Opinión


Fallece Margarita Maza, esposa del presidente Juárez, y todo el país le rinde gran homenaje

Fallece Margarita Maza, esposa del presidente Juárez, y todo el país le rinde gran homenaje | La Crónica de Hoy

En 1871, era cosa de todos los días que los opositores del presidente Juárez publicaran a diario cartones y artículos duros y ácidos en su contra, denunciando lo que parecía una resistencia a dejar, en algún momento, la presidencia de la República. Pero cuando se supo que la esposa del mandatario, doña Margarita Maza agonizaba, un fuerte sentido del honor frenó la andanada. Sin un acuerdo formal, la prensa crítica estableció una tregua, para unirse al homenaje a la que llamaron “la gran matrona del partido liberal”.

Dejaba Margarita a su esposo el presidente, con el que había compartido tantos sinsabores, a lo largo de la accidentada historia reciente del país. Muchas penas acumulaba Margarita Maza en su memoria y en su alma, en aquellos últimos días, en los que se despedía de la vida, corroída por el cáncer. Tenía semanas que había dejado sus aposentos en el Palacio Nacional y reposaba en una casita de campo que su Benito le compró en lo que hoy es la colonia San Rafael de la ciudad de México. Ahí había jardín y una pequeña fuente, con la idea de que le alegrara la vista, y, al menos por un rato, la distrajera de los dolores atroces de la enfermedad.

Pero Margarita se murió finalmente, no sólo por el cáncer que la devoró, sino de agotamiento, de desgaste, del cansancio de llevar en el corazón y la memoria la imagen de los hijos —cinco en total— que se le habían muerto, y en especial de aquellos dos chiquitos que fallecieron en el exilio neoyorquino al que la guerra de Intervención arrojó a la familia Juárez Maza.  Aquellos inviernos extremos, con pocas cartas de su marido, que resistía en el norte mexicano, y las escasas posibilidades de reunirse con él en corto plazo, fueron los más tristes en la vida de aquella mujer, que solamente tenía 17 años cuando se casó con un abogado mucho mayor que ella, cosa que no era extraña en 1843, que quizá no era el hombre más apuesto de Oaxaca, pero que, como ella decía, “era muy bueno”.

Así empezó aquella formidable historia de amor, entretejida con la historia de México.

EL SUEÑO IMPOSIBLE DE UNA VIDA APACIBLE. Contra todas sus esperanzas, la vida de Margarita Maza de Juárez no fue todo lo apacible y buena que hubiera deseado cuando regresó, en 1867, a la capital de la República. Las tropas francesas habían abandonado tierra mexicana; Maximiliano de Habsburgo había muerto fusilado en Querétaro, y su esposa, enloquecida, miraba los días pasar encerrada bajo la mirada vigilante de los servidores de la corona austrohúngara. ¿Podía la familia Juárez Maza aspirar a la calma, a la felicidad, después de tantos años de sobresaltos e incertidumbre?

Regresó Margarita del exilio en Estados Unidos con los hijos que le quedaban, con su yerno Santa, Pedro Santacilia, tan servicial y cariñoso, que en los días más terribles había sido el custodio de toda la familia, por encargo expreso de don Benito. Pero la esposa del presidente volvió a México con el corazón lastimado y la salud quebrantada.

Habían transcurrido 24 años desde su matrimonio en Oaxaca. Benito la pidió en matrimonio cuando ya había terminado sus estudios de abogacía y tenía carrera política; había sido regidor del Ayuntamiento de Oaxaca, diputado local y magistrado del Tribunal Superior de Justicia.

El padre de Margarita era muy consciente de que sería complicado hallarle mejor matrimonio a la muchacha: era “expósita”, es decir una niña abandonada, recogida por la familia Maza y criada como hija propia. La condición de Margarita, estampada en su fe de bautismo, era un problema que, en un mundo donde aún pesaban las diferencias raciales y sociales, sería, tarde o temprano, un obstáculo poara que tuviera una vida feliz. Pero Benito Juárez pensaba de manera distinta y su fama de hombre honesto era un buen argumento. Así, Margarita accedió al casamiento, que se realizó el 31 de julio de 1843. 

