Opinión


Genaro, el protegido

Genaro, el protegido | La Crónica de Hoy

Genaro García Luna estuvo lleno de amigos, de padrinos, de favores por cobrar y de contactos, unos que heredó y otros que le obligaron a tener. Fue comisionado por Vicente Fox para ir a Washington junto con Eduardo Medina Mora, entonces Secretario de Seguridad Pública, a “dar parte” del combate a los cárteles y ajustar el traspaso al gobierno de Felipe Calderón. Ahí Genaro exorcizó al poder militar, al político y al policiaco de Estados Unidos. Se hizo su aliado y podría seguirlo siendo.

Cuando regresaron a México, Medina Mora ya estaba palomeado para Procurador General de la República y García Luna como Secretario de Seguridad Pública Federal.

Siguieron al pie de la letra las consideraciones, contemplaciones, apreciaciones y sugerencias de la Embajada de Estados Unidos y el plan Mérida; los empresarios hermanos de Medina Mora, incluso proveían a militares mexicanos de equipos militares israelíes para el espionaje que recomendó EU.

Genaro, como el gran gurú de una estrategia de seguridad basada en el conocimiento y contacto con los cárteles, el control de las rutas y el manejo de los grupos delictivos que se formaban en América Central, esos “vagos” que surgían en ausencia del gran cártel colombiano. Eso vendió, eso le compró Washington.

Las fuerzas armadas odiaban a García Luna, los soldados y marinos eran el brazo operativo bajo el mando de la policía federal, quienes ponían el dinero, las armas, el cuerpo y la vida eran los militares, pero Genaro y su equipo, las medallas y el discurso.

Lo odiaban a pesar de que fue un general, Rafael Macedo de la Concha, entonces Procurador General de la República con Fox (el mismísimo que dio para adelante al juicio de desacato y procedencia contra AMLO) quien lo descubrió y encumbró cuando en el 2000 García Luna ganó una convocatoria para dirigir la Policía Federal de Investigaciones.

Lo odiaban, pero luego se conocería que era cuñado de un conocido vicealmirante de la Armada de México, Wilfrido Robledo, de extensos contactos políticos que no dudó en usar hasta que Genaro lo traicionó; eso dice él.

Lo odiaban y documentaron suficientemente sus conexiones con cárteles, sus comunicaciones y contactos, pero los militares creyeron que, con denunciarlo ante el presidente Calderón, con informar lo que García Luna operaba cuando ocupó la Federal de Investigación y los vínculos que sostenía lo eliminarían. Lo fortalecieron.

Al muy reconocido y ampliamente leal, general Tomás Ángeles Dahuajare, General divisionario, exsubsecretario de la Defensa Nacional, de poco le sirvieron décadas de ascensos, experiencia cerca del poder, como asesor, coordinador, secretario particular y muy cercano de varios secretarios de la Defensa Nacional.

Cuando denunció “al protegido”, el militar terminó en la cárcel por “sus” vínculos delictivos. Ángeles nunca midió que el manto venía de Washington, donde ya estaba inmersa hasta el hueso la idea de que los soldados de a pie eran considerados como los más corruptos, sus disidentes y traidores convertidos en zetas y algunos de sus miembros los más efectivos informantes de la delincuencia.

Con Medina Mora la opción fue sencilla, no estuvo entre la plata ni el plomo, ni entregarse o ser perseguido, ni la cárcel o la muerte, ni siquiera la devolución de recursos. Fue sólo el escándalo o la renuncia silenciosa y así, sin mayor explicación de él, ni del presidente de la Suprema Corte, ni del presidente de la República López Obrador, un día, Medina Mora, renunció y se fue.

Genaro cuenta con los mismos hilos, pero sin el cargo que escandaliza en la Suprema Corte; con los conocimientos y contactos que lo hicieron irse a vivir a Estados Unidos, donde ha podido desarrollar no sólo vínculos empresariales para su empresa de seguridad, sino relaciones con el poder político y asesorar a gobernadores fronterizos en materia de migración. El ahora detenido por el gobierno de Donald Trump sigue vinculado con demócratas y lo han subido, para bien y para mal en la campaña electoral de Trump.

Medina Mora y García Luna fueron sustantivos en la administración de Barack Obama. Sus contactos con la milicia de Estados Unidos, las fuerzas armadas estadunidenses y hasta algunos legisladores de alto nivel fueron claves para la dispersión del Plan Mérida y la de garantizar objetivos de antiterrorismo en la franja sur estadunidense.

Es una pieza utilitaria de una campaña externa que busca antihéroes. Genaro puede ayudar a Trump a golpear a los demócratas, a golpear al gobierno de Felipe Calderón, a levantar el de Andrés Manuel López Obrador, a beneficiar a los otros cárteles que luchan contra Sinaloa, a recomponer al Pacífico y el Golfo, pero difícilmente Genaro va a tener una sentencia de largo alcance en Estados Unidos.

Al estilo estadunidense podrá catafixiar su información por libertad, sus pruebas por su familia y negociará cuentas por empresas. Así funciona la protección de testigos en ese país.

Porque, de haber una verdadera persecución contra Genaro García Luna y sus operaciones, no sería el presidente López Obrador quien debió anunciar el despido y por tanto la libertad sin cargos de todos aquellos que colaboraron con García Luna, un verdadero absurdo.

No. Debió haber sido el Fiscal General, Gertz Manero, quien anunciara la petición de extradición del exfuncionario y la investigación de los dos policías más cercanos a él durante toda su carrera: Facundo Rosas Rosas, exsubsecretario y Luis Cárdenas Palomino, jefe de la mayor división de la Policía Federal, señalados en muy diversas investigaciones y respecto a los cuales, éste y otros gobiernos mexicanos no han movido un dedo.

 

 

 

Ethel Riquelme

Twitter: @ethelriq

 

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