Cultura


En la escultura está la grandeza de nuestro pasado: Ángela Gurría

La artista mexicana cumplió 90 años y asegura que nada es más fascinante que crear. El escultor vive en función del ritmo de la materia que utiliza, añade v Celebra con exposición en el MMAC

En la escultura está la grandeza de nuestro pasado: Ángela Gurría | La Crónica de Hoy

Me he apoyado mucho en la obra precolombina, dice Ángela Gurría.

El Museo Morelense de Arte Contemporáneo dedica la muestra Espiral perfecta a la trayectoria de la artista Ángela Gurría (Ciudad de México, 1929), sin duda, la escultora más importante de la segunda mitad del siglo XX en México. Una exposición que reúne un centenar de obras, que repasan más de seis décadas de su trayectoria.

“El escultor vive —dice Gurría— en función del ritmo de la materia que utiliza. Son manos las antenas que pretenden captar la sensualidad del universo. Como en un sistema de vasos comunicantes, esas manos van nivelando el lenguaje tanto del escultor como del espectador. Cuando se medita sobre el acto de crear, pienso en Kandinsky que lo esencial, en cuestión de forma, es sentir una verdadera necesidad interior”.

El trabajo escultórico que ha desarrollado Gurría en las últimas cinco décadas, desde Homenaje al presidente Juárez, en el edificio de la ONU en Nueva York, pasando por sus múltiples esculturas urbanas —Familia obrera, colonia Tabacalera, Ciudad de México, 1965; Señal, 1968, escultura que concibió por encargo del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez para  la Ruta de la Amistad, con motivo de los Juegos Olímpicos de 1968; Contoy, integración escultórica, aeropuerto de Cancún, Quintana Roo, 1974; Homenaje al trabajador del drenaje profundo, Tenayuca, Estado de México, 1974; México, monumento al mestizaje, Tijuana, Baja California, 1974; Homenaje a la ceiba, Hotel Presidente Chapultepec (hoy en un conjunto empresarial), 1976; El corazón mágico del Cutzamala, 1985; Flor de noviembre, parque escultórico en Morelia, 1988; y Tzompantli, Centro Nacional de las Artes, Distrito Federal, 1993, realizadas a mediados de los años 60 y 90 del siglo XX, la convierten en una protagonista de la site specific sculture. Pero mucho antes de que sus esculturas crecieran hasta alcanzar la monumentalidad, Gurría parte de sus esculturas en hierro y piedra, formula su concepción del espacio y la materia. Supo materializar como ningún otro artista de su tiempo la sugerente iconografía cubista en formas escultóricas nuevas que construían inesperados espacios expresivos. Dice la artista: “La piedra siente; la piedra es. Ahí está vibrante de vida: de  color y de luz. A mis piezas, sólo las concibo en mi cabeza y digo: no hay tiempo qué perder. Un instante de creación es la eternidad. No hay nada en el mundo más fascinante que crear, que imaginar. Y yo  solamente tengo tiempo para lo que tengo que trabajar”.

Gurría no pudo estudiar en la Esmeralda ni en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, por ello se fue al México City Collage, donde conoció a Germán Cueto, que le enseñó a “sentir el material y saber sus posibilidades”. Completó su formación con el escultor Abraham González y en el taller de forja de Manuel Blancas, de quien según dice Gurría aprendió “hasta dónde llega la tensión del material para que sea suave a la idea de uno”.

“Cada artista —dice Gurría— tiene su propio mundo. Recuerdo que Ricardo Martínez decía que un artista es producto de su tiempo interno y uno tiene que ser leal con la realidad. En mí no interfiere el encargo con la obra porque se me ha dado siempre una gran libertad, que es única, inédita, la que quería Matisse”.

La competencia con la naturaleza que ha caracterizado a la obra de arte entra ahora en una dirección definitiva con sus piezas más abstractas: no es ya, como en algunas manifestaciones de los años 60, trabajar sobre la naturaleza para hacer figuras en ella, en las llanuras, en los campos, el agua, en las montañas, no trabajar sobre, sino trabajar con, incorporarla a ese objeto artificial que es la obra, dispuesto de tal modo que parece nacer libremente. A principios de los años 70 esculpió Río Papaloapan, que podríamos suponer que fue una de sus primeras tentativas en el lenguaje abstracto, pero en convivencia con una estética figurativa, curvilínea y lineal, de confesada inspiración precolombina. “Me he apoyado —dice Gurría—  mucho en la obra precolombina. Por ejemplo, la sala Azteca del Museo de Antropología me ha influenciado de una forma única. ¡Qué escultores!, aunque anónimos, son una maravilla. Ahí está la grandeza de nuestro pasado y nuestro presente. No dejo de asombrarme siempre que vuelvo a ver nuestro pasado artístico.”

La obra de Ángela Gurría está llena de contradicciones fecundas, de oposiciones desafiantes que la van enriqueciendo de manera constante. Los años en Europa y en especial en Nueva York fueron para Gurría una época de búsqueda artística y de lacerante estancamiento. Durante las décadas siguientes se va aproximando en rápida sucesión a la escultura que delimita  su idea del espacio, que se revelará fundamentalmente para la evolución futura de su obra. Hizo esto, igual que años antes el escultor rumano Brancusi, al estilo de la taille direct, a golpe de martillo, experimentando la evolución pictórica espacial. En estos años ya cuenta con el reconocimiento total, sus exposiciones se multiplican en los más importantes museos y galerías de México: Galería Juan Martín (1962, 1963), Museo del Palacio de Bellas Artes (1970), Museo de Arte Moderno, Contoy (1974), Galería Arvil (1982, 1983, 1995), Museo Pape, Monclova, Coahuila (1995), y sus magnas exposiciones retrospectivas recientes: Ángela Gurría, naturaleza exaltada, en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México (2003-2004), en el Museo Federico Silva, San Luis Potosí (2004), Ángela Gurría: Yo soy mi obra, Museo Atrio de San Francisco y Museo Soumaya, Ciudad de México (2008), donde dejó ver su enorme trayectoria y producción, en una etapa de su vida en plena madurez y creatividad, que como decía Tamayo en 1974: “Después de experimentar todo esto, Gurría llega por fin victoriosa a la meta que pareció lejana, pero a la que con su talento y convicción arriba sin fatiga. Su hora, pues, empieza a sonar para orgullo de México”.

El flujo entre interior y exterior, la comunicación de la luz con el material, el espacio interior que a veces se sustrae del espectador han determinado las más de cinco décadas de trayectoria creadora de Ángela Gurría.

Su obra supuso una aportación notable al campo radical de actitud hacia las formas, los materiales, el sentido espacial y la propia función de la escultura, entendiendo la escultura como una compleja superposición y encadenamiento de campos autobiográficos, sociales, históricos, míticos y artísticos. El lenguaje escultórico de Gurría visualiza en todo momento un desafío a la percepción rutinaria.  

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