Opinión


Homo risus

Homo risus | La Crónica de Hoy

Este cuento veraniego apareció impreso por segunda ocasión en formato papel dentro de la antología de Ulises Paniagua La fiereza de lo amado, estoy agradecido con las observaciones de mi buen amigo que merecen una pequeña apostilla. Pero antes el cuento:

 

1

Cristina, recurro a ti porque necesito una abogada discreta: me quiero divorciar. Desde este lado de la página puedo adivinar tu desconcierto porque apenas hace un par de meses acudiste a nuestra boda. No te confundas. Aída y yo somos felices. Pero hay ciertos casos, y el mío es de ésos, en los que la felicidad puede conducir a la tragedia.

Tú sabes que conocí a mi mujer en un viaje relámpago que hice a Buenos Aires. Salimos un par de noches para gestionar negocios entre nuestras respectivas compañías. Simpatizamos desde la primera cena. Más tarde te hablaré de algunas razones bioquímicas, pues ignoro si nuestras leyes las registran como causal de divorcio. El hecho fue que nos reímos mucho y la risa, queridísima Cristina (en tiempos en los que la melancolía, además de estar de moda, forma parte de la estrategia para seducir a quién te gusta), es un valioso instrumento por el potencial insurrecto que encierra entre sus notas; porque un hombre y una mujer que ríen, brillan y desafían al resignado con la pulimentada armadura de sus dientes blancos.

La tercera noche nos vimos en un restaurante porteño que me recomendó. Era nuestra despedida, porque al día siguiente regresaría a México. A la segunda botella de vino decidí no hacerlo sin ella, y le propuse matrimonio. Se trató de una locura, pero ¿qué amor que se precie de serlo se alimenta de la sensatez?

Estamos hablando, en estricto orden cronológico, de hace sesenta y cinco días. El ímpetu de nuestra pasión se articuló con el tiempo y las viejas costumbres. En otras palabras, dada la premura con la que se efectuaría nuestra boda, la causalidad nos colocó en la ruta de la tradición conservadora: haríamos el amor después de casarnos, en nuestro viaje de novios.

Los cinco primeros días que Aída estuvo en nuestro país, los pasó en casa de una tía suya, refugiada de la dictadura militar, que la acompañó a realizar todos los trámites necesarios para que tú, al sexto, le pudieras explicar los derechos civiles de los que gozaríamos al conformarnos como pareja bajo el régimen de separación de bienes. Horas después, nos casó el juez.

Recordarás la ceremonia: sencilla, con los familiares y amigos más íntimos. Luego ofrecimos una pequeña recepción. La fiesta prosiguió, pero Aída y yo tomamos un taxi que nos condujo al aeropuerto. Una extraña tarde despejada me permitió mostrarle a Aída el esplendor de nuestros volcanes. Recuerdo que quedó muy complacida con las voluptuosas formas níveas de la mujer dormida. Nos perdimos en el sueño hasta que la voz de la azafata anunció nuestro destino: Jamaica.

Tan pronto llegamos a la habitación, solicitamos una botella de ron y bebimos un par de tragos en el balcón. Aída se excusó y sacó ropa íntima de la maleta. Después de una cuidadosa selección, pidió mi opinión a propósito de un par de prendas negras. Entró a cambiarse al vestidor mientras yo me desnudé, puse cerrojo a la puerta corrediza del balcón y me deslicé bajo las sábanas.

Cristina, te hablaré con la franqueza que nos da una amistad a prueba de años: mi mujer tiene un cuerpo bellísimo. Sin embargo, estaba escrito que no me estaría permitida la cópula con ella. Convenimos la media luz de una lámpara de noche porque las sombras y tonalidades que proyectaba nos parecieron sugerentes. Le desabroché la bata con deseo y besé sus labios frutales. Hasta ahí llegué.

 

2

Presta ahora atención al drama de mi vida: tan pronto quise besarle el cuello, una risa incontenible se apoderó de ella. Supusimos que podía ser nerviosismo, ansiedad de enamorados. Pero cuando traté de hacerlo por segunda ocasión, las contracciones regresaron al grado de que parecía haber sido presa de un ataque de epilepsia. Ni tiempo me dio de enfadarme. Minutos después, apenada y con lágrimas en los ojos causadas por la risa, —y acaso por un sexto sentido que le permitió presentir el drama venidero— me dijo que intentaría besarme. El efecto fue mucho peor. Un hormigueo terrible me estremeció y mi garganta explotó como una bomba. La contagié.

