Opinión


Incertidumbre e incomodidad: los retos y problemas de un viajero en el siglo XIX

Incertidumbre e incomodidad: los retos y problemas de un viajero en el siglo XIX | La Crónica de Hoy

Las diligencias solían partir de madrugada, cuando aún estaba oscuro. Mientras la ciudad de México dormía, las carreras y los gritos resonaban en el Callejón de Dolores. Allí se encontraba una de las sedes de la Casa de las Diligencias; de ahí partían todos los que, desde la capital, tuvieran necesidad de moverse a algún punto del país. Tuvieran las razones que tuvieran para viajar, quienes se veían en la necesidad de hacerlo hacían acopio de paciencia y de valor. La aventura comenzaba desde el momento mismo en que, si se marchaba hacia Veracruz, la diligencia agarraba camino, por la calle del Coliseo —hoy Bolívar— para enfilar al oriente, rumbo a la garita de San Lázaro, y, si el destino era algún punto del interior del territorio nacional, el vehículo arrancaría, también por la calle del Coliseo hacia el norte, hacia la garita de Peralvillo. Así empezaba la empresa, mayor para el ciudadano común y corriente; mayor por donde se le vea, que significaba emprender un viaje en el México del siglo XIX.

El Callejón de Dolores no era la única base de las diligencias. Había otros puntos donde se contrataba el pasaje para trasladarse a alguno de los muchos pueblos cercanos a la ciudad de México: en el Portal de Mercaderes salían las que iban a la Villa de Guadalupe, y del Colegio de Niñas —hoy Venustiano Carranza y Bolívar— partían hacia San Ángel y Coyoacán.  Para ir a Churubusco o a Tlalpan, debía acudirse a la calle de San Agustín —hoy Isabel la Católica— y, en una calle ya desaparecida, la Cerrada de Jesús, que estuvo donde hoy es 20 de Noviembre, se encontraba la base de las diligencias que cada mañana salían a Cuautitlán.

Tres días duraba el trayecto hacia Veracruz, uno de los destinos más solicitados: el puerto era, desde su fundación, la ventana que miraba a Europa y esa circunstancia le confería una gran importancia comercial. Eso explica que todos los días, con excepción de los sábados, partieran diligencias hacia allá. Otros viajes eran menos socorridos, y los trayectos más largos: viajar a Tepic, en diligencia, tomaba 9 días, incluyendo uno de descanso —el domingo— en el que el cochero y los pasajeros descansaban del traqueteo del viaje.

Ese día adicional le caía como bendición a los viajantes: cualquier trayecto estaba lleno de incomodidades, y de molestias. Las paradas estaban bastante establecidas, y la clientela de la Casa de las Diligencias sabía a qué atenerse: si, por ejemplo, se deseaba ir a Lagos, en Jalisco,  el viaje era más o menos así, según indica el Manual del Viajero escrito por Marcos Arróniz: partir de la capital a las 4 de la mañana, hacer alto para almorzar en Tepeji del Río, y, hacia las cinco de la tarde, llegar a Arroyozarco. Los viajeros dormirían ahí, y, otra vez a las 4 de la madrugada, reanudarían el viaje. Pararían para almorzar en San Juan del Río, y a las tres de la tarde estarían entrando en Querétaro. Allí pasarían la noche y nuevamente, antes del amanecer, continuarían el viaje y sólo pararían en León, cosa de media hora, para el almuerzo, y así llegar, ¡por fin!, a Lagos hacia las 2 de la tarde.

Así terminaban tres jornadas de incomodidad, de mal dormir y peor comer. Los pasajeros de las diligencias hacían una sola comida, o dos si eran afortunados. Cualquiera que anunciaba un viaje, de inmediato recibía la recomendación: lleve itacate. Golosinas, tortillas, lo que se pudiera. Iba a hacer falta, y mucha.

Quizá la falta de comida adecuada era el menor de los problemas de los clientes de las diligencias. Los caminos del México del siglo XIX eran desastrosos: llenos de agujeros, disparejos, fangosos y encharcados en épocas de lluvia. No era raro que los transportes se quedaran atrapados en una zanja, y, entonces, hasta los pasajeros varones se veían obligados a bajarse para ayudar a empujar y desenterrar el vehículo.

