Escenario


Federico Fellini el rey de la imaginación

ESPECIAL. Este lunes se conmemoran 100 años del natalicio del cineasta italiano, una de las grandes figuras en la historia del cine.

Federico Fellini el rey de la imaginación | La Crónica de Hoy

El cineasta italiano ha sido influencia de cineastas como Woody Allen, Alfonso Cuarón, Pedro Almodóvar, Emir Kusturica y Paolo Sorrentino, por mencionar algunos. (Foto: Especial)

"La vida real no es lo que me interesa. Me gusta observar la vida, pero para dejar libre mi imaginación. Incluso de niño, yo dibujaba retratos no de una persona, sino de la imagen de la persona en mi mente", dijo el cineasta Federico Fellini en una declaración recopilada en su biografía Yo, Fellini, escrita por la periodista Charlotte Chandler. Con un lugar privilegiado en el olimpo de los cineastas, Crónica recuerda su historia a propósito de que este lunes se conmemoran 100 años de su natalicio.

Nacido en Rimini el 20 de enero de 1920, Fellini abandonó a los nueve años la casa paterna para unirse a un circo ambulante para más tarde instalarse en Florencia como dibujante de cómics. Frenético, incontenible, antes del primer film con su nombre (pero como codirector de Alberto Lattuada), Luces de varieté, también hizo guiones para cine y radio.

Y fue en la radio y en 1941, todavía bajo la ominosa sombra del fascismo, donde conoció a una mujer pequeña y de grandes e inolvidables ojos: Giulietta Masina. Se casan dos años después, y en marzo del 45 les nace Pier Federico, que deja el mundo apenas doce días después.

Su entrada triunfal al cine la hizo de la mano de Roberto Rosellini como su guionista en 1944 y luego como su asistente de dirección en Roma, ciudad abierta (1945), pero no fue sino hasta 1950 cuando dirigió su primera película Los inútiles, con la que ganó el León de Plata al Mejor Director de la Mostra de Venecia: “Sexo, circo, cine y espagueti (...) mis primeras influencias”, dijo.

“Entendí bastante temprano que distinto era a otra gente. Y para no mostrarme loco ante los ojos de la mayoría tuve que convertirme en cineasta. El encanto de esa profesión está en que puedes realizar en la vida tus fantasías”. “Nuestras fantasías: ¡esto es nuestra vida!”, mencionó en otra ocasión.

La protagonista femenina de sus filmes fue a menudo su esposa, Giulietta Masina, quien dio trazos muy humanos a su representación de la pobre e inocente Gelsomina en La strada, de 1954 (con la que ganó su segundo León de Plata y con el que obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera en 1956). La película dio a ambos fama mundial.

Cabe decir que Masina padeció siempre las infidelidades de su esposo, quien decía que el sexo, la comida y hacer películas eran sus pasiones. Aun así consideraba a su esposa el hada madrina de su vida.

En 1957 obtuvo nuevamente el Oscar por Las Noches de Cabiria. Pero también causaba polémica, algo que buscaba intencionalmente. Cuando La dolce vita (Palma de Oro de Cannes) llegó a las salas italianas en 1960 hubo ovaciones, pero también silbidos. La cinta, poblada de excesos, un liberalismo desatado y varias parodias, fue un escándalo al que siguieron varios más.

Adorado en su país como una estrella del pop, Fellini, al que sus fans llamaban también FeFe, volvió a obtener el Oscar de Hollywood a la mejor película extranjera por Ocho y Medio, en 1963. Luego en 1969 rodó Satiricón, una película histórica basada en la obra de Petronio, que supuso un estímulo para la imaginación de Fellini y su gusto por lo insólito y lo monstruoso.

“Me han criticado por hacer mis películas sólo para complacerme. La crítica está bien fundada, porque es verdad. Es la única forma en que puedo trabajar. Si haces la película para complacer a cada persona, no complaces a nadie. Creo que primero debes complacerte. Si no me agrada, me siento torturado y apenas puedo continuar”, dijo en una entrevista Fellini. En 1972 dirigió Roma, y tres años más tarde ganó por cuarta vez el Oscar a la Mejor Película Extranjera por Amarcord.

No encontramos en ellas la alegría irreflexiva y sin corazón, pero hay lugar para el gozo, la esperanza y la sana ironía. Su cine es una verdadera fiesta. Su cine parece magia: allí reviven los objetos, suceden cambios milagrosos y triunfa el espíritu.

“La vida, abandonada a sí misma, parece sin sentido, insignificante, monstruosa. El arte, en cambio, es algo que reconforta, que tranquiliza. El arte relata la vida en términos sumamente protectores. Nos hace reflexionar sobre la vida, que de lo contrario sería sólo un corazón que late, un estómago que digiere, pulmones que respiran, ojos que se llenan de imágenes sin sentido”, dijo en el documental Fellini: soy un gran mentiroso que plasma conversaciones que mantuvo el director Damian Pettigrew.

El 20 de enero de 1993, día de su cumpleaños, la Academia de Hollywood le concedió un Oscar en reconocimiento al conjunto de su obra artística. Recibió el León de Oro de Honor en Venecia y el premio del cine europeo por toda su obra, antes de que le fuera concedido un Oscar honorífico que recibió de manos de Marcello Mastroianni.

El 16 de junio de 1993 se sometió en Zúrich a una intervención quirúrgica en la que le fue implantado un marcapasos. Un mes después, el 3 de agosto, días antes de comenzar el rodaje de Cuaderno de un director, sufrió un desmayo en su casa de Rímini y se golpeó en la cabeza. Fue internado en el hospital de esta ciudad donde se le detectó un ictus cerebral con hemiplejia.

El 9 de octubre continuó su rehabilitación psicomotriz en Roma y el 17 de ese mes perdió el conocimiento por una insuficiencia respiratoria y entró en coma, por lo que fue internado en Roma. Después de dos semanas en coma, falleció en este centro el 31 de octubre. Su esposa Giulietta Masina le sobrevivió sólo unos meses (23 de marzo de 1994).

El acróbata entre sueño y realidad representa una época dorada extinguida hace mucho tiempo en el cine italiano. El vacío que dejó es inmenso, en su país sigue sin haber un narrador de historias de su calibre.

 

Comentarios:

Destacado:

LO MÁS LEÍDO

+ -