, Chiquilladas, lleno de niños que hacían comedia, había logrado caer en gracia al público televisivo con una imitación del legendario personaje: su “Carlinflas” era un signo de que la popularidad de la creación de Mario Moreno era transgeneracional, y los niños, sus hermanos mayores, sus padres y sus abuelos se sentían tan a gusto con Cantinflas, que nadie podía decir que era una figura del pasado, superada por la modernidad.

Eso, tal vez, es lo que explica el multitudinario adiós que le regalaron.

DESDE EL HUMILDE BARRENDERO HASTA EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA. Nadie pudo ser indiferente a la muerte de Cantinflas. Todos recordaron su casi inexistente pero importante gabardina; sus pantalones a la cadera, siempre amenazando con derrumbarse, su gorrito, tan similar a los de los papeleritos, los chamacos vendedores de periódicos de un México que casi ya se había desvanecido. Pero al mantenerse en el gusto popular, algo más que su aspecto trascendió: siempre encarnó a personajes bondadosos y de alma sencilla, honestos y bien intencionados. Era uno más del pueblo, caía bien. Su peculiar forma de hablar, le valió llegar hasta la respetabilidad de los diccionarios, convertida en un verbo: a nadie le queda en duda, en México, qué significa “cantinflear”.

Todo ese capital emocional, construido a lo largo de décadas, se desbordó no bien se supo que llevarían el cuerpo de Mario Moreno de su domicilio a la famosa funeraria de la colonia del Valle. Faltaban unos minutos para la medianoche de ese 21 de abril cuando el ataúd de aquel hombre llegaba a la avenida Félix Cuevas. Y ya había decenas de personas que deseaban despedirse, que no acababan de creer que su Cantinflas se hubiera muerto.

A la mañana siguiente, menudeaban las esquelas en los periódicos. La más notoria, la del presidente Carlos Salinas de Gortari;  la más poética, la de los compositores, que, firmada por Roberto Cantoral, rogaba a Dios que velara por el alma de ese hombre tan querido. La Secretaría de Educación Pública recuerda que la sensibilidad de comediante de Cantinflas “le permitió permear en la estima de la sociedad mexicana y en la admiración internacional”. La SEP, como se vería, se quedaba corta.

Se anunciaron homenajes, despedidas. Llega el pésame de los Reyes de España.Tanto importaba Cantinflas, que el funeral se prolongó tres días; tanto querían los mexicanos a Cantinflas, que sus colegas actores lo llevaron al Teatro Jorge Negrete, para el homenaje que le concede a los ídolos; tanto había dado a México, no sólo en emociones, sino en fama internacional, que las autoridades culturales le abrieron las puertas del Palacio de Bellas Artes. Y entonces, sólo entonces, sería llevado al Panteón Español para que, incinerado, sus cenizas reposaran al lado de su gran amor, Valentina Ivanova Zubareff, la muchacha más bonita de todas las que actuaban en las viejas carpas de la capital, y con la que se había casado en 1934, con tanta pompa como si fuera millonario y no el humilde artista que era en esos días.

Todos los recintos a los que fue llevado el féretro de Cantinflas resultaron completamente insuficientes para dar cabida a quienes sintieron en sus corazones la necesidad de faltar al trabajo, al puesto o a la escuela para mirar, para hacer fila durante horas, para sumarse a la multitud que aguardaba su turno para decir adiós. Y entre esa muchedumbre, estaban todos: desde el barrendero y el bolero hasta el Señor Presidente.

LAS CALLES LLENAS OTRA VEZ. Con el paso de los años, el país se había vuelto más global y más urbano. Las crisis económicas y los gobiernos poco competentes habían vuelto a los mexicanos escépticos y desencantados. Pero la muerte de Cantinflas demostró que el cariño popular por ciertos personajes seguía intacto y que podía resurgir, avasallador, si la gente lo consideraba necesario.