No había pasajero que no llegara a su destino con golpes en la cabeza, a causa de tantos saltos y botes como daba la diligencia. Todos terminaban los recorridos muertos de calor, porque lo más conveniente era viajar con las ventanas cerradas. De otro modo, llegarían llenos de polvo, en los cabellos, en los ojos, en la boca.

Y si, por desgracia,  para evitar los hoyancos o subir una ladera, la diligencia se inclinaba peligrosamente, en un acto de sobrevivencia, los pasajeros se agolpaban en el extremo opuesto para evitar que el vehículo volcara.

A veces el recurso no era suficiente, ¡y ahí iba a dar la diligencia al suelo! Apaleados, magullados, iban saliendo los pasajeros del carruaje, hechos una lástima, con los cabellos revueltos, los sombreros sumidos, las ropas maltratadas. A veces alguien terminaba con un brazo o una costilla rotas, los rostros arañados o un ojo morado. Pero entre tantos males, las cosas todavía podían ponerse peor, si la diligencia atraía a los salteadores, que a mitad el siglo XIX, eran uno de los problemas más graves del país.

EL MAL DEL SIGLO: LOS SALTEADORES. No había ruta de diligencia a salvo de los bandidos que detenían los carruajes para arrebatar a los viajeros cuanto llevaran de valor. Eran especialmente célebres los salteadores que acechaban en los caminos de lo que hoy es el estado de Morelos, y, entre las prevenciones y alertas que pasaban de boca en boca, se mencionaban los nombres de las localidades y pasos peligrosos: la Cuesta de Barrientos, a la salida de Tlalnepantla; un lugar a la salida de Querétaro, llamado Cuesta China, en el camino a Cuernavaca eran sitios de riesgo Huitzilac y El Guarda, y, en las orillas de Cuautla, La Calavera. Desde luego, Río Frío, en el camino hacia Puebla, sí era territorio dominado por los criminales.

Aquellos bandoleros eran personajes extraños: algunos, despiadados, capaces de matar al pasajero que opusiera mínima resistencia; otros, podían despojar a la gente, incluso, de las ropas que vestían, pero les dejaban a sus víctimas algunas monedas para que pudieran pagarse  una comida.

Naturalmente, los viajeros desarrollaron montones de pequeñas mañas para intentar conservar sus pertenencias: no había escondrijo, rendija o hueco en el interior de la dilgencia, que no fuese empleado para ocultar dinero o alhajas. Mucho alboroto, en su momento, causó una señorita, que alcanzó a ocultar en un plátano el anillo heredado de su abuela; ocultándolo a la mirada de los bandidos, comiéndose la fruta frente a ellos. Otro caso muy sonado fue el del prelado que, llevando consigo una enjoyada custodia, fingió desmayarse a la hora del asalto, dejándose caer sobre el valioso objeto.

Algunos salteadores fueron muy conocidos, e incluso alcanzaron las celebridad literaria: Manuel Payno escribió, en los años 80 del siglo XIX, Los bandidos de Río Frío, inspirado en los criminales que operaban en la ruta hacia Puebla.  Por esos mismos años, Ignacio Manuel Altamirano escribió El Zarco, ambientada en la población morelense de Yautepec, y que narraba cómo los ciudadanos honestos de la región, respaldados por el presidente Juárez, combatían con éxito, y sin consideración alguna, a los bandoleros.

A fines del siglo XIX, el cuerpo de rurales, que había creado Juárez en 1861, pero que se fortaleció durante los mandatos de Sebastián Lerdo de Tejada y de Porfirio Díaz, persiguió sin piedad a los bandoleros. Entre la muerte y la prisión, aquellos criminales se convirtieron, poco a poco, en malos recuerdos, en fantasmas que, en las décadas que siguieron, volvieron a resucitar, adaptados a la transformación del país.

 

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Los salteadores, gran mal de los caminos decimonónicos, comenzaron a desaparecer hasta el fin de la centuria, cuando nació el cuerpo de rurales.

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