Opinión


La arrogancia de sentirse libres...

La arrogancia de sentirse libres... | La Crónica de Hoy

No podría uno hallar mejor ejemplo de endecasílabo perfecto. Alto mérito métrico y poético, podríamos decir de esa línea surgida de la cotidiana improvisación del Señor Presidente, la cual tiene —sin embargo— un alto contenido político, más allá de la lírica.

El Señor Presidente se ha quejado.

Uno, por la actitud de las calificadoras; dos, el análisis del Banco de México y como tercero, la oposición a sus proyectos aeronáuticos, los cuales hoy (­como nunca antes y por decisión judicial) están en el aire.

A unos les ha llamado injustos, entrometidos a los otros y, de plano, saboteadores a quienes se acogen a recursos judiciales de protección.

Estas respuestas exhiben el deseo verdadero del Señor Presidente. Gobernar sin interferencias, sin contrapesos, sin observaciones.

Y en tono de las autonomías a quienes dice respetar, fomentar y hasta mirar con respeto, pues les ha asestado en endecasílabo de su ilusión: la arrogancia de sentirse libres. No de serlo, nada más de sentirlo.

“…es muy injusto, pero no podemos nosotros meternos en denunciarlos legalmente. Yo espero que ellos sean más cuidadosos en sus análisis…

“…Nosotros estamos pagando a las calificadoras como 250, 300 millones de dólares al año… A lo mejor eso no se sabía y es bueno que se conozca… no queremos que se piense de que tomamos represalias, porque intentan bajar la calificación. No. Son libres y somos respetuosos...

“…Es lo mismo lo del Banco de México, respetuosos por completo.

“Ayer vi el informe del Banco de México y hasta opinan más de la cuenta, hasta se quieren meter en el manejo de la política económica, que nos corresponde a nosotros, haciendo recomendaciones de otro tipo; pero es mejor que usen a plenitud la libertad; su autonomía, que tengan la arrogancia de sentirse libres, a que vayan a decir que nos estamos nosotros metiendo…”

Y en cuanto a los amparos contra Santa Lucía:

“…Ya lo estamos viendo. La verdad es un sabotaje legal para que no se vaya a malinterpretar, pero es increíble, más de 80 amparos.

“¿Cuántos amparos se presentaron cuando querían hacer el negocio jugosísimo de construir en el Lago de Texcoco el aeropuerto?.

“… No creo que hayan presentado amparos, no había ese ánimo, ahora se puso de moda, ya es como deporte nacional el presentar amparos en contra de todas las obras que estamos haciendo”.

 

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El viernes por la tarde nos sorprendió la noticia de la muerte de Mantequilla Nápoles. el más fino y elegante boxeador de los últimos tiempos en cualquier parte del mundo.

Éste es un breve homenaje:

“Todos acabamos al fin, Mantecas, pero por ahora dile algo fuerte a la
cabrona vida, ¿no?”.

— Que te gane, pero no dejes que te tumbe.

Sentado a la mesa de su cabaret en la avenida Doctor Vértiz, Mantequilla Nápoles miraba con la misma fijeza hipnótica con cuyos brillos comenzaba a destruir a sus enemigos en el ring.

—¿Tú me harías favó, de veldadchico, me harías ese favó?

El amigo ocasional había llegado de la mano de otro tan superficial como el primero. Se sentaron y el campeón se abrió paso entre las mesas. Los meseros lo obedecían, las mujeres le coqueteaban. Fiero el mostacho, fácil la sonrisa, pero en el fondo de todo, esos ojos, esa mirada de felino a punto del salto.

Pero cuánta ingenuidad en el fondo.

—Toma, le dijo. Ahí esta apuntada la dirección. Dale mi saludo y mi beso a mi mami, a mi mamita. Dentro del sobre había dólares. Verdes, frescos: olorosos a caja fuerte. ¡Salud! Gracias, helmano, gracias helmano.

Quizá no mucha gente lo sepa, pero el buen Jesús lo sabe. El recién llegado jamás fue a Cuba, jamás vio a la vieja del Mantecas y nunca volvió a la taberna.

Tiempo atrás el gran Mantequilla se deslizaba por el ring con la seguridad elástica de una pantera. Botines blancos. Letras negras en la pernera izquierda. MN. Franca la sonrisa y seguro el paso.

