Opinión


Inteligencia y educación emocional

Inteligencia y educación emocional | La Crónica de Hoy

Cada vez es más común escuchar el concepto transformación; hablamos, pensamos, planeamos y actuamos con base a un bombardeo de influencias cotidianas y mediáticas que promueven las transformaciones. En ese contexto que implica la revisión de cambios sociales, culturales y económicos, habría que reflexionar cómo todo ello impacta en los escenarios en los que los adolescentes construyen su personalidad, y sobre todo en las repercusiones en su salud física y bienestar emocional.

En medio de los contrastes sociales, de crecimientos económicos nulos, rezagos y marginación de comunidades, deudas históricas de discriminación, etcétera, existe un incremento de la participación de adolescentes y jóvenes en actos de violencia que con mucho está relacionado precisamente a una inestabilidad de salud emocional.

Em esta realidad social, debemos preguntarnos qué tanto el Sistema Educativo, como núcleo central del desarrollo de las competencias emocionales, personales y sociales del alumnado, contribuye al desarrollo de la inteligencia analítica con la finalidad de alcanzar la competencia relacional, tanto con uno mismo como con los demás.

Es importante conocer el proceso de desarrollo afectivo emocional en la adolescencia para que, de este modo, los procesos educativos puedan contribuir a combatir, prevenir, disminuir y evitar los comportamientos problemáticos, que a nivel personal  —como son los casos de anorexia, estrés, entre otros—, se dimensionan al tema social como lo es la violencia, la agresividad, y, recientemente, el bullying, que son cada más comunes cada día.

Anteriormente eran las emociones lo que espantaba a los teóricos; parece que en estos momentos más bien es la carencia de una mente emocional lo que resulta peligroso, tal como queda expuesto en una de las grandes aportaciones de la neurobiología, el estudio de las células del sistema nervioso y la organización de estas células dentro de circuitos funcionales que procesan la información y median en el comportamiento. ​ Es una subdisciplina de la biología y de la neurociencia.

Actualmente los conocimientos permiten integrar lo afectivo y lo relacional en un juego de mutuas influencias, cuya dinámica explica de manera más adecuada tanto los comportamientos de las personas como sus posibles desajustes, lo que facilita la comprensión de las dificultades que puedan tener las personas para establecer una conexión entre sus pensamientos y sentimientos, lo que, en muchas ocasiones, resulta en la persistencia de sus problemas.

Este proceso tiene lugar a lo largo de toda la vida; se inicia desde la infancia, y es en la adolescencia cuando se experimentan toda una serie de cambios biológicos, intelectuales, afectivos y de identidad personal que llevan a una construcción de la personalidad.

Debe tenerse en cuenta, que todas estas competencias requieren de un proceso de enseñanza-aprendizaje y que es en este periodo de la adolescencia donde más se debe ayudar a desarrollarlas desde las familias hasta en la educación formal, con el fin de contribuir a una construcción integral de la personalidad, ya que la competencia emocional, como lo señalaron en su oportunidad  Soriano y Osorio es “la capacidad que tiene la persona de actuar eficazmente en un tipo definido de situaciones”.

Cabe señalar que los resultados obtenidos en diversas investigaciones han mostrado que los adolescentes que tenían bajas competencias emocionales tienden a tener más problemas de identidad, estrés, depresión, alteraciones psicosomáticas, menos habilidades para pedir ayuda y apoyo social, así como más ideas suicidas.

Así mismo, se pudo observar que las mujeres obtenían mayores puntuaciones en inteligencia emocional que los varones, y que las adolescentes con alta inteligencia emocional eran más capaces de establecer y mantener relaciones interpersonales; tenían más amistades y apoyo social; sentían mayor satisfacción con las relaciones establecidas en la red social; disponían de más habilidad para identificar expresiones emocionales, y presentaban un comportamiento más adaptativo para mejorar sus emociones cuando se controlaban los efectos de otras variables psicológicas como autoestima o ansiedad.

Las diversas investigaciones ponen de manifiesto la gran importancia que tienen las emociones y los sentimientos para el buen desarrollo de los individuos y cómo su carencia puede producir graves alteraciones, tanto comportamentales como de salud física y psíquica. La etapa de la adolescencia es el tiempo donde se han de redefinir y desarrollar las competencias emocionales; de ahí la importancia en recibir una educación emocional desde la misma infancia para que favorezca este proceso.

La competencia emocional permite comprender, expresar y regular de forma apropiada los fenómenos emocionales, mientras que una carencia emocional conlleva problemas personales en la construcción de la identidad; relacionales, en pocas habilidades de convivencia; autorregulación de las emociones, dificultad para pedir ayuda, etcétera, así como de salud, que ya mencionamos con anterioridad.

En estos momentos el no educar emocionalmente en las escuelas tendría impactos negativos en las siguientes generaciones; por lo que se hace imprescindible fomentar una nueva ética del género humano, que se centre en la comprensión, la generosidad y solidaridad ante las incertidumbres del futuro en el que vivirán los adolescentes de hoy.

 

 

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