Opinión


Entre discusiones, pleitos y debates, León Trotsky fue admitido en México

Entre discusiones, pleitos y debates, León Trotsky fue admitido en México | La Crónica de Hoy

Una nota nacional le robó las ocho columnas, en los primeros días de diciembre de 1936, a la apasionante novela político-romántica que tenía en vilo a buena parte del planeta, y que no era otra que la inminente abdicación del monarca británico Eduardo VIII, para casarse con la señora Wallis (aquí los periódicos ¡pobres! le ponían “Wally”) Simpson, que era plebeya (mal), estadunidense (muy mal), y DOS veces divorciada (todavía peor). Aquella historia, que, como dijo un cartonista de esos días, era seguida con pasión por “los últimos románticos”, fue eclipsada por un anuncio que iba a provocar tempestades: el presidente Lázaro Cárdenas daba su aprobación para que el célebre y polémico León Trotsky, a la sazón exiliado en Noruega, se asilara en territorio mexicano.

Se trataba de una cuestión urgente, según apuntó el comunicado que la Secretaría de Relaciones Exteriores dio a conocer el  7 de diciembre de 1936. Trostky, explicaba el mensaje, se hallaba en “grave peligro” y, en vista de que la mayor parte de las naciones europeas le habían negado la posibilidad de asilarse en ellas, acaso tendría que volver a su país, poniendo su vida en riesgo.

Así se había planteado la situación desde el principio. Diego Rivera y algunos otros amigos suyos, favorables a la causa de Trotsky, se habían reunido primero con el general Francisco J. Múgica, secretario de Comunicaciones y Obras públicas, para pedirle su mediación y obtener el asilo. Fue Múgica quien los envió a la Comarca Lagunera, donde Cárdenas se hallaba supervisando el reparto agrario en la región.

El gobierno de Lázaro Cárdenas sabía que su decisión crearía una intensa polémica. En vista de ello, emitió un mensaje para explicar por qué se había decidido asilar al político soviético, apoyándose en la tradición diplomática mexicana: “México, de conformidad con su política tradicional, reivindica una de las conquistas del Derecho de Gentes: la prerrogativa de asilo para los exiliados políticos”.  Además, subrayaba, “El asilo no supone, por sí mismo, la afinidad de pensamientos, de propósitos o tendencias entre el país que lo concede y el sujeto que se beneficia”.

Sin embargo, Trotsky debería formalizar con sus propios términos la solicitud de asilo que Diego Rivera había puesto en las manos del presidente Cárdenas, y comprometerse a no participar en la vida política mexicana. Además, la Secretaría de Gobernación señalaría a Trotsky las condiciones en las que podría entrar a territorio mexicano, y le señalaría en qué sitio establecer su residencia.

La verdad es que hubo un poco de desconcierto entre quienes apoyaban la causa de Trotsky cuando, desde Oslo, el político e ideólogo soviético se manifestó satisfecho por la perspectiva de viajar a América, pero esa solicitud formal que demandaba el gobierno mexicano sería hecha cuando, dijo, tuviera garantías de que no se trataba de una celada. Algunas personas del círculo más cercano a Trotsky, entre ellas su hijo León, dudaban seriamente de que México pudiera garantizar la seguridad del político.

La verdad es que la situación de León Trotsky era desesperada: las autoridades noruegas le habían dado un ultimátum: o se iba del país antes del 18 de diciembre o sería expulsado. Y aún así, se tomaba su tiempo para formalizar su petición de asilo. ¿Cuál era la causa? Un columnista de aquellos días, contrincante de las agrupaciones de filiación socialista o comunista, exhibía las tensiones de esos días: “El permiso ha levantado borrascas entre los radicales, que en México, en su mayoría, son ‘amigos de Moscú’. Y para combatirlo, apelan a prácticas que no van de acuerdo con la verdad. Dicen que Trotsky es fascista, y que está a las órdenes de Hitler, por más que todos saben que esto es una falsedad. Sucede que el célebre judío aventaja en radicalismo y quiere ir más allá de Stalin”.

Tampoco gustaron los recelos de Stalin. Un epigramista de la época, que solía firmar como “Kién”, le dedicó unas líneas bastante ácidas:

León Trotsky, ruso tejón,

Teme que nuestra nación

Le haga “una mala jugada”;

Es decir, que sea tanteada

Eso de la invitación.

¡Nunca más justificada

La frase de “Piensa el león…”

Mientras tanto, el presidente Lázaro Cárdenas había escrito en su diario: “Encontrándome en Torreón, Coahuila, autoricé se dé asilo en nuestro país al señor León D. Trotsky, expulsado por el gobierno de Rusia, radicado provisionalmente en Noruega. México debe mantener el derecho de asilo a toda persona de cualquier país y sea cual fuere la doctrina política que sustente. Diego Rivera me entrevistó en La Laguna solicitando el asilo de Trotsky”.

El político soviético, en tanto, y ya hecho a la idea de que podría establecerse en nuestro país, se dedicó a leer con avidez diversos materiales para enterarse de lo que era “ese misterioso México”.

En Moscú, informaron las agencias noticiosas, la decisión del gobierno de Lázaro Cárdenas fue vista “con dolorosa sorpresa”.

LAS MUCHAS VOCES EN TORNO A LEÓN TROTSKY. El México de 1936 era un país con una importante efervescencia en el mundo de los movimientos obreros. Había sindicatos de cualquier cantidad de oficios y profesiones, desde panaderos hasta empleados de los molinos de café. En ese mundo de sindicatos y obreros altamente politizados, donde el proyecto socialista y la militancia comunista eran cuestiones que se discutían con frecuencia, como ocurría en el mundo de artistas, pintores y creadores. El anuncio del asilo a Trotsky fue, por tanto, asunto de interés para todos esos grupos sociales.

Por un lado, se formó un grupo de gente que simpatizaba con el soviético: algunos intelectuales tal vez no muy conocidos, un grupo de 60 personas que integraban la  Liga Comunista Internacional, y desde luego, el matrimonio Rivera-Kahlo.

“Nada bueno puede esperarse de la presencia de tan turbulento personaje”, decía alguna de las columnas del periódico Excelsior no bien formalizó Trotsky su petición de asilo.

Las voces en contra de Trotsky no estaban solamente en la prensa. Se dijo que muchos cercanos al general Cárdenas intentaron disuadirlo; “comunistas mexicanos”, denunció la prensa, acusaban al soviético de “nazi” y exigían que el gobierno mexicano se desdijera; de hecho, el Partido Comunista Mexicano envió al Presidente un mensaje pidiéndole reconsiderar el asilo. La Sociedad de Amigos de la URSS también dio a conocer un mensaje, advirtiendo de los riesgos de permitir la entrada a México a un personaje al que calificaban de “enormemente peligroso”.

Desde la CTM, Vicente Lombardo Toledano, leal al modelo soviético, se dedicó a combatir la presencia de Trotsky, y lo seguiría haciendo los tres años y medio que el soviético permaneció en nuestro país. En cambio, los estudiantes de la Universidad Nacional manifestaron su apoyo al gobierno, y un intelectual de aquellos años, ya conocido por muy pocos, Rubén Salazar Mallén, afirmaba que, en la polémica desatada en México se ocultaba una realidad: con Trotsky en México, era probable que la Liga Comunista Internacional cobrara enorme fuerza en México, aventajando a los comunistas afines al modelo soviético y a la figura de Stalin. Era eso y no otra cosa, remataba, lo que provocaba las impugnaciones a la decisión de Lázaro Cárdenas.

 

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