Opinión


Justicia a la mexicana

Justicia a la mexicana | La Crónica de Hoy

En el desplome de la Línea 12 del Metro, cerca de la estación Olivos, están implicados tres personajes: Marcelo Ebrard, Secretario de Relaciones Exteriores, Miguel Ángel Mancera, Senador de la República y Claudia Sheinbaum, actual Jefa de Gobierno de la CDMX. El tema ya se politizó: resulta que, en la Comisión Permanente, la panista Kenia López Rabadán, exigió que el canciller Ebrard y la Jefa de Gobierno Sheinbaum se separaran de sus cargos para permitir una investigación transparente; en contraste, los legisladores de Morena, Malú Micher, Margarita Valdez, Bertha Caraveo y José Narro, pidieron el desafuero de Mancera.

La orden está dada: salvar a los delfines de López Obrador—Ebrard y Sheinbaum—y sacrificar a Mancera. Así se imparte en México la “justicia política.” Ya lo había advertido AMLO con el memorándum que firmó el martes 16 de abril de 2019 en el que pidió a las secretarías de Gobernación, Educación Pública y Hacienda dejar sin efecto las medidas de la reforma educativa de 2013, en tanto el Congreso resolvía la nueva reforma a la Constitución en materia educativa. O sea, una flagrante violación a nuestra Carta Magna.

Ante las críticas de la oposición y sectores sociales en desacuerdo con la validez jurídica del memorándum, López Obrador respondió: “La Ley es para las mujeres y para los hombres, no los hombres y las mujeres para la ley. La justicia está por encima de todo, la justicia. Si hay que optar entre la Ley y la justicia, no lo piensen mucho, decidan en favor de la justicia.” (El Universal, 18/04/2019). ¿Y quién decide qué es la justicia? En los regímenes populistas quien decide qué es la justicia es el autócrata.

Aunque López Obrador se recibió como Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, todo indica que se le olvidaron las clases de Ciencia Política en las cuales nos enseñaron la simbología jurídico-política: la diosa Temis representa la justicia. Tiene los ojos vendados como muestra de imparcialidad; en la mano derecha lleva una espada, mientras que en la mano izquierda sostiene una balanza. Y eso no es casualidad: la espada representa el orden, en tanto que la balanza significa la igualdad. Tales emblemas distinguen a las dos tendencias políticas fundamentales: la derecha está dispuesta a imponer el orden a costa de sacrificar la igualdad; en contraste, la izquierda está dispuesta a luchar por la igualdad aun a riesgo de alterar el orden. Así se entiende mejor que el lema del porfiriato haya sido “orden y progreso” mientras que los principios inmortales de la Revolución francesa sean “libertad, igualdad y fraternidad.” 

Recuerdo una conferencia dictada por Norberto Bobbio en Milán, en noviembre de 1982, titulada “política y derecho”. Allí comenzó diciendo: “la nuestra es una cultura greco-latina: la política nos viene de Grecia, el derecho nos viene de Roma.” Y, en efecto, durante siglos la política y el derecho han corrido al parejo y llegan hasta nuestros días: en las facultades de ciencias políticas comenzamos con el estudio de los griegos; en las facultades de derecho inician con el estudio del derecho romano. Esta identificación se muestra incluso en la heráldica: el escudo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM dice en griego “To Zoon Politikón” (El Hombre es un Animal Político); el escudo de la Facultad de Derecho de la UNAM dice en latín Lex (Ley).

Política y derecho son dos caras de la misma moneda: la modernidad política nace cuando el poder se subordina a la ley, primero en Inglaterra con la Rule of Law, luego en el continente europeo con el constitucionalismo y, sobre todo, con el advenimiento de la democracia que es el gobierno de las leyes por excelencia. La soberanía de la ley, no del rey.

En períodos de convulsión política, y en regímenes autocráticos la ley es inexistente o burlada. Así pasó, por ejemplo, durante la Revolución francesa, cuando hubo una justicia selectiva. Uno de los casos más famosos fue el de Pierre Philipeaux quien habiendo sido uno de los jacobinos más destacados se enemistó con Saint-Just. Fue acusado, falsamente, de traición. Pasó por un proceso judicial amañado: fue guillotinado el 5 de abril de 1794.

Durante la “Gran Purga”, llevada a cabo por Stalin entre 1937 y 1938, uno de los dirigentes bolcheviques Nicolái Ivánovich Bujarin fue detenido y procesado por, supuestamente, haber iniciado una conspiración. Bujarin y Stalin sabían que eso no era cierto; Stalin husmeaba tras bambalinas en la sala de la Corte, regocijándose de su fechoría: el propósito era acabar con un contrincante político. Bujarin fue fusilado en 1938.

Los autócratas inventan conjuras por todos lados. Ahora AMLO salió con el cuento, violando la Constitución, de que su obligación es denunciar fraudes electorales. Se sacó de la manga, vía la FGR, denuncias contra los candidatos opositores a la gubernatura de Nuevo León, Adrián de la Garza y Samuel García; la candidata de Morena Clara Luz Flores cayó al tercer lugar. Justicia aplicada según el capricho del autócrata.

¿Y las víctimas de la Línea 12? —así lo dijo López Obrador—¡Al Carajo!

N.B. Queridos lectores, a partir de la próxima semana esta columna aparecerá los miércoles

 

 

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