Opinión


EU, del Chapo a Maduro

EU, del Chapo a Maduro | La Crónica de Hoy

Resuelto, de hecho, el destino del Chapo Guzmán, las baterías de la justicia gringa apuntan ahora —entre el regocijo de pocos mexicanos— hacia Nicolás Maduro, a quien al parecer le espera la misma suerte del panameño Manuel Antonio Noriega, El Carepiña: una captura al estilo americano, bajo acusaciones de narcotráfico, con invasión militar y millares de muertos.

Ni un milagro podrá salvar de la cadena perpetua al jefe del cártel de Sinaloa, cuyo escenográfico juicio concluyó con una amenaza del Tío Sam a los narcos:

“No importa quién seas, ni dónde te encuentres, la DEA te encontrará para hacerte pagar por tus crímenes”, dijo el representante de esta agencia glorificada por Hollywood.

Con el estruendo de una bomba cayó semejante frase en el Palacio de Miraflores, tal como en México resonó —aun a sabiendas de que acá se trata de retórica sin consecuencias—lo dicho por el fiscal general, Matthew G. Whitaker:

“Este caso, y más importante, este veredicto, sirven como un mensaje irrefutable a los narcos que permanecen en México y a aquellos que aspiran a ser el próximo Chapo Guzmán: finalmente, serán arrestados y procesados”.

Nada para preocuparse. Nadie con un dedo de frente puede suponer que la tenebrosa DEA arrestará a Felipe Calderón, Genaro García Luna o Enrique Peña Nieto, citados por nombre en el juicio como recipiendarios de sobornos archimillonarios de la mafia.

Menos aún puede suponerse que insobornables agentes de la sórdida dependencia antidrogas podrían capturar a quienes sólo fueron aludidos en el show de  Brooklyn, entre otros Ignacio Morales Lechuga, Gabriel Regino y Alfonso Acosta.

Al margen de si alguno de estos personajes recibió o no las decenas o centenares de millones de dólares que se les atribuyen,  y de si está o no relacionado con la delincuencia —eso es lo que menos importa a la DEA—no hay por el momento ningún interés político estadunidense para proceder, ya sea con fundamento en la verdad o la  mentira, en su contra.

Muy diferente es la situación de Maduro, a quien, en efecto, nadie podría confundir con un estadista y ni siquiera con un buen gobernante.

No sólo la DEA sino todo el aparato gringo, más presidentes títeres como el colombiano Iván Duque y el brasileño Jair Bolsonaro, y mandaderos en organismos multilaterales como Luis Almagro, han pintado al venezolano como el mismísimo Satanás.

Periodistas con ruidosas chirimías y medios de comunicación de discutible ética han servido de comparsa, o peor aún, han acosado con persistencia de mastines a Maduro, tal como hicieron con Hugo Chávez desde su ascenso al poder en 1999.

Dos décadas de grotesco manipuleo de la información han conseguido hacer creer que todo un pueblo ha estado en contra de un solo hombre, primero Chávez y luego Maduro, cuando en realidad se ha tratado de gobiernos con firme respaldo popular mayoritario.

El desgastante hostigamiento externo mediante todos los recursos y la respiración artificial a una oposición inicialmente ínfima, atomizada, inconciliable y venal, han acabado por reportar dividendos a sus instigadores.

La tierra de Bolívar es hoy doloroso escenario de una crisis inaudita; se halla no sólo hundida en la pobreza sino con física hambre y un éxodo imparable, bloqueada por los cuatro costados por Estados Unidos, sin esperanza alguna de salida democrática sin traumatismos.

A Maduro los gringos han logrado colgarle el sambenito de narco, ya sea de modo indirecto o por interpósitas personas, parientes o copartidarios políticos, destacadamente Diosdado Cabello.

Lo de menos es determinar con apego a la verdad si el presidente venezolano tiene vínculos con traficantes de drogas. El gobierno norteamericano ya dijo que Maduro es narco y el aparato que perifonea sus posturas le ha dado cuerda sin recato a la versión, hasta el punto de que pocos dudan de la patraña. Así le ocurrió a Noriega. Y, de algún modo, al Chapo.

Al igual que Carepiña y el jefe del cártel de Sinaloa, el mandatario llanero se perfila a ser víctima propiciatoria de la perpetuación de la guerra antinarco.

Al final del dizque mayor juicio en la historia de los Estados Unidos, el fiscal Richard Donoghue comentó  que “hay quienes dicen que la guerra contra las drogas no vale la pena pelearla”, y añadió: “Esas personas están equivocadas”.

Y el juez Brian Cogan, al borde del paroxismo, exclamó que haber enjuiciado al Chapo “me hace sentir orgulloso de ser estadunidense”.

¡Vergüenza les debería dar a estos señores!

Drogas de todo el mundo tienen por principal destino Estados Unidos. En bancos de ese país se queda 95 por ciento de las ganancias del tráfico mundial de estupefacientes…

Por las calles norteamericanas —incluidas las inmediaciones de la Casa Blanca— ­circula toda suerte de substancias capaces de poner a los yuppies en estados alterados de conciencia, mientras países productores o de tránsito de esas substancias se ahogan en sangre.

Vale preguntar, a la luz de esta realidad: ¿Alguien ha sabido del arresto en esa potencia de algún narco que no sea negro o integrante de alguna minoría étnica? ¿De la aprehensión de un blanco, anglosajón y protestante, tipo Trump?

Que no nos vean la cara de bobos. La ­guerra contra las drogas ha sido un pretexto para el intervencionismo y las invasiones militares, tal como puede suceder en Venezuela.

Si hasta ahora la administración Trump se ha abstenido de invadir aquella nación sudamericana, eso ha sido porque, contrariamente a lo que manipuladores profesionales de la información han propalado, gran parte de la comunidad internacional repudia el aventurerismo militar del Pentágono.

Y en especial por el respaldo de China y Rusia al gobernante venezolano. 

De cara a esta realidad, resulta mentiroso decir que México se ha quedado aislado o acompañado sólo por Bolivia y Siria  en su propuesta de procurar el diálogo Maduro-oposición.

La OEA rechazó por 15 votos contra 19 reconocer al patético Juan Guaidó. Y la Unión Europea también le negó su aval y propuso, en cambio, realizar elecciones.

Propuesta, esta última, plasmada luego en el Mecanismo de Montevideo surgido de una junta del denominado Grupo de Contacto Internacional —los principales países del viejo continente—, convocada por Marcelo Ebrard y el uruguayo Rodolfo Nin Novoa, a la cual acaba de sumarse el marrullero Trump.

Con los crespos hechos se quedaron, al menos por el momento, los belicistas que azuzaban la intervención militar gringa.

Incluidos entre estos patéticos militaristas los líderes y legisladores del PAN que, en ínfima minoría, por voz de Sylvia Violeta Garfias Cedillo, plantearon en el Congreso reconocer al autonombrado presidente venezolano.

Nada de esto podría sin embargo cambiar el destino de Maduro, puesto ahora en la mira de los Estados Unidos, en remplazo del capo de Sinaloa.

 

Aurelio Ramos Méndez
aureramos@cronica.com.mx

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