Opinión


Hombres extraordinarios 

Hombres extraordinarios  | La Crónica de Hoy

(me refiero, como siempre ha sido y será, a la especie humana)

Estoy a favor de la verdad, la diga quien la diga. 

                                                       Estoy a favor de la justicia, a favor o en contra de quien sea.

Malcolm X  

 

En esta interminable escuela llamada vida, he ido aprendiendo y sigo en ello, que nada es bueno ni malo en sí mismo. Ni todo lo que brilla es oro, ni todo lo opaco carece de valor. No todo aquél quien te hunde en el fango es tu enemigo ni quien te ayuda a salir merece tu confianza. Si esto no resulta tan claro, quizás este pequeño relato sirva. Una noche de frío invierno, un pequeño gorrión que se encontraba a merced del inclemente tiempo, cayó de la copa de un árbol al aún más frío suelo que bajo él yacía. Desesperado por sus circunstancias y su eventual muerte, comenzó a piar buscando ayuda que poco más tarde llegó encarnada en una vaca que por allí pasaba. Como no queriendo la cosa, la vaca defecó sobre el ave. Aunque sucio, el gorrión estaba calientito y la porquería de la vaca le había sumado tiempo al reloj de su existencia. Al poco rato, un zorro descubrió al gorrioncillo, con sus garras apartó el excremento tanto como pudo el cuerpo del ave y después se lo comió.

 

Unos por casualidad y otros por decisión. En “Crimen y castigo”, Dostoievski narra, por un lado, una idea que, aunque con variantes, ha permeado en la psique del hombre durante siglos. Me refiero a una concepción mental grandiosa, excepcional, extraordinaria que ciertos hombres tienen de sí mismos. Una especie de superioridad, de designio divino como salvadores o de unción como magníficos gobernantes. Por el otro lado, tenemos la idea del castigo, pero no aquél que nos impone otro ser o el Derecho, sino el que personalmente se padece por condena propia, no sujeto a temporalidad alguna, a amnistía ni indulto. Se trata, en este caso, del sufrimiento de Raskolnikof, el personaje principal de la obra, hundido en su agonía moral y tormento que le produce la culpa que lo corroe por haber causado muertes humanas aún cuando las racionaliza y justifica. Así como él, casos multiplicados por millones de justicia personal, en los que ni el origen o causas de la falta se conocen a plenitud, como a veces tampoco el sentido de la decisión judicial se comprende; ocasiones en las que la sanción corporal no llega, las masas no encuentran regocijo por una supuesta falta de castigo, pero el flagelo personal existe y no cesa.

 

En algunos de esos diálogos, Dostoievski plasma a estos hombres extraordinarios como titulares de “derechos” no reconocidos oficialmente, para saltarse la aplicación de determinadas normas, cuando tal medida sea necesaria para la consumación de sus ideas sabias y superiores, lo que le permite incluso la comisión de delitos o crímenes que son en realidad relativos y de gravedad variable porque persiguen el fin justo que el hombre extraordinario se ha fijado.

 

La justicia no se administra ni se imparte, si acaso se procura y esto es así porque el concepto o idea de justicia es personal, una percepción, decisión o una virtud individual, inalienable, intransferible y a veces incomprensible o imperceptible para la otredad. Surge así un mecanismo terrenal llamado Derecho que no es más que una minúscula herramienta para intentar hacer lo correcto. Muchísimas veces útil y altamente efectivo, aunque desgraciadamente incapaz de cumplir siempre con las expectativas. Creer que con leyes se resuelven problemas, se corrigen vicios personales o institucionales, se previenen injusticias y se castigan atrocidades, es vivir creyendo que todos quienes participan en su confección y todos a quienes se dirigen son hombres extraordinarios.

 

Somos una sociedad global conformada por millones de personas ordinarias, con problemas cotidianos, necesidades mundanas. Mujeres, hombres, niñas y niños somos, aún así, capaces de hacer cosas extraordinarias, incluso increíbles, pero no desde esta connotación perversa con que Raskolnikof se concibe a sí mismo, sino con una mucho más simple en la que los pequeños actos humanos diarios, a veces anónimos, desinteresados, sin reflectores, son los que definen la grandeza y esencia del ser.

 

 

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