Sin estridencias, las calles se fueron llenando. En algún punto de la madrugada, otro amor de Mario Moreno, la actriz Irán Eory, se presentó en la funeraria, pero, después de horas abierta, la enorme capilla estaba cerrada para que los familiares de Cantinflas pudieran descansar. Pero Eory, conocida actriz de telenovelas y de teatro, recordó aquellos días en que su romance con el querido muerto era noticia en el mundo del espectáculo: “He estado pensando que sí debí casarme con Mario. Pero fue más grande mi amor por la actuación y no me veía como ama de casa”.

Mientras la gente fluía en un río largo y silencioso delante del ataúd, mil historias se reflejaban en la prensa: era un hombre rico, conocido por sus obras de caridad. Dejaba testamento, toda su familia recibiría algo y todos estaban tranquilos en ese aspecto; no había viudas disputándose el título de “gran amor”, ni hijos desconocidos apareciendo de quién sabe dónde. Sus colegas recordaron que era uno de los fundadores de la Asociación Nacional de Actores, la ANDA, y que era un profesional apreciado por sus compañeros.

Un reportero recordó que aún vivía su viejo compañero de andanzas, Manuel Medel, que, orgulloso, presumía ser el decano del gremio de los actores: recordó los viejos tiempos de la carpa y del cine en blanco y negro. Mientras, colegas igual de ilustres, como Clavillazo, Resortes, y un Palillo muy anciano y muy enfermo, hacían guardia ante el ataúd, junto a chamaquitos disfrazados de Cantinflas. Alguien vio, en una de aquellas guardias todo un siglo de comedia mexicana: detrás de Clavillazo, Raúl Vale; en una esquina, Carlitos Espejel, Resortes, al frente. Entraban esos mexicanos de a pie que durante años habían aplaudido a Cantinflas, y junto a ellos, el publicista y escritor español Eulalio Ferrer, compadre del muerto e integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, afirma que con él se termina la memoria, la escuela del humor nacido en las carpas.

Los elogios se desbordan: Carlos Hank González lo llama “genio universal”, y Clavillazo dice que es tan inmortal como Chaplin. En el mundo político surge el clamor: Cantinflas debe ir a la Rotonda de los Hombres Ilustres; la Asamblea de Representantes del Distrito Federal lo propone para la Medalla al Mérito Ciudadano. Las élites políticas y culturales prosiguen su discurso, mientras la gente sencilla hace una enorme fila, que le da la vuela al Palacio de Bellas Artes. No les importa esperar horas para pasar, por unos segundos, ante el ataúd. Desde el mirador de la Torre Latinoamericana, la explanada del Palacio se ve llena, y no tiene para cuándo vaciarse. Prudentes, las autoridades del Conaculta anuncian que todo el que desee despedirse de Cantinflas podrá hacerlo.

Es el tercer día de homenajes, y una guardia de bomberos, enfundados en sus uniformes de gala, llevan a Cantinflas a la carroza que lo llevará al Panteón Español.

Y las calles se llenan: los puentes peatonales están a reventar. Una escolta de motociclistas y patrullas abren el camino a la carroza. Detrás, una larga fila de autos negros lo acompaña. En ningún momento puede decirse que Cantinflas va solo al cementerio: no hay un solo hueco en las aceras, en las avenidas que llevan a la calzada México-Tacuba.

En el Panteón Español, aunque el ingreso ha sido ordenado y la multitud doliente es respetuosa, no vacila en subirse a los techos de los mausoleos para no estorbar el paso de la carroza. Horas después, cuando el hijo de Cantinflas, Mario Arturo, aparezca llevando en brazos la pequeña caja que guarda las cenizas de su padre, la gente rompe a aplaudir. Hay más porras y gritos que lágrimas. Otra vez, como en tiempos de Pedro Infante y Jorge Negrete, los policías capitalinos han tenido que intervenir para contener a todos los que intentan entrar al cementerio, pero ya no hay manera de entrar. Por fin Cantinflas descansa al lado de su Valentina; por fin Cantinflas se vuelve inmortal.

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