Opinión


Entre neurologismos y neurotonterías, ¿dónde localizar a la neuroética?

Entre neurologismos y neurotonterías, ¿dónde localizar a la neuroética? | La Crónica de Hoy

Jorge Alberto Álvarez Díaz*
 

 

La década del cerebro fue una iniciativa que patrocinó la Biblioteca del Congreso y el Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos. En la proclamación presidencial 6158, George Bush declaraba la década de 1990 como la Década del Cerebro. Se presentó públicamente el 17 de julio de 1990 y se centró en cuatro elementos básicos: 1) el aumento y surgimiento de enfermedades cerebrales y mentales (congénitas, traumáticas y degenerativas); 2) los avances tecnológicos en microscopía y neuroimagen; 3) los avances teóricos para comprender algunos procesos fisiopatológicos, así como el desarrollo de ciencias básicas (genética, bioquímica, etc.); y 4) los avances en disciplinas intermedias (biología molecular, genética molecular, etc.). En el discurso también se mencionaban las adicciones. El avance fue enorme teniendo apoyo político (que se transforma en apoyo económico).

La investigación no se dirigió solamente a entender la causa de las enfermedades neurológicas, cómo diagnosticarlas o cómo evaluar los resultados de un tratamiento. La investigación también quiso conocer más sobre los seres humanos. Si estaba claro desde la década de 1930 que en el cerebro radica el control motor y el registro de los procesos sensitivos, ¿por qué no estudiar otras funciones que se han entendido como humanas? Como uno de los puntos de desarrollo era la neuroimagen, se perfeccionó la imagen por resonancia magnética nuclear (fMRI), que consiste en obtener imágenes cuando el cerebro no desarrolla una tarea determinada, y luego tomar otras imágenes cuando se asigna una determinada tarea. De este modo, se investigaron actividades como la creación artística, o la elaboración de juicios éticos. Con estos dos ejemplos surgieron términos como “neuroestética” o “neuroética”.

Para la investigación en neuroética se desarrolló una metodología. En términos muy sencillos: se tomaba la fMRI del sujeto de investigación sin hacerle una pregunta, y luego se tomaba la fMRI tras hacerle una pregunta que presentara un dilema ético. Se comparaban las imágenes, y se determinaban cuáles áreas trabajaban mientras se resolvía el dilema ético. Esto era una verdadera novedad: que la ciencia se encargara de analizar un fenómeno que tradicionalmente lo había hecho la filosofía. También se compararon grupos de personas que creían en Dios con grupos que no creían (se ha hablado de “neuroteología”); asimismo, se compararon personas budistas entrenadas para hacer meditación con grupos que no meditaban (al no haber un dios en el budismo, se habló de “neurorreligiosidad”).

Lo anterior ha representado ventajas claras: se sabe más sobre el cerebro, y con las posibilidades actuales de comunicación, la información se difunde rápidamente. También se han presentado problemas. Por ejemplo, al socializar el conocimiento, se ha visto que los medios de comunicación suelen interpretar los hallazgos científicos con un neuro-esencialismo (algo así como “todo está en el cerebro”), y esto impacta en la generación de políticas públicas (por ejemplo, política pública en salud mental)1. La investigación también ha mostrado que para mejorar la comunicación de la neurociencia: 1) se requiere precaución, ya que hay períodos de mayor atención (llamados “oleadas de noticias”) en los cuales la información que se brinda tiende a ser más optimista; 2) se debe cuidar no ser demasiado optimistas en temas del desarrollo neurocientífico, a la vez de no ser demasiado escépticos en temas legislativos y de políticas; 3) los investigadores deben tener en cuenta que la precisión con que se comunica la información suele ser baja, por lo que deberían ser muy activos para evitar la difusión de conceptos erróneos2. Lamentablemente esto no suele ser común, por lo que las noticias falsas o explicadas de modo incorrecto se difunden rápidamente.

Otro punto, positivo al inicio, se ha transformado en un problema. Con las nuevas tecnologías, como la fMRI, nuevas metodologías, nuevas reflexiones, etc., se generaron palabras para demarcar terrenos que antes no existían; algunas ya mencionadas fueron neuroestética, neuroética, neuroteología o neurorreligión; también aparecieron neuroeconomía, neuroeducación, neuropolítica, etc. A estos términos, palabras nuevas, neologismos neurológicos, Judy Illes (neurorradióloga) les denominó “neurologismos”3. Sin embargo, ahora parece que las neurociencias son un manantial que ofrece legitimidad pretendidamente científica a cualquier tipo de saber solamente poniendo el prefijo neuro: se habla de “neuro-oratoria”, “neurogastronomía”, “neurofeminismo” y un largo etcétera. Parece que se está llegando a un espacio peligroso de pseudociencia, donde el discurso neurocientífico se descontextualiza y sirve para intentar legitimar casi cualquier cosa (y además… vende). El problema es tal, que Gina Rippon (neurocientífica) habla en su libro The Gendered Brain de este problema, indicando que muchas veces son simplemente “neurotonterías”.

La neuroética tiene un problema común a otras disciplinas novedosas de esos neurologismos, y un problema específico. El problema general es que la investigación también ha mostrado que un estudio científico si se le acompaña de tablas y cuadros, tiene menos aceptación, menos credibilidad, que si se acompaña de una neuroimagen4. La neuroimagen resulta muy atractiva porque hace muy simple algo que en realidad es muy complejo, y porque de cierta forma le coloca en algún sitio. El problema específico es metodológico, en donde se hacen dos puntualizaciones: muchos filósofos no tienen suficiente conocimiento neurocientífico (¿se están dejando llevar por el atractivo de las neuroimágenes?), y muchos científicos no tienen conocimiento de ética (cuando utilizan los términos moral, ética, intuiciones morales, razonamientos morales, juicios morales, etc., ¿quieren expresar lo mismo que los filósofos?).

La neuroética se ha desarrollado mucho en los últimos cinco lustros, en buena medida gracias a la neuroimagen. Hay que reflexionar mucho, ¿qué se ve en la neuroimagen? ¿Qué no se ve? Son problemas epistemológicos. Imre Lakatos escribe al inicio de su libro La Metodología de los Programas de Investigación Científica: “¿Qué distingue al conocimiento de la superstición, la ideología o la ­pseudociencia? La Iglesia católica excomulgó a los copernicanos, el Partido Comunista persiguió a los mendelianos por entender que sus doctrinas eran pseudocientíficas. La demarcación entre ciencia y pseudociencia no es un mero problema de filosofía de salón; tiene una importancia social y política vital.” La neuroética tiene que afrontar esos problemas epistemológicos y analizar las consecuencias para la disciplina y para la sociedad.

 

1
Contemporary neuroscience in the media. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2010.05.017

2
Media reporting of neuroscience depends on timing, topic and newspaper type. https://journals.plos.org/plosone/article/file?id=10.1371/journal.pone.0104780&type=printable

3
Neurologisms. https://doi

 

 

 

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