Cuando después de muchos esfuerzos conseguíamos relajarnos, convenimos en que alguno de los dos debía, por el bien de nuestro amor, darse a la tarea de besar partes del cuerpo del otro para vencer el cosquilleo. La lucha resultó inútil. Una y otra vez fuimos presa de las más estentóreas carcajadas. Alrededor de las cinco de la madrugada, la tragedia arrojó un informe demoledor: con excepción de los labios la mayoría de las zonas erógenas, incluidos nuestros órganos reproductores, eran incapaces de soportar el tacto del otro sin estremecerse hasta el jolgorio que tenía la virtud o la desgracia de ser indefectiblemente contagioso.

Las olas rompían en los acantilados, mientras nosotros, agobiados y risueños, nos dormimos tomados de la mano porque fundidos en un abrazo, como corresponde a una pareja de enamorados, resultaba imposible.

Pedimos desayuno a la habitación.

Serían alrededor de las once y media, mientras mordía mi tostada con mermelada, cuando Aída me dijo:

—Hoy por la noche nos acabamos la botella de ron antes de intentarlo de nuevo. —y agregó con temor— estoy preocupada, che.

Tras el desayuno, pasamos tumbados sobre los camastros ocho largas horas que alternamos con comida y zambullidas en el mar. El bikini, mejor dicho, el cuerpo de mi mujer atrajo miradas imprudentes que son molestas porque no disimulan; y discretas, que son las peores porque forman parte de los velos de la envidia.

Pero el mar, licenciada, además de resultar el escenario idóneo para reunir a toda la gama de curiosos que agrupa el género humano, es premonitorio. Aunque todavía no era del todo consciente de la desgracia que se avecinaba, concluí, en ese ir y venir balsámico, en esas miradas que escudriñaban intuyendo mi tragedia y quizá regocijándose de la misma, que si Dios había dispuesto que me estaría negado ejercer el tacto en mi esposa, sus razones tendría y contravenir su mandato me colocaba en la difícil posición del jugador de fuego.

Esa noche, Aída y yo intentamos jugar por segunda ocasión con fuego. Lo cierto es que el exceso de ron apenas logró sosegar las partes del cuerpo donde se producían las cosquillas. Éstas de cualquier manera se presentaron con dos agravantes adicionales: debido a la abundancia etílica inhabilitamos nuestra libido, y la risa encontró pretexto para estallar no sólo por nuestros torpes devaneos sensoriales, sino por la incoherente conversación sostenida entre un par de amantes alcoholizados. Agrega a la lista otra circunstancia de la casi me olvido: los gestos beodos. ¿Puedes imaginar la risa que me producía ver la cara de mi mujer, al borde de un paro respiratorio, por las descaradas y cínicas carcajadas que yo a mi vez le provocaba?

Me despertó una jaqueca a las ocho de la mañana. Me duché, le avisé a Aída que bajaría a la administración por un par de analgésicos, y al regresar a nuestro lecho la encontré llorando bocabajo.

 

3

Suspendimos la luna de miel. En la Ciudad de México nos sometimos a toda clase de tratamientos. Consultamos magos, curanderas, astrólogos, sacerdotes, dermatólogos, psiquiatras y psicoanalistas. Pronto descubrimos que los especialistas, sin importar la procedencia de su escuela —empírica o científica— establecieron un patrón para acercarse a nuestro padecimiento: primero lo tomaban con incredulidad, después con sorpresa y finalmente con desasosiego.

Un psiquiatra que parecía muy interesado en el caso, nos pidió que expusiéramos los pródromos de nuestra afección frente a un grupo multidisciplinario de colegas suyos. Al principio nos rehusamos indignados, pero su insistencia y la esperanza de que entre varios expertos uno de ellos diera en el clavo, nos convencieron del audaz experimento. Para no sentirnos incómodos, establecí como condición que se realizara en nuestra casa. Uno a uno, o en grupos de dos o tres, fueron llegando los galenos, ocupando el espacio del comedor y la sala. Tuve que traer sillas de la cocina y del jardín para que todos pudieran presenciar el examen con comodidad. Sacaron libretas, grabadoras y cámaras de video. Aída y yo nos sentamos en un love seat frente a la concurrencia. Un par de enfermeras nos colocaron electrodos por todo el cuerpo, provenientes de un polígrafo y una computadora portátil. En el momento en el que nuestro médico dio la orden, nos acariciamos con el previsible resultado envuelto ahora por un halo de murmullos. Si lográbamos aplacar las carcajadas, alguno de ellos nos pedía que nos volviésemos a tocar.

