Opinión


Entre Trump y los ayatolas

Entre Trump y los ayatolas | La Crónica de Hoy

Por azares de la geopolítica y la economía México es, a querer o no, uno de los países más involucrados en el conflicto entre Irán y Estados Unidos. Confrontación cuyas repercusiones menos graves se manifiestan en los precios del petróleo y las gasolinas, y en creciente peligrosidad por el tránsito de migrantes sobre nuestro territorio.

De cara a esta evidencia, en modo alguno se antoja ocioso o mero afán protagónico del presidente López Obrador el haber preconizado un “no a la guerra, sí a la paz” para tratar de apaciguar los ánimos en un escenario prebélico situado a 13 mil kilómetros de distancia de nuestro país.

Asimismo, hizo bien el canciller Marcelo Ebrard en haber fijado la postura de México, favorable al diálogo para la solución de controversias, tan pronto se conoció la demencial acción ordenada por Donald Trump de asesinar al general Qasen Soleimani, segundo hombre más poderoso en el gobierno iraní.

Corresponsable en la conducción de la política exterior, el Senado, por voz de Ricardo Monreal, en la misma frecuencia postuló que México propugna la solución pacífica de las controversias internacionales y otras muchas voces se sumaron con idéntico tono conciliador. No es para menos.

La vecindad con Estados Unidos, que en lo comercial reporta ventajas considerables, en materia de seguridad y en lo político entraña graves riesgos. Impone a la potencia vecina la conveniencia de apretarle las clavijas a nuestro gobierno con toda suerte de pretextos, sobre todo el terrorismo.

Tal como ya ocurrió en Honduras, donde el presidente Juan Orlando Hernández, acompañado por el secretario interino de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Chad Wolf, presentó este jueves a cuatro ciudadanos iraníes arrestados el pretender entrar a su país, procedentes de Nicaragua, cuya intención aparentemente era llegar a tierras estadunidenses.

Trump está ya, teóricamente, atado de manos por su congreso para desencadenar una nueva guerra. Nada para entusiasmarse, sin embargo. Los Estados Unidos se manejan por intereses no por principios. Y, ante esto, no hay cadenas que puedan sujetar al ocupante de la Casa Blanca, quien quiera que este sea. Algo para tener en cuenta ante el escalamiento del conflicto con Irán.

El ayatola Alí Khamenei considera insuficiente el ataque con misiles a bases militares de Irak solícitamente prestadas al Pentágono, en especial la de Al Asad y Justin Trudeau le ha echado gasolina a la hoguera al presumir que el avión ucraniano del vuelo 752, fue derribado por un misil iraní, sin intención deliberada, pero con el estrujante saldo de 176 muertos.

Y en embajadas e instalaciones norteamericanas en todo el mundo, de la zona verde de Bagdad a la base aérea de Florida, se vive un genuino estado de paranoia.

Históricamente México ha sido involucrado en los pleitos de Estados Unidos con la tierra de los ayatolas. Por lo menos desde junio de 1979, cuando dio asilo al sha Mohammad Reza Pahlevi, destronado por Jomeini, el líder religioso que a sólo tres días de su ascenso al poder declaró la constitución de la República Islámica de Irán sobre los escombros del régimen del huésped del gobierno de José López Portillo.

Era la segunda ocasión que el sha visitaba nuestro país, la primera había sido como invitado de Luis Echeverría, en 1975; pero fue su asilo de 122 días, gestionado por el canciller gringo Henry Kissinger ante su homólogo Jorge Castañeda padre, el que implicó un desafío al régimen iraní, el cual había advertido que consideraría un acto de hostilidad y un desafío a su gobierno toda protección al destronado.

Por aquellos días —valga la remembranza para quienes se escandalizan por el apoyo ofrecido por México a Evo Morales— el sha era tenido no sólo en su tierra sino a escala global como símbolo de la corrupción y el colaboracionismo con Estados Unidos.

Refugiado en Cuernavaca, los excesos y excentricidades de Pahlevi por cuenta del erario mexicano causaron escándalo. Cosa de mencionar —de acuerdo con crónicas de la época— que tan sólo la seguridad personal y de la decena de parientes y colaboradores estaba a cargo de un ejército de 72 personas, 12 de Irán, 20 de Estados Unidos y 40 mexicanos.

Se antoja improbable en el actual conflicto que tiene en vilo al mundo, que Estados Unidos y el régimen iraní atiendan el llamado al diálogo formulado por el gobierno de la 4T.

Por lo que concierne a la principal potencia occidental desde hace por lo menos cuatro décadas —desde la llegada al poder de Margaret Thatcher, Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II— se halla sin contrapesos internacionales, pero también sin capacidad para contribuir a la configuración de un mundo mejor del que entonces había, en relativa paz y con progreso. Tal como lo expone con lucidez, claridad y sencillez en su libro El naufragio de las civilizaciones, el escritor libanés Amin Maalouf, visitante reciente de nuestro país.

En la pasada Feria Internacional de Libro de Guadalajara, Maalouf presentó su referida obra, en la cual asienta que “a los numerosos detractores del presidente Donald Trump les gusta creer que es con su mandato como ha empezado a desintegrarse la categoría ética de su país. Desde mi punto de vista, el giro decisivo empezó mucho antes, en el mismo momento en que estaba concluyendo la guerra fría. Los Estados Unidos se hallaron entonces en una posición a la que ninguna otra nación había podido aspirar desde los albores de la Historia, la de la única superpotencia planetaria. Estaban en condiciones de colocar ellos solos los cimientos de un nuevo orden mundial: nadie ponía ya en duda seriamente su primacía”.

Y más adelante, apunta:

“Con la perspectiva del paso del tiempo, se ve claramente que los Estados Unidos no supieron aprobar el difícil examen que les había puesto la Historia. Durante las tres décadas posteriores a su triunfo y a su entronización, fueron incapaces de fijar un nuevo orden mundial, incapaces de asentar su legitimidad como ‘potencia paterna’ e incapaces de preservar su credibilidad ética, que está probablemente más baja hoy que en ningún otro momento de los últimos cien años. Sus adversarios de ayer han vuelto a ser sus adversarios, y sus aliados de ayer no se sienten ya realmente aliados suyos”.

Vale referir esta triste realidad ante el actual conflicto de la potencia con Irán, país al cual –como también recuerda Maalouf en su obra— también le tocó padecer en la década de 1950 una calamidad semejante (a la de Indonesia, donde con el paraguas de la lucha anticomunista los EU participaron activamente en una matanza masiva y sistemática, con medio millón de víctimas) “cuando al régimen patriótico del doctor Mosaddeq, de ideales modernizadores y democráticos y cuyas reivindicaciones referidas a los ingresos del petróleo tenían que ver con la justicia más elemental, lo derrocó un golpe de Estado que orquestaron los servicios secretos estadounidenses y británicos; y tampoco, en este caso, se trata de alegaciones, sino de hechos probados, documentados y cuyos responsables ya no intentan negar”.

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