Opinión


Es la deflación

Es la deflación | La Crónica de Hoy

¿Se imaginan a un banquero central enfático, categórico, exclamando en la mera City de Londres “No nos gusta lo que vemos. No acepto la baja inflación”? Una insensatez, un contrasentido seguramente pronunciado por un locuaz bananero de Zimbaue o del Cono Sur más populista ¿o no?

Resulta que el declarante es el responsable de la política monetaria en Europa desde 2011, el más audaz presidente del Banco Central del viejo continente: Mario Draghi.

En una interesantísima conferencia, el mes pasado, pronunció su testamento (termina su encargo en octubre de este año) con una ironía muy italiana: “Hice todo para que la economía volviera a la normalidad, quería regresar a la ortodoxia, a los modelos que aprendimos en la universidad, pero me rindo: la realidad me lo prohíbe”. Acto seguido, anunció un plan de acción enorme, un plan de estímulos para la Europa del siguiente lustro. O sea: el segundo banco central más importante del mundo, dedicado a impulsar el crecimiento, no a combatir la inflación como reza nuestro canon ya un poco rancio, sino a evitar el peor de todos los escenarios: la deflación y con ella, la estanflación (https://tinyurl.com/yxjqlnhr).

Hay que tomar nota aquí y en China: es probable que el problema económico principal en nuestro tiempo no sea el elevado ritmo de incremento en los precios (inflación), sino ese extraño pasaje —tan temido por Keynes— en el cual no invertimos, no compramos, no demandamos, consumimos lo menos posible porque mañana todo será más barato, porque lo más probable es que mañana, todo será peor, y mejor guardar nuestro dinero.

Una profecía que se autocumple. No arriesgo, no invierto, guardo, ahorro todo lo que puedo (la intuitiva austeridad de la que nos vanagloriamos por aquí) lo cual, si se propaga al conjunto de actores económicos, hace más pequeña la economía, desanima, empobrece. Si una empresa despide empleados, reduce costos, economiza lo que puede para sobrevivir, puede ser correcto. Pero si lo hacen al mismo tiempo decenas de miles de empresas al mismo tiempo, todas despiden, todas dejan de invertir, entonces todas se condenan, todas estarán cavando el agujero de la recesión: no encontrarán quién les compre, no encontrarán la demanda para poder invertir y si la situación continúa, no podrán sobrevivir.

Draghi también lo sabe y por eso, sin complejos, ha invertido el papel clásico del Banco Central: hoy, nuestro problema no es la inflación, sino el crecimiento y en consecuencia moviliza nuevas rebajas a las tasas de interés, un programa ordenado de compras de bonos a bancos emproblemados para sanearlos y para que sigan prestando, mayor impresión de billetes, modificar las metas de inflación y hablarle a todo el mundo, transmitir que el Banco quiere catapultar la demanda y que hará todo lo necesario para lograrlo.

Mensaje de Draghi: el Banco Europeo es, sobre todo, una institución útil, no una priámide quieta —pase lo que pase— en un mandato tartamudo y necio, sino un agente atento a la realidad, a la evidencia, a los datos y que debe actuar en atención a ellos.

Le quedan dos meses en el cargo, pero la vehemencia de su discurso no deja lugar a dudas. En los siguientes años la economía europea y la economía occidental (tal vez China también) vivirán tiempos de deflación a los que “debemos combatir con la misma determinación que, en su momento, usamos contra la inflación”.

No es una situación exclusiva del otro lado del Atlántico. En el informe Situación México del tercer trimestre de 2019, BBVA señala que la inflación mostró el acumulado enero-julio más bajo desde 2015, niveles de promedios mínimos históricos cercanos al 2.7 por ciento. Es decir: los más bajos en dos décadas y sin crecimiento económico.

¿Habrá tomado nota el Banco de México? Confío que sí y que su núcleo directivo esté dispuesto a reconocer y anticipar una situación inédita, no prevista en la Constitución: lo que nos acecha es la deflación y contra ella, serán necesarias políticas no convencionales que combatan una economía clavada en el bajo crecimiento permanente. Eso no está previsto en su bendito mandato. Pero son tiempos extraordinarios que necesitan —desesperadamente— decisiones extraordinarias. Por ahora, austeridad y ortodoxia deben quedarse en el cajón.

 

 

 

ricbec@prodigy.net.mx

@ricbecverdadero

 

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