Opinión


Hacia una ética para la transformación

Hacia una ética para la transformación | La Crónica de Hoy

Los grandes movimientos sociales trascienden cuando sus causas son tan profundas que no alcanza una generación para atenderlas. Construir una nación libre y soberana, desmontar un sistema racista y discriminatorio, lograr un sistema económico más justo y equitativo, son algunas de las luchas que emprendieron generaciones de personas; muchas, no tuvieron la posibilidad de ver la realización de sus ideales mientras algunos lograron trascender sus fronteras y su tiempo.

Por ello, para que algunos proyectos mantengan su vigencia y se consoliden, requieren enraizar en la sociedad, asimilarse y repetirse como válidos, con la certidumbre de que al poner en práctica sus principios y valores alcanzaremos la felicidad, el éxito, el triunfo de nuestros sueños.

Uno de estos procesos emblemáticos es sin duda la destrucción del estado absoluto y el nacimiento de la república, de súbditos a ciudadanos, de vasallos a pueblo soberano. El liberalismo se convirtió en una de las grandes fuerzas transformadoras que impulsó la creación de estados nacionales en todo el planeta y con ello fueron apareciendo nuevos ideales como el progreso, la capacidad de dominar la naturaleza para beneficio de la humanidad y las identidades nacionalistas con sus expresiones en la música, el arte, la política.

En las décadas recientes, un movimiento económico de dimensiones globales promovió modificaciones estructurales en el mundo que vivíamos y con la apertura de mercados, cayeron fronteras reales, legales e imaginarias. Con la globalización llegaron también nuevas visiones, valores acordes con las nuevas circunstancias y pensadores contemporáneos nos hablaron de cómo “lo sólido se desvanece en el aire” y lo que parecía inamovible se hacía añicos. La modernidad dejo de ser un punto al que arribaríamos juntos como la vieja idea del progreso, ahora estaba al alcance de todos pero un estado”líquido” como dijera Zygmunt Bauman y sólo es asequible por instantes y de acuerdo con tu capacidad de contenerla.

En este mundo unipolar proliferaron las ideas de la inmediatez, del aquí y el ahora, nada de futuro, nada colectivo, todo ajustado a la medida de cada individuo, de sus voluntades y capacidades. No es malo por sí mismo, pero sí creo que desarrolló efectos no deseados y afectó profundamente las relaciones sociales preexistentes al grado de que tenemos un tipo de sociedad distinta en la que la falta de cohesión social se ha convertido en una tarea necesaria para el desarrollo.

En esta realidad se debilitó la presencia del Estado y del derecho. Las instituciones fueron cada vez más vulnerables, primero por no cumplir con las responsabilidades ­para las que fueron creadas; después dejaron de ser del interés de sus propios integrantes  y la simulación se fue apoderando de las prácticas cotidianas, y todos empe­zamos a aceptarlas como cómplices de la decadencia.

Nuestro sistemas de salud, educación y seguridad son un ejemplo. Todo empezó por priorizar el pago de la deuda a los bancos internacionales, así que no hubo incremento en el gasto social en esos temas. Los hospitales públicos empezaron a caer en el abandono al igual que las escuelas, los cuerpos policiacos y  la procuración de justicia.

Los ciudadanos empezaron a optar por servicios privados, a prever gastos adicionales para médicos y medicamentos, cuotas mensuales e inscripciones, así como alarmas, seguros, cierre de calles y vigilantes. Quienes no podían sufragar los gastos se agregaban a las mayorías menesterosas que esperan por meses para una consulta o una operación; pocas horas de educación y víctimas recurrentes de la delincuencia en el espacio público. Los servidores públicos también empezaron a caer en el desánimo y se hicieron a la nueva manera de la simulación, por falta de personal, medicamentos e instalaciones doctores y enfermeras perdieron parte del trato humano con los pacientes. Los maestros asumieron que cuando hacían paros, se compensaba la educación de los niños luchando en las calles por mejores salarios, la mayoría de nosotros nos fuimos concentrado cada vez más en nuestros intereses, en la preocupación de uno mismo y sólo en casos de riesgo o amenaza, momentáneamente, del colectivo.

Situaciones como las recientes olas de migrantes centroamericanos nos hacen recordar lo que hicieron por décadas millones de mexicanos hacia Estados Unidos. Tragedias como la de Hidalgo por el robo de combustible me traen a la memoria las repetidas explosiones de fuegos artificiales en Tulpetlac y hay una línea de conducta similar, una ausencia absoluta de corresponsabilidad entre los individuos y una debilidad institucional del estado que sea respetada por lo ciudadanos.

Si queremos una cuarta transformación necesitamos reconstruir una ética común que permita la convivencia pacífica y respetuosa de las personas y las instituciones. Necesitamos poner al centro un nuevo humanismo que tenga como punto de partida los derechos humanos, culturales, sociales económicos y ambientales con una enorme dosis de socialización y educación para paz.

 

(Continuará)

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