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Festival Woodstock: El primer eco de la música con impacto social

Eventos como The Concert for Bangladesh, Live Aid y Avándaro fueron la reverberancia de una generación consciente y politizada

Festival Woodstock: El primer eco de la música con impacto social | La Crónica de Hoy

Imagen del bus que quedó inmortalizado en el documental Woodstock: 3 días de paz y música (1970).

Para el mundo, 1968 fue un año decisivo: golpes como el asesinato del activista Martin Luther King y el alto índice de muertos que dejó la Guerra de Vietnam lastimaron a la humanidad, desatando un mar de movimientos sociales en defensa y protesta por lo que sucedía, provocando así, una ruptura del pensamiento tradicional en distintas sociedades.

Mientras en Estados Unidos las manifestaciones civiles denunciaban la masacre en Vietnam y exigían el cese de la guerra, así como la igualdad de derechos civiles, principalmente para la comunidad afroamericana –continuando con la labor que había iniciado Luther King desde 1955–, en Checoslovaquia se vivía un intento por la liberación política y democrática de derechos durante la Primavera de Praga, con la que el estado comunista buscaba una descentralización del poder administrativo; sin embargo, la situación se vio frenada por la Unión Soviética ese mismo año, la cual envió un millón de tropas y tanques para invadir el territorio y frenar dichas reformas.

Entre tanto, España se levantaba contra el franquismo y en México se aliaban la UNAM y el IPN, que junto a un grupo de intelectuales alzaban la voz al unísono del movimiento estudiantil. El llamado Mayo Francés llevó su movimiento izquierdista inicialmente integrado por estudiantes –en contra de la sociedad de consumo–,  a evolucionar en huelgas laborales, conformadas por obreros y sindicatos, apoyadas además por el Partido Comunista Francés.

Con una ciudadanía más involucrada y participativa que tomaba acciones respecto a las situaciones que la rodeaban, se despertó una conciencia colectiva que resonó con un fuerte eco dentro del mundo de la música, formando la llamada “canción de protesta”, que más tarde se conocería como “canción de autor”; toda una generación de autores que contribuyeron con mensajes contestatarios o pacifistas, asumiendo su postura frente a diversas causas desde su trinchera.

Casos como los de Woody Guthrie, Joan Báez, Pete Seeger, Malvina Reynolds, Bob Dylan, Violeta Parra, Víctor Jara, Alfredo Zitarrosa, Anibal Sampayo, Numa Moraes, Mercedes Sosa, César Isella, Gabino Palomares, Silvio Rodríguez, Édith Piaf, Georges Brassens y Jacques Brel, son sólo algunos de los nombres que resonaron desde distintas latitudes.

Producto de ello se inició una represión musical que provocó su censura durante varios años en las radiodifusoras. Sin embargo, contrario a lo deseado, esto provocó un mayor ímpetu por figuras que implicaban una transgresión a los sistemas políticos, normas sociales y tradiciones.

“La contracultura ofrecía una nueva forma de entender el mundo, de vivirlo y de expresarse en él, pero también de replantear conceptos tan inherentes al ser humano como el amor, la paz y la guerra”, comentó el doctor en Antropología Social por la Universidad Autónoma Metropolitana de México, Alfonso Nateras.

Personalidades como Karl Marx, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Theodor W. Adorno, Rosa Luxemburgo, Ernesto El Che Guevara o Mao Tse Tung, son sólo algunos íconos de los que las jóvenes generaciones  se apropiaron rápidamente, ávidas de romper con las estructuras familiares tradicionales, la moral que hacía del sexo un tema tabú y penalizaba la homosexualidad, así como de los roles de género que imponían a la mujer estrictas normas  laborales y financieras, como en Alemania y España, donde las mujeres no podían abrir cuentas bancarias sin la autorización previa de sus maridos.

La mezcla de posturas y el hartazgo de las nuevas generaciones ante las cuadradas formas de vida que resultaron de los conflictos bélicos –y las dictaduras–, impulsaron con mayor fuerza al movimiento que buscaba sobre todo el libre albedrío y la armonía en el mundo, el movimiento contracultural hippie.

Bajo dicho contexto, un evento masivo que prometía la exposición artística                                                                                              y el contacto con la naturaleza –al estar al aire libre–, y sobre todo, que significaba un punto de fuga que calmaría el fervor de la sangre juvenil, se convirtió en la oportunidad perfecta para todos aquellos que se sentían identificados con el pensamiento hippie. Ése fue probablemente el éxito de aquel fin de semana (del 15 al 18) de agosto de 1969, en la granja de White Lake, a 64 kilómetros al suroeste del poblado de Woodstock, en Nueva York.

“La razón por la que aún hablamos de este festival es por la pureza y la inocencia de los hippies. Todo se hizo esperando algo diferente a la guerra de Vietnam, algo fuera de la jaula. Nosotros creíamos en el despertar de los jóvenes”, declaró Carlos Santana en 2018.

Durante casi tres días, más de una treintena de presentaciones se dieron lugar en aquel “chiquero de cerdos”, como algunos humorísticamente lo han llamado.

No obstante a las posteriores ediciones que se realizaron del famoso festival, éste nunca tuvo el mismo impacto de aquella primera edición, pero sí logró causar un eco en los futuros organizadores de festivales musicales. Su carácter social fue un parteaguas importante que lo convirtió en una eficiente herramienta de colecta para apoyar a los grupos/poblaciones más vulnerables.

En 1971, George Harrison y Ravi ­Shankar, realizaron The Concert for Bangladesh (1 de agosto), el cual consistió en dos conciertos en el Madison Square Garden de Nueva York para recaudar fondos para los refugiados de Pakistán del Este, hoy en día Bangladesh, convirtiéndose en el primer concierto concretamente benéfico de la historia musical, acumulando 243.418,50 dólares para los refugiados bangladeshíes.

Ese mismo año se llevó a cabo el apodado Woodstock mexicano, el Festival Avándaro (1971) en el Estado de México: “Tras los hechos de Tlatelolco en 1968 y el Halconazo apenas unos meses antes, Avándaro reveló la moralidad autoritaria de la sociedad mexicana, pero también a un gobierno dispuesto a censurar; se cerraron revistas y se prohibió a ciertas bandas de rock presentarse en público o ser transmitidas en la radio, por ejemplo”, explicó Nateras.

Aunque personalidades como Javier Bátiz han externado que no se trató de un evento político propiamente, los medios en gran medida se encargaron de darle ese impacto, tras los discursos que algunas bandas exponían en sus letras.

Posteriormente llegó el afamado Live Aid (1985), uno de los más importantes, para el cual se realizaron dos conciertos simultáneamente en Estados Unidos e Inglaterra, con el fin de recaudar fondos para combatir la hambruna en Etiopía y Somalia.

Así han desfilado diversos conciertos con causa en todo el mundo, recientemente en México, tras los sismos del 19 de septiembre del 2017, organizaciones y músicos se unieron para ofrecer conciertos para recaudar dinero o recolectar víveres, para los damnificados.

No obstante, el impacto de estos eventos parece ir en disminución proporcional al aumento de éstos. Cada vez más festivales se suman a realizar labores benéficas, pero menos gente asiste a ellos. ¿Aún hay esperanza para otro Woodstock en la historia de los festivales?

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