Opinión


Jimmy: un pequeño perro aventurero, en los fragores de la Guerra de Intervención

Jimmy: un pequeño perro aventurero, en los fragores de la Guerra de Intervención | La Crónica de Hoy

Para Wendy, que sigue ­buscando a Ramona.

 

Ella era estadunidense, hija de una familia acaudalada. Él, un príncipe prusiano que emigró a América perseguido por sus acreedores. Enamoradísimos, se casaron en 1862, en un campo de batalla, y vivieron juntos algunos de los años más intensos de la guerra civil norteamericana. En México se les conoció como los príncipes de Salm Salm, título de él, de Félix. Ella, Agnes Leclerc ganó notoriedad tanto por su fama como por su arrojo, dedicada como estuvo a intentar conseguir un mejor destino para Maximiliano, una vez que cayó la ciudad de Querétaro, en 1867.

No tuvieron hijos, y quizá, para su innegable adicción a la adrenalina y la aventura, fue mejor. En cambio, de Agnes sabemos de sus habilidades como jinete, y por tanto de su buena disposición a los caballos. “Wainona” y “Corsario” son dos de los caballos de la época estadunidense del matrimonio que aparecen, mencionados con cariño, en las memorias de la princesa.

Sabemos también que aquella pareja se amaba apasionadamente, y que una parte importante de sus afectos estaba reservada para un pequeño perro de color negro, Jimmy, que junto a la princesa Salm Salm recorrió algunos de los caminos de México, en momentos que se volverían ­inolvidables para la pareja, que sobrevivió al segundo imperio mexicano y al propio Maximiliano.

LA AVENTURA EN TIERRA MEXICANA. Los Salm Salm llegaron a México al término de la guerra civil estadunidense, Félix se aburría: le hacía falta la emoción del campo de batalla. Enterados, en 1865, de las complicaciones que experimentaba el imperio de Maximiliano, el príncipe ofreció sus servicios al emperador, quien cortésmente los rechazó. Después, por insistencia de un amigo de la pareja y embajador prusiano en México, el barón Magnus, Maximiliano accedió a incorporarlos a la corte. Pero la importancia de los Salm Salm fue patente en la crisis final del imperio, cuando, caída la ciudad de Querétaro, y preso el archiduque y sus oficiales, Félix entre ellos, la inminencia de la sentencia de muerte hizo que Agnes, con toda su audacia, entrara en acción.

 Firme, decidida, con iniciativa propia, Agnes Leclerc dio mucho de qué hablar en la corte de Maximiliano, y su belleza y valentía quedaron plasmadas en una imagen romántica, según la cual, la princesa, arrodillada, le rogaba al presidente Juárez el perdón para el archiduque, en la planta alta del Palacio de Gobierno de la ciudad de San Luis Potosí.

Lo que es un detalle que habla de un hermoso vínculo entre aquella mujer valiente y el pequeño perro de color negro, es que hasta esa habitación potosina, aquel animalito, Jimmy, la había acompañado, entre sobresaltos, malos caminos e inevitables riesgos. Ese perrito que adoraba a sus propietarios, fue un testigo mudo, pero leal de todas aquellas correrías.

Agnes, cuando escribió sus memorias, no dejó de dar crédito a la presencia de Jimmy, que a fuerza de amor, se convirtió en un perrito valiente, tal vez el más valiente que hubo en Querétaro en aquellos días.

JIMMY EN MÉXICO. Aquel pequeño perro negro llegó con los Salm Salm a tierras mexicanas, cuando era ya, como lo describió Agnes, “el compañero inseparable de mi vida”. En la guerra civil estadunidense, la princesa hizo tareas de apoyo a las tropas, a veces en cuerpos de enfermería, y, en ocasiones, cuando se ausentaba y era indispensable, ­Jimmy se quedaba al cuidado de Félix, quien quería al can tanto como su esposa.

No extraña, por tanto, que cuando decidieron viajar a la corte mexicana de Maximiliano, Jimmy viniera con ellos. A fin de cuentas, como tantos otros perros a lo largo de los siglos, era un miembro importante de aquella pequeña familia.

