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Historia de una censura fracasada, o de cómo la Inquisición nada pudo contra bailes, versos y libros

Si hay un gran fracaso en la historia de las instituciones que funcionaron en la Nueva España durante los tres siglos de Virreinato, fue el del Tribunal del Santo Oficio, cuando amplió su radio de acción y, en vez de ocuparse únicamente de delitos contra la fe, decidió que también tenía que intentar controlar lo que los habitantes de estas tierras leían, cantaban y hasta bailaban

Índice de libros prohibidos por el Papa Benedicto XIV
Índice de libros prohibidos por el Papa Benedicto XIV Índice de libros prohibidos por el Papa Benedicto XIV (La Crónica de Hoy)

Poca visión, le llamaríamos hoy día. Los cuidadosos archivistas del Tribunal del Santo Oficio, que funcionó en estas tierras durante 249 años, jamás se dieron cuenta de la trampa que el destino les ponía cada vez que enviaban a su archivo un texto que, consideraban, perturbaba las conciencias de los buenos cristianos. Nunca se percataron de que los papeles y los libros que ellos censuraban tendrían una vida más larga, e incluso una sorprendente resurrección.

Porque, si bien es cierto que desde su establecimiento, en 1571, la Inquisición de la Nueva España juzgó y castigó herejes, brujos y judaizantes, también sabemos que después intentó, infructuosamente,  dominar  muchos ámbitos de la vida cotidiana de los habitantes del reino. En ese segundo encargo, que cobró importancia a medida que la América española se contagiaba con el espíritu crítico de la Ilustración y se enteraba del alcance de la Revolución francesa, simplemente fracasó, porque la naturaleza humana fue más poderosa; porque los contrabandistas de libros y papeles fueron más eficaces, porque, a fin de cuentas, nada es más poderoso y nada apela tanto al ingenio de los hombres como el empeño en ceder a la tentación de lo prohibido.

 En el caso de impresos, la tarea consistía en examinar y dictaminar sobre las obras publicadas, de los más variados géneros. El resultado de ese dictamen y la relación de las obras prohibidas se daban a conocer por medio de edictos, avisos de gran formato, y muy detallados, que solían pegarse en las puertas de los templos, para que todo mundo se enterase de la prohibición.

Uno de los grandes instrumentos de este tipo de censura era el famoso Index o Índice, catálogo de obras prohibidas por la Iglesia católica, cuya institución se remontaba al Concilio de Trento. La primera de las muchas ediciones del Index se publicó en Venecia en 1564. Naturalmente, la Inquisición española trabajaba con las traducciones respectivas, enriquecidas con lo que los tribunales de la América Española recolectaban en los territorios de su jurisdicción.

El mecanismo demostró ser contradictorio e ineficiente: los edictos eran tan precisos en cuanto a lo que se censuraba, por qué, en qué páginas, cuáles párrafos y hasta en cuáles renglones, que solamente generaban una gran expectación y una formidable publicidad hacia las obras prohibidas. Quienes podían, porque fuesen funcionarios de alto nivel o poderosos, se conseguían permisos para leer los papeles prohibidos, argumentando excusas diversas. Ese celo burocrático por hacer las cosas bien, llevaba consigo el antídoto al intento de censura: eran el veneno y el contraveneno en un solo pliego de papel.

Por ejemplo, en 1798, Fray José Ignacio Troncoso, franciscano de Puebla, fue sentenciado a 10 años de enclaustramiento en diversos conventos, porque le hallaron apasionadas cuartetas dirigidas a la mujer que amaba: una religiosa poblana: “No lloréis, hermosos ojos / no lloréis que os hacéis mal /es lástima que dos soles / queden turbios con llorar.” La falta de vocación religiosa era un problema real en la Nueva España y encontraba en la poesía una válvula de escape. Alguna otra cuarteta decomisada a otro fraile coincide en apasionamiento: “Si no me quieres volver /¡ay, desdichado de mí! / Cómo he de decir a Dios /que el alma la tenéis vos / cuando Él me la pida a mí”.

Los bailes que se consideraban “escandalosos”, usualmente se prohibían porque en los pasos se incluían “tocamientos deshonestos”. Fandangos y jarabes, en los cuales los danzarines se tocaban o abrazaban estrechamente, eran proscritos. Algunos, con alusiones claramente sexuales, como el “Jarabe Gatuno” que imitaba el encuentro amoroso de dos felinos —con todo y maullidos— era uno de los peor vistos por la buena sociedad novohispana.

El “Pan de Jarabe”, censurado por su letra, se refería al inminente encuentro sexual entre un “chino” (una de las numerosas castas novohispanas” y su amante: “Esta noche he de pasear /con la amada prenda mía / y nos tenemos que holgar / hasta que Jesús se ría”.

Pero no se crea que todas las obras prohibidas remitían al erotismo. Podían referirse a cuestiones políticas o ideológicas. En el siglo XVIII, una obra de teatro, una “comedia” titulada El Negro Sensible fue prohibida por contener ideas y “proposiciones acerca de la igualdad de todos los hombres”. En una sociedad estratificada por el color de piel, la obrita resultaba más que subversiva.

“El Chuchumbé” durmió siglos en los archivos inquisitoriales. En los años 90 del siglo pasado, la agrupación Nesh-Kala lo rescató e hizo en 1995 una primera grabación. En 2008, Guillermo Zapata, El Caudillo del Son, lo convirtió en movidísimo son al estilo cubano. En 2010, Susana Harp rescató en otra grabación una de las variantes del canto. Una cuarta versión, probablemente muy parecida a como debió sonar hace 250 años, se grabó para la película de Antonio Serrano Hidalgo, la Historia Jamás Contada. Pese a todo, sigue siendo un éxito.

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