Fueron, pese a todas las dificultades que padecieron y las largas separaciones, un matrimonio bien avenido, cariñoso. Han llegado hasta nuestros días las cartas en las que Benito siempre se despide reiterándole amor, y aún en los tiempos más difíciles, siempre halla tiempo para confortarla y consolarla. Ella, a cambio, se volvió una consejera aguda, capaz de juzgar con tino a todos los políticos que rodeaban a su esposo.

DE UNA TIENDA EN ETLA AL EXILIO EN NUEVA YORK. La militancia liberal de Juárez dominó siempre su vida familiar.  Los años inmediatos al matrimonio con Margarita fueron tiempos de “picar piedra” en  Oaxaca. Seis años después de la boda, Benito ocupó la gubernatura del estado. Pero eran tiempos de vaivenes políticos muy intensos. Terminada su gestión  y al calor de las luchas políticas sufrió persecución por órdenes de Antonio López de Santa Anna. Así Juárez conoció la prisión inmunda que era San Juan de Ulúa en 1853, y de allí partió al exilio en Nueva Orleans.

Para sobrevivir, mantener a sus hijos e incluso mandarle algún dinero a Benito, Margarita puso una tienda de abarrotes en Etla. Ésa fue la primera de las grandes ausencias, que el matrimonio llenó con abundante correspondencia. Cuando fue posible, la familia Juárez acompañaba al presidente. Así, en los días de la guerra de Reforma, Margarita, embarazada, cargó con hijos y equipaje para instalarse en Veracruz.  Francisca, la bebé que nació en el puerto, sería la primera niña mexicana en ser inscrita en el Registro Civil.

Por lejos que estuviera Juárez, por graves que fueran sus circunstancias, siempre hubo tiempo para ponerle unas letras a su esposa, y siempre firmarla reiterándole su amor.

LA CONSEJERA DEL PRESIDENTE. La inteligencia de Margarita se afinó durante las batallas políticas de su esposo. Se volvió una aguda observadora de los acontecimientos y, en ocasiones, sus cartas llevaban opiniones contundentes. Ella se acostumbró a leer entre líneas las misivas que recibía de Juárez, y de ahí surgían comentarios que podían ser muy duros. Alguna vez llamó  “inútiles” a los colaboradores cercanos de su marido. A todos los conocía muy bien.

Es más frecuente que el presidente prefiera no contar las cosas que desatarán alguna crítica de su esposa, pero ella lo conoce ¡tan bien! que no hay modo de ocultarle nada. Así, a fines de 1865, cuando la prolongación del mandato del presidente provoca una fractura en el grupo liberal establecido en Paso del Norte, Chihuahua, Juárez habla del tema hasta pasados algunos meses. Pero a Margarita no se le escapa nada: “El que continúes con la presidencia no me coge de nuevo, porque yo ya me lo tragué desde que vi que no me contestabas nada siempre que te lo preguntaba. Qué hemos de hacer”.

Fue dura con quienes, en momentos difíciles, se empeñaban en disentir: “ellos no tienen la culpa, sino tú que no te vuelves a acordar de lo que te hacen, porque yo creo que no es primera que te hace [Guillermo] Prieto”, regaña, cuando se entera de que algunos colaboradores de Juárez defienden la causa de Jesús González Ortega, que aspira a la presidencia.

El regreso de la familia Juárez Maza a México, fue muy celebrado. Se decía que la esposa del presidente se merecía honor y reposo. Aquellos días de tranquilidad duraron muy poco.

EL ÚLTIMO HOMENAJE. Cuando Margarita murió, el país entero le rindió homenaje. Las crónicas de la época hablan de un funeral multitudinario, de un cortejo de 2 mil personas que la acompañaron hasta su tumba en el Panteón de San Fernando. Guillermo Prieto, reconciliado con la familia, pronunció la oración fúnebre, y bajó sollozando de la tribuna. Margarita fue  llamada por la prensa “la gran matrona del partido liberal”.

Por hondas que fuesen las diferencias con el presidente, todos los críticos y opositores homenajearon a esa mujer que tanto había sufrido y a la que consideraban símbolo de la resistencia liberal. Don Benito la sobrevivió un año y medio: en julio de 1872, se reunió con ella en el Panteón de San Fernando...

 

 

 

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