Opinión


Grosso modo (2)

Grosso modo (2) | La Crónica de Hoy

Para decirlo de una manera sencilla, el mundo de las ideas —en referencia a ideales— es el terreno fértil y el campo de acción casi natural de las izquierdas en comparación con el pragmatismo que caracteriza a las derechas. Ello desde luego tiene ventajas y desventajas, ya que frente a la dureza de la realidad y sobre todo en cuanto a un determinado orden político, económico y social imperante e identificado como injusto, el poder de transformación pasa por la crítica de la realidad, amparada en la formulación de ideas de aspiracion de justicia e igualdad. El pensamiento de izquierda se enfoca fundamentalmente en la alteración de las condiciones estructurales prestablecidas que impiden la construcción de sociedades equitativas. Existe también su contrapartida, como la experiencia lo muestra, que ha alimentado el dogmatismo y el sectarismo de las izquierdas. Claro está que el pensamiento no es monolítico, como tampoco lo es la elección del método para perseguir dichos fines. De hecho, a lo largo de la historia esa elección ha resultado de particular importancia para la acción de las izquierdas, la diferenciación entre ellas y ante las derechas. El método revolucionario, por llamarlo así, por ejemplo, particularmente con el triunfo de la revolución bolchevique en la Rusia zarista, y que a la postre daría lugar a la conformación de la Unión Soviética (URSS), no sólo ganó adeptos ante el probado triunfo de recurrir a la vía armada en contra del orden de cosas establecido, sino que mostró a las corrientes reformistas de izquierda como tibias e ilusas en el mejor de los casos. La democracia como régimen de organización política no pasó de ser considerada una creación burguesa y contraria a la acción revolucionaria, bajo la supremacía del partido y del proletariado.

No sería sino hasta después del término de la Segunda Guerra Mundial que un tipo de izquierda menos radical, en el marco de un sistema predominantemente capitalista no obstante, dará pie a la creación del denominado Estado benefactor en ciertos países del mundo Occidental, como una especie de compromiso a medio camino entre el ideario izquierdista y la realidad capitalista preponderante. El método democrático pasó a ser de alguna manera también un mal necesario en esa parte del mundo, en permanente contraste con el modelo de lo que ahora se le denomina socialismo real, y que definió en las décadas subsiguientes hasta el final del siglo XX, el antagonismo bipolar de la Guerra Fría.

El colapso de la URSS y del socialismo real, al lado del fin de la bipolaridad mundial y la propagación de la ola democrática en distintas regiones, las fuertes crisis del capitalismo global de los años setenta y ochenta, y con ello el surgimiento y consolidación del neoliberalismo, supuso un coctel explosivo para las diferentes fórmulas de izquierda en el mundo, al poner en jaque su legitimidad y credibilidad, pero también al dejarlas sin referentes y prácticamente descobijadas en sus ideales. Poco más puede decirse del modelo de Estado de bienestar que comenzó a ceder terreno ante el avance de las recetas neoliberales y de una globalización que exigía la presencia reducida al máximo posible del Estado en favor de una libertad de mercado exacerbada. Las izquierdas entraron en una fase de extravío moral.

De manera interesante, en otras regiones, una buena dosis de la recuperación de la vigencia de las izquierdas vino a suceder ya en pleno siglo XXI, en países como Brasil con Lula da Silva —a pesar del dramatismo de su situación política actual— y más recientemente con AMLO en México, en donde la izquierda por la vía electoral ha venido con nuevos ánimos a recobrar el ideario para la búsqueda de la igualdad, el desarrollo y la erradicación de la pobreza. Su gobierno está todavía en una etapa inicial que impide formar un juicio de certezas sobre su éxito o fracaso futuro. El paso del tiempo hará posible apreciar si la apuesta es exitosa para el país y también para fungir como un referente internacional en el pensamiento de izquierda.

María Snegovaya y Sheri Berman sugieren que uno de los principales errores de las izquierdas contemporáneas es dedicar poco o nulo pensamiento estratégico a la naturaleza cambiante del capitalismo desde las últimas décadas del siglo XX, particularmente porque ello ha implicado, entre otros fenómenos, la transformación de su perfil histórico, incluyendo su identidad, enraizada en su reacción en contra del capitalismo. Para estas autoras, el éxito de la izquierda, al menos en Europa occidental, después de 1945 fue su prédica de que el Estado democrático podía atemperar e incluso eliminar las consecuencias más negativas del capitalismo, al tiempo de promover crecimiento e igualdad. Sin embargo, al abandonar esa visión, la izquierda se posicionó frágilmente para capturar el resentimiento y la inconformidad que se materializó cuando el debilitamiento del orden socio-democrático de la postguerra produjo su inevitable caída: la dramática inequidad económica y la inseguridad, así como la inmensa ruptura social. La crisis financiera de 2008 agravó dichas tendencias, agudizando la frustración popular con el neoliberalismo, las elites y los partidos políticos que lo arroparon. (“Populism and the Decline of Social Democracy”, Journal of Democracy, Vol. 30, No. 3, julio 2019, pp. 5-19)

De pasada recordar que en anteriores colaboraciones hemos hablado del fracaso de la nueva izquierda que en Grecia encarnó Zyriza, al acabar emulando a la derecha y de cómo los electores optaron por elegir a los “originales” y no a su copia.

Merece la pena seguir comentando el tema.

 

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