Me parece que llevábamos como veinte minutos así cuando se desataron las carrasperas nerviosas. Acto seguido, una de las enfermeras dejó escapar una risilla que contagió a su compañera. Gran impudicia, pero mejores pulmones, los de la segunda enfermera. Sin recato alguno, dejó escapar una carcajada que clamaba libertad tras las rejas de su bocaza, abierta en el acto como la de un animal salvaje. La mayoría de los especialistas pasó de la tos a la risa en un proceso que Aída y yo conocíamos de sobra. Tardé como cinco minutos en calmarme. Muchos médicos reían todavía, cuando no pude más y expulsé a todos de mi casa acompañados de un corrido de palabras poco amistosas. No volvimos a regresar con ese psiquiatra. El experimento, sin embargo, rindió frutos de una manera inesperada.

Se me acercó una mujer, muy seria, dermatóloga ella, y de las pocas en no reírse de nuestra desgracia.

—Si ustedes gustan vayan mañana a mi consultorio. —dijo mientras sacaba una tarjeta de su bolsa —Tal vez pueda ayudarlos.

 

4

Acudí solo porque Aída ya se había dado por vencida. Con un tono maternal, la doctora me dijo que conocía nuestro expediente, y que después de haber presenciado lo de ayer consideraba su obligación decirme que teníamos pocas probabilidades de sanar.

—Su caso es único —dijo muy seria —los estarán utilizando como lo hicieron ayer o de maneras parecidas e igualmente ridículas y denigrantes para dejar toda clase de registros científicos. Publicarán artículos a sus costillas, darán entrevistas, encontrarán similitudes de su padecimiento con otros experimentos practicados tal vez en simios o lemures que están de moda, pero nadie podrá garantizarles una terapia que los saque adelante, y quien lo haga les estará mintiendo.

—Perdón, doctora —interrumpí—, y ¿qué debo hacer?

—Separarse, rehacer su vida.

—¿Y para eso me hizo venir hasta aquí?

—Podía habérselo dicho ayer pero me pareció poco oportuno.

Ha pasado una semana y no dejo de sentirme muy agradecido con la franqueza de aquella dermatóloga ejemplar. Mañana encararé el problema con Aída, y tengo la certeza de que estará de acuerdo conmigo.

Te lo digo porque ayer que llegué a casa antes de lo previsto, fui testigo de un hecho que me dio pauta para escribirte esta carta, querida Cristina. Después de quitarme el saco y la corbata, me asomé, como suelo hacerlo, por la ventana que da hacia el jardín. Tengo la certeza de que Aída no se dio cuenta de mi llegada porque de lo contrario no hubiera actuado como lo hizo. Se desabotonó la blusa y se quitó el sostén frente a Javier, el jardinero. Dos senos firmes y preciosos saltaron a la vista del empleado. Supongo que le pidió que se los tocara porque los guantes de hule volaron por los aires. Un par de manos rudimentarias palparon con torpeza los pechos de Aída. Minutos después, vi cómo Javier se inclinaba para besarlos. No sentí celos, porque el rostro de ella no revelaba ninguna exaltación y yo sabía que se trataba de un experimento rigurosamente científico. Una vez que comprobó la cruel verdad, apartó con violencia al jardinero. Sólo había una persona en el mundo para la que su cuerpo estaba proscrito: el ser amado. Mi mujer jamás sabrá que desde nuestra habitación compartí su terrible descubrimiento con lágrimas en los ojos.

Antes de escribir estas líneas, de las que te pido la más absoluta discreción, me permití realizar un experimento similar con la secretaria de mi socio con quien tuve una aventura el año pasado. Debo confesarte que alcancé los mismos resultados que mi esposa.

En fin, licenciada, aunque Aída y yo luchamos como dos guerreros por nuestro amor, fracasamos. Nos venció el veneno de la desesperanza en el que flotan las blandengues masas de los enamorados de hoy. Firmaremos el acta de divorcio y le entraremos al chocante mercado del sufrimiento; único donde parece haber futuro asegurado para la pasión.

 

* * *

Letras al pie

Ulises Paniagua me hizo sutiles pero importantes sugerencias para la segunda publicación del relato precedente. Me sugirió limar algunas asperezas con pocos cambios. Su buen ojo de escritor, y su talento poético, redundaron en excelentes observaciones editoriales. El trabajo que ilustra mi cuento lo saqué de un acrílico que le compré a mi talentoso amigo Peter Sáxer.

 

 

 

 

 


 

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