Opinión


Grosso modo (4) De encuentros y desencuentros

Grosso modo (4) De encuentros y desencuentros  | La Crónica de Hoy

A iniciativa de los sindicalistas británicos de realizar un congreso obrero en el marco del centenario de la Revolución francesa, 14 de julio de 1889 se realizó el Congreso de París, en el que se fundó la Segunda Internacional. Con el liderazgo de los socialdemócratas alemanes, se aglutinó con enormes dificultades a veteranos de lucha obrera y nuevos adeptos de varios países europeos, además de Estados Unidos, Australia y Nueva Zelandia—grupos y organizaciones con importantes diferencias y rivalidades como los reformistas partidarios de la lucha por las mejoras “posibles”, los revolucionarios, considerados marxistas, los Blanquistas y los anarquistas, entre otros.

El entusiasmo de los participantes se resumió en la fórmula: para una nueva época, una nueva internacional. Elvira Concheiro recuerda que la Segunda Internacional tuvo como antecedentes inmediatos el experimento de la Comuna de París en 1871 y el sentimiento de pánico que ello propagó entre las clases gobernantes y conservadoras europeas, así como el surgimiento del imperialismo y la democracia como un fenómeno político de masas con la ampliación del voto en algunos países. En ese foro, se aprobaron resoluciones centrales para el futuro de las izquierdas como la jornada laboral de ocho horas; la huelga como medio de lucha obrera, mejoras en las condiciones de trabajo, militancia contra el militarismo de la época y en favor del sufragio universal, así como por la participación en elecciones parlamentarias. También fue un parteaguas para la organización política, pues la mayoría de los partidos integrantes proclamaron la teoría de Marx dando lugar a que el marxismo se convirtiera progresivamente en un movimiento de masas. (“La fundación de la Segunda Internacional”, Perfil de La Jornada, 14julio1989)

En sus 25 años de existencia, la Segunda Internacional además de difundir la obra teórica y política de Marx y Engels, produjo importantes dirigentes como Rosa Luxemburgo, Lenin, Lukacs y Gramsci, entre otros. En agosto de 1914, con el inicio de la primera guerra mundial “el mundo pudo constatar que la unidad socialista… no sólo no se había alcanzado, sino que una nueva división de alcance histórico se había producido. La decisión, por una parte, de la mayoría de los partidos socialdemócratas, con los alemanes a la cabeza, de apoyar a sus respectivos gobiernos en la contienda imperialista y, por la otra, la conformación de un bloque revolucionario encabezado por Lenin señalaría el dramático fin de la Segunda Internacional. La polarización, producto de un mundo en guerra del cual nacería la primera revolución obrera triunfante, llevó a que los términos de la separación entre socialistas y comunistas barriera con toda una experiencia que, sin duda, les era común.” (Concheiro, 1989) Cabe recordar que los anarquistas ya habían sido expulsados de las filas de la Segunda Internacional en 1896. En 1919 nace la Internacional Comunista y en 1923 la Internacional Obrera y Socialista.

En las siguientes décadas la historia seguiría su curso por otros derroteros si bien estas divisiones esenciales permanecieron. Para la autora citada, la escisión del movimiento obrero se trasladaría paulatinamente al resto del mundo. En América Latina y Asia las mismas rivalidades y desacuerdos entre socialistas y comunistas europeos asumirían formas particulares dentro de un mismo contenido internacional.

Antes de que finalizara el siglo XX, la desaparición de la Unión Soviética supuso entre otros fenómenos, el colapso de la teoría y práctica marxista y del llamado socialismo real, lo cual vino aparejado del auge del mercado libre, y se promovió con vigor la ficción de que la democracia era su par. Para el profesor Dino Cofrancesco, por ejemplo, la desacralización del marxismo-leninismo acabó para siempre con la lectura maniquea de la oposición derecha-izquierda, si bien resulta evidente que numerosos problemas planteados por las izquierdas a lo largo de la historia permanecen sin solución real hasta nuestros tiempos, entre otros la enorme desigualdad y la concentración de la riqueza. En línea con ello, el maestro Norberto Bobbio sugiere considerar las ideas de igualdad y libertad para distinguir entre derechas e izquierdas, así como entre moderados y extremistas. La diferente actitud que las dos partes muestran sistemáticamente frente a la idea de igualdad marca claramente sus diferencias. No es ciencia oculta.

Regresaremos al tema.

 

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