Tanto quería Agnes a Jimmy, que en otros tiempos había sido capaz de detener un tren por el perrito. En un viaje a Chatanooga, Agnes dormitaba. De repente, fue despertada por una dama compañera de viaje: Jimmy había saltado del tren en marcha. Era una calamidad, recordaría Agnes, “peor que si llegasen los rebeldes”.

El perro había saltado del último vagón, donde viajaba Agnes. Ella corrió a la plataforma y vio cómo Jimmy corría y corría, intentando regresar con ella. Agnes, angustiada, jaló el cordón que daba la alarma a la locomotora. El tren se detuvo. Llegó al vagón el “capitán” que iba al mando del viaje. Cuando se enteró de que la causa era Jimmy, quiso enojarse. Pero, escribe Agnes, “era, tal vez, un amigo de los perros, y se apaciguó cuando vio mi preocupación. El tren quedó detenido hasta que mi favorito llegó sin aliento a causa de los esfuerzos extraordinarios, y en medio de las risas bondadosas de los soldados, me fue devuelto el querido desertor”.

Por estos antecedentes, no extraña que Jimmy fuese tratado con iguales miramientos en tierras mexicanas. Cuando los Salm tomaron el tren en Veracruz hacia la Ciudad de México, hicieron la primera etapa con una guardia de soldados franceses. Al abordar una diligencia, en Paso del Macho, donde terminaba la vía férrea, el cochero se irritó cuando vio que Agnes subía llevando consigo a Jimmy.  Pero Agnes no estaba dispuesta a dejar a Jimmy abandonado o enjaulado entre el equipaje: “el potente dólar ablandó su corazón [del cochero] y contra el pago de un billete de pasajero, dispuso de un asiento para mi inseparable compañero de cuatro patas”.

Tampoco extraña que Jimmy acompañara a su ama en sus ires y venires, para planear la fuga de Maximiliano. Disfraces, negociaciones y sobornos fueron los instrumentos, todos fracasados, que la princesa intentó poner en práctica.

En algún punto de sus memorias, la princesa describe al fiel perrito:

“Este perro es muy habilidoso”, escribió: “Como me acompañó durante toda la guerra americana había experimentado que los rifles son máquinas peligrosas, y que hay desgracia cuando se les dispara. Tenía por tanto un sagrado respeto ante carabinas y disparos, pues amaba mucho su vida y también los asados de ternera, beefsteaks, costillas y otras cosas que embellecen la vida de un perro”.

En los momentos más difíciles de los intentos fracasados para salvar a Maximiliano, Agnes viajaba por los malísimos caminos mexicanos acompañada solamente de Jimmy y una sirvienta. 

JUNTOS, SIEMPRE. Caído el imperio, Agnes y Félix dejaron México y marcharon a Europa. Las tensiones geopolíticas, que se convirtieron en la guerra francoprusiana, arrastraron el destino de los Salm Salm. En 1870, Félix se incorporó al ejército del Rin, que se enfrentaría a las tropas francesas. Agnes quiso acompañarlo en el frente, e incluso consiguió permiso para ir en el vagón hospital que seguía al ejército. Cuando Félix se enteró, no sólo se opuso, sino que arregló que Agnes fuera enviada lejos del campo de batalla, nombrada jefa de enfermeras de la Armada.

El 18 de agosto de 1870, Félix de Salm Salm fue mortalmente herido en combate. Recibió un tiro en el pecho, y murió tres horas después. Agnes no pudo llegar a tiempo para decirle adiós. Le entregaron, con el cuerpo de su esposo, una carta, escrita por él antes de la terrible batalla de Gravelotte y en la que Félix le dejaba una despedida que ya sonaba a definitiva:

“En una hora comienza la gran batalla. Quiera Dios que podamos volver a reunirnos, pero si muriese, querida Agnes, te pido que perdones todas las penas que te he causado y que creas que te he amado siempre y que llevo conmigo a la tumba ese único amor. Mi hermano cuidará de ti. Consérvame en el alegre recuerdo. De todo corazón, tu esposo que te ama cordialmente, Félix. (Besos al pequeño ­Jimmy) En el campo de Metz, el 18 de agosto de 1870”

Ni en sus últimos momentos, aquel príncipe aventurero olvidó al pequeño perrito valiente que había vivido tantas cosas con la pareja, que siguió siendo el fiel compañero de la princesa viuda.

 

 

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