Opinión


Inocentadas

Inocentadas | La Crónica de Hoy

En el lapso de unas cuantas horas el gobierno federal detuvo y liberó a Ovidio El Chapito Guzmán, vástago del más temible capo que durante un cuarto de siglo, con protección desde la cúspide del poder público —la SPP de Felipe Calderón y Genaro García Luna, por ejemplo— se ha carcajeado del Estado mexicano y aun del imperio más poderoso de nuestros días. Esta fue, con mucho, la risible inocentada más absurda del año.

Se trató de la noticia más desconcertante del primero año de la 4T, 365 días saturados de episodios chuscos, jocosos, inverosímiles. Un año entero de 28 de diciembre.

Entre los hechos más hilarantes, que dejaron perplejos a los mexicanos y los obligaron a leer varias veces el titular del diario y a escuchar y volver escuchar la noticia en radio y televisión, está asimismo el haberse enterado de que un caco cum laude, el expresidente Enrique Peña Nieto, se paseaba por Nueva York disfrazado de hippie, con gorra, desaliñado y cabello largo, dando así la medida de su infamia y de su recóndita vocación de ladrón. Como diciéndole al ciudadano común, a dúo con su novia Tania Ruiz: “Inocente palomita que te has dejado engañar…”.

Si los expresidentes Calderón y Peña —del comicastro Fox, seamos serios, mejor ni hablar— andan por el mundo arrastrando la cobija, el presidente López Obrador nuestro también ha ofrecido momentos regocijantes con acciones y declaraciones propias del Día de los Inocentes.

Nuestro actual mandatario decretó el fin como por ensalmo de la corrupción, sostuvo contra toda evidencia que la nación está feliz, feliz, feliz, y propuso corregir con un tirón de orejas, exclamaciones de repugnancia —¡guácala!— y acusaciones a las progenitoras, aun a los sicarios más desalmados.

Más todavía, el gobierno del presidente de izquierda, que se anticipaba tutelar de los intereses y derechos de los trabajadores, dejó en el desempleo a decenas de millares de burócratas rasos y asumió una actitud puramente contemplativa ante el naufragio del proyecto de ley contra la subcontratación, y hasta autorizó la certificación gringa en materia laboral vía el T-MEC. Contradicciones como para morirse de la risa.

El año estuvo lleno de chungas y paradojas. Los mexicanos nos enteramos de que con García Luna la iglesia estuvo en manos de Lutero —tal como lustros atrás ocurrió con el general Jesús Gutiérrez Rebollo—, pero también que creímos haber tenido en Los Pinos a una Primera Dama y lo que había era una escort sexenal, y que una diputada, Lucía Riojas, en funciones de dealer, le entregó un carrujo de mariguana a Olga Sánchez Cordero.

Como extraídas del mundo del revés se propalaron noticias de que Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo, no sólo no le teme sino que respalda con fervor al gobierno del tabasqueño, al que otros empresarios como Gustavo de Hoyos, tienen por —algo como para doblarse de la risa— castrochavista, filocomunista, capaz de comer niños en salsa verde.

Y si su jefe dizque no supo de las andanzas de García Luna, tampoco El Peje conoció, hasta que estalló en forma de renuncia, el verdadero talante de su secretario de Hacienda, Carlos Urzúa. Ni se enteró, hasta que detonó en las redes sociales, la audacia de su secretaria de Medio Ambiente, Josefa González, capaz de usar su nombre y jerarquía para retrasar aviones comerciales, quien sin embargo tuvo el decoro de reconocer su falta y abrir una vacante en el gabinete.

Frente a tan graves aunque divertidas situaciones, son de agradecerse otras conductas insólitas y festivas, como el paso de los legisladores de ser habitués de restaurantes de cinco cubiertos a tener que llevar —a lo Martí Batres— sus viandas a escaños y curules, en un gesto de moderación y plausible austeridad, aunque quebrantados luego por la ambición desmedida de eternizarse en los cargos camerales.

Menudearon las inocentadas por cuenta no sólo del gobierno sino de todos los sectores a lo largo de 2019. Uno de los casos más sonados corrió por cuenta de los empresarios que acompañaron las negociaciones del tratado comercial con Estados Unidos, que intentaron escurrir el cuerpo cuando la oposición quiso desollar a Jesús Seade acusándolo de haberse dejado chamaquear por los personeros del despreciable Trump.

Y en el mundo de la cultura no fue un lance torpe el que le costó el puesto a Pedro Salmerón, sino la precaria  defensa de sus atinados dichos que alebrestaron a deudos y simpatizantes del empresario Eugenio Garza Sada. Inocente palomita podría decirse del historiador lamentablemente hoy en el ostracismo.

Desde las pampas argentinas llegó la noticia de otro hecho oscilante entre la inocencia y a tontería, por cuenta de Ricardo Valero. El embajador de México por aquellos lares tristemente cerró su carrera diplomática con fama de chorro y malandrín, al haberse robado un libro escondijo entre los cuadernillos de un periódico.

En el colmo del desatino, el representante de la 4T en la tierra de Gardel escogió como objeto del hurto la biografía de otro emblemático pillo, Giacomo Casanova. Con lo que exhibió cierto afán de perfeccionamiento de sus malas mañas, y Marcelo Ebrard no tuvo más remedio que despescuezarlo. No era para menos. Valero dejó entrever que aun en la 4T los mexicanos estamos, como en el tango, “en un mismo lodo, todos manoseaos”.

Feliz Año Nuevo a los improbables lectores de esta columna.

 

aureramos@cronica.com.mx

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