Opinión


En primera persona

En primera persona | La Crónica de Hoy

La fuerza de las palabras que emitimos,
como las plumas con el viento, 
ya se fueron, se dispersaron y 
es imposible regresar cada una 
de esas palabras a nosotros.

Cuento Jasídico

El exdirector de Pemex Emilio Lozoya Austin está acusado, en dos diferentes carpetas de investigación de lavado de dinero, asociación delictuosa y cohecho. Ayer en la primera audiencia, Lozoya se dijo no culpable ni responsable de los delitos que se le imputan. Si su primera declaración hubiere sido otra, se antojaba más probable que con posterioridad señalara a otros participantes en alguno de aquellos delitos, pero si él es el pivote a partir del cual la FGR pretendía trazar el camino hacia otros actores, ahora esa ruta parece más accidentada salvo que, más adelante opte por un procedimiento abreviado, reconociendo expresamente su responsabilidad a cambio de la reducción de la pena que le correspondería al ser condenado en un procedimiento ordinario.

Más allá de los ases bajo la manga de la FGR y de lo que eventualmente decida el órgano jurisdiccional, creo que es fundamental partir de lo que su procesamiento penal significa. 

No sólo en el Lozoyagate sino en cualquier otro caso, un proceso penal tiene su razón de ser en la comisión de un delito del que obviamente alguien es responsable. A ese alguien le corresponde, normalmente, alguna consecuencia penal como la sanción pecuniaria, el decomiso de bienes, la inhabilitación para desempeñar un cargo público y/o la privación de la libertad, entre muchas otras. Sin embargo, hasta ayer que revisé la Constitución Política, seguía existiendo un derecho humano a la presunción de inocencia, según el cual, nadie, pero nadie, deber ser considerado ni tratado como culpable sino hasta que un Juez lo decida.

Traigo esto a colación porque desde hace casi dos semanas, más rápido que el medallista olímpico Usain Bolt, corrieron rumores acerca de supuestos millonarios sobornos que Lozoya habría repartido entre otros altos funcionarios y legisladores de la administración pasada. Así, con la ligereza que nos caracteriza, algunos ya adelantaron vísperas imaginando tras las rejas a Anaya, Videgaray y al propio Peña Nieto y todo basado en la infalible imaginación y los nada subjetivos deseos de cada quien. Culpables, inocentes, gobierno corrupto, gobierno correcto. No es la primera vez ni será la última que contaminamos la seriedad de un proceso que tiene afectaciones sensibles para la vida de muchas personas.

Abonando a este ambiente enrarecido por la incertidumbre, la FGR brilló por dejar circular información no oficial y no salir, por lo menos, a precisarla o desmentirla. Antes incluso, tuvimos noticias no necesariamente certeras de otros funcionarios públicos que ni vela deberían tener en el entierro. 

Los juicios mediáticos desinforman porque ni usted ni yo conocemos con precisión los hechos ni las circunstancias que envuelven un caso en particular. No quiero sonar como recalcitrante defensor de causas perdidas, pero ¿le gustaría ser señalado por algo que nadie sabe a ciencia cierta si en realidad hizo? A mí tampoco. Estos juicios sumarios elaborados y muchas veces tergiversados por o valiéndose de los medios de comunicación, son un mecanismo para influir en la percepción que tenemos de la realidad. Dan la apariencia de que se está haciendo justicia cuando en el fondo podemos estar siendo espectadores justo de lo opuesto. 

Cuando tengo oportunidad de platicar con los estudiantes de Derecho en la UNAM, me gusta decir que es cómodo y, a la vez irresponsable, emitir juicios anticipados cuando se trata de alguien que no soy yo (o alguien cercano a mi). Si el factor ‘otra persona’ cambia a ‘soy yo’ o ‘es algún familiar’, curiosamente todos pugnan en sentido contrario: ¡qué penas tan severas! ¡qué sistema tan poco flexible! ¡ese delito no debería existir! ¡no respetaron la presunción de inocencia! ¡no tenían pruebas contra mí! ¡muera la prisión preventiva (y más la oficiosa)!  La materia penal es apasionante, en especial en la teoría, pero sus consecuencias reales suelen ser devastadoras pues es quizás el único proceso en el que, pase lo que pase, nunca hay un ganador.

@capastranac

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