Cultura


Falta un periodismo que se ensucie más los zapatos: Milver Elener Ávalos

El diablo es peruano narra la violencia e injusticia que se vive en Latinoamérica a partir de lo que pasa en un país. El trabajo de campo permite profundizar y volver varias veces al lugar de los hechos, añade.

Falta un periodismo que se ensucie más los zapatos: Milver Elener Ávalos | La Crónica de Hoy

Milver Elener Ávalos Miranda y vive en la ciudad de Trujillo, al Norte de la capital peruana.

Él es un joven periodista de investigación peruano. Su nombre es Milver Elener Ávalos Miranda y vive en la ciudad de Trujillo, al Norte de la capital peruana. Milver estudió en la Universidad Nacional de Trujillo (UNT) y en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Gran lector de los clásicos del periodismo narrativo o non-fiction, a este narrador periodístico escribe crónicas sobre temas sociales como la contaminación ambiental, asesinatos, feminicidios y el sicariato en Perú y en el resto de América Latina. El entiende estos problemas porque vive en una ciudad golpeada y fracturada por el crimen. Publicó su libro El diablo es peruano (Grupo Editorial, Mesa Redonda, 2019), y sobre éste charlamos con él.

El diablo es peruano narra una realidad rodeada de violencia e injusticia que en apariencia quedaría incrustada sólo en Perú, pero que en realidad vivimos todos los latinoamericanos, ¿qué piensas sobre esto?

El diablo es peruano es un puñado de crónicas que trata sobre la violencia y la injusticia. La injusticia más cruda se refleja en la contaminación minera. A ocho horas de Lima, la capital del Perú, se ubica la ciudad más rica en oro, Cerro de Pasco. Las empresas mineras transnacionales han explotado el oro a atajo abierto y sus relaves lo han tirado en las lagunas del pueblo. Las empresas operaban con la venia de los gobernantes de turno. Cuando la población reclamaba que se hiciera una minera responsable, el Gobierno actuó como un fantasma. Nombraba comisiones de la salud y del medio ambiente, los representantes iban solo a mirar y nunca les exigían a las empresas que cumplieran con el protocolo adecuado. De manera implícita apoyaban a los contaminadores. Los más afectados con la inacción del Gobierno, fue la gente del pueblo. Ellos consumen el agua color óxido, producto de los relaves. Y es ahí donde los niños ingieren veintiún metales pesados, de los cuales, los más peligrosos son el plomo y el arsénico, porque ocasionan cáncer en la sangre.

Además, en este libro escribo sobre la violencia que azota a la ciudad de Trujillo. Desde el 2015 hasta la fecha han desarticulado más de 40 bandas criminales ahí. Trujillo es la cuna de los sicarios juveniles. En los distritos de la periferia se encuentra a sicarios que matan por diez dólares. O por tres cervezas. O por una prostituta. O por plato de comida. O por un par de zapatillas. “Por estas tierras, tienes dos opciones: eres clavo o martillo”, me dijo un niño de 12 años que tenía tres muertos encima. Yo creo que esa frase describe perfectamente la violencia en Perú y en toda Latinoamérica.

Viviste en México alguna temporada, como narrador y periodista ¿qué temas te llamaron la atención sobre México y que pudiste plasmar en El diablo es peruano?

—De México me llamó mucho la atención la manera en que los periodistas abordaban el tema del narcotráfico, a pesar de que los narcos matan al que se atreve a investigar y a narrar el camino oscuro por el que mueven sus negocios ilegales. Cuando leí Los Morros del Narco, de Javier Valdez Cárdenas, no dejaba de transportarme mentalmente a mi ciudad, Trujillo. Esos morros que servían a los capos del narcotráfico tenían la misma edad, las mismas características físicas, las mismas armas y los mismos cojones que un niño peruano. Al terminar el libro por primera vez entendí la magnitud de la violencia de mi país. Me pasó lo mismo con la crónica Las chicas Kaláshnikov de Alejandro Almazán. Desde el inicio me hizo acordar de una sicaria de mi barrio que hasta el día de hoy no ha salido en los periódicos y no ha pisado una cárcel.

Cultivas el periodismo narrativo, y describes escenas crudas, y la voz de las víctimas y victimarios, ¿qué técnica utilizas, qué efecto quieres lograr?

—En el trabajo de campo echo mano de la entrevista a profundidad. Lo uso porque me permite conocer más al entrevistado y volver varias veces al lugar donde ocurrieron los hechos. Entrevisto a las víctimas y victimarios por dos razones:  la primera, nadie se detiene a escucharlos, su verdad, sus razones y sus emociones no cuentan. Ejemplo, en todo asesinato el periodista recurre a la fuente oficial, al policía o fiscal. La segunda, es que eso le da más potencia a la historia. De una u otra manera, con mis preguntas obligo al entrevistado a recordar con precisión la escena y lo describa con crudeza. Eso facilita estructurar el texto: inicio, nudo y desenlace. 

—¿Qué temas son los que periodísticamente le falta abordar a toda la región? ¿Qué le hace falta a nuestro periodismo?

—En Perú nos falta abordar mucho el tema policial, económico, ambiental y social. Nos faltan periodistas que se ensucien más los zapatos y que no llamen a su fuente oficial desde la comodidad de su oficina o su casa.

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