Venía de perder en aquella desigual pelea contra Carlos Monzón en Francia.

—Carajo, chico, no se podía, no había modo, el tipo iba pa’delante y pa’delante. Estaba fuerte, muy fuerte. Y parecía un camión. Bailé hasta mambo, ¿sabes?

El problema era salir vivo de allí.

Monzón había regresado a México. Convertido en promotor gozaba su fama y su fortuna.

Lo miró en el Gran Hotel de la Ciudad de México. Él y Acavallo, un pupilo suyo a quien le van a echar al Mantecas, se pavonean bajo los cristales incomparables del vitral de luces multicolores.

Pasan por las jaulas doradas de los elevadores y se dejan mirar y acariciar por la fama. La fama de Monzón, pues al otro nadie lo conoce.

En eso llega El Gato”Marín. ¡Carajo!, toda Argentina ahí. El gran campeón, el gran portero. La Cruz Azul, la cruz del sur.

—Vamos al entrenamiento. No sé cómo pero acabo doblado en tres en la parte trasera del Mustang de Marín. Ruge la máquina azul.

Vamos a los baños del Jordán donde Mantequilla entrena sin imaginarse la visita más inoportuna y menos deseada. Monzón, el verdugo de Poitieux.

Cuando llegamos la conmoción es enorme.

José Ángel suspende el entrenamiento. La sudadera gris está mojada. La cara hosca. Los ojos negros, negros como nunca.

—Por favor una foto, dice Ignacio Castillo. Mantequilla accede y luego del clic, clic, se baja del ring. No vuelve más. Vino la pelea y MN deshizo a Acavallo en tres rounds.

—¿Cómo fue la pelea, campeón?

—Nada, le puse en la madre. Nomás.

Pero el tiempo pasa silencioso.

Dentro de La Regional se percibe el olor agrio de la copa vieja y la milanesa frita. La cantina de sus compadres en Niño Perdido es una especie de club, oficina y refugio para Mantequilla. Ahí está tranquilo, en su medio, con los suyos. Se dicen muchas cosas, pero él bebe poco. Le gusta cocinar, charlar.

—¿Vas a pelear contra John Stracey? Es un chavo de 24 años, puede ser tu hijo.

—¿Pues no sé cómo ande la mamita de ese, veldad? Y se ríe enormidades por su chiste. Pues si quiere, pues si quiere...

Llega la pelea y en la Plaza de Toros México un trompetista no deja de tocar “el alacrán, el alacrán; el alacrán te va a picá”.

Carajo, cómo chinga el de la cornetita.

Comienza la pelea, se inician las hostilidades, dice un cronista de la televisión. Mantequilla se dispone a flotar en el centro del cuadro. Hace un par de fintas con todo el cuerpo, Stracey se traga el anzuelo y lo siguiente es tragarse una izquierda perfecta y luego un remate de derecha y vámonos para abajo, vamos a mirar la nube desde la lona.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho... ¿límpiate los guantes, ok? Puedes seguir? Yes, dice yes. Y en ese momento la regla comienza a cumplirse.

Fuerza y técnica para tirar a un novato en el primer round, pero debilidad y vejez para no rematarlo en el resto de la pelea. Y el muchachito entra a la guardia, se mete como puede y golpea una, dos, tres veces en las débiles cejas del fatigado campeón.

Ahí viene la nube roja, ¡Ay!, carajo, no veo nada y no veo nada con este ojo, y ahora el otro, ¡la puta madre!, no veo.

—¡Al ojito! Mantecas, te gritaban cuando los masacrabas con el tino de una esgrima. Al ojito. Ahora son tus cejas, ahora son.
¡Zas, zas!, suenan los pasos en la lona. Izquierda, jab, Mantecas, sácalo, sácalo, no lo dejes entrar, escucha, escucha. El alacrán, el alacrán...

Ya se acabó el pleito. Ya perdiste, ya te ganó este caguengue. Y lo habías tirado en el primero.

—No veía, peliétres “launs”ciego, cabrón, ciego, no más oyendo. Y no me tumbó, no me tumbó.

Hoy me entero una vez más de su desgracia, de su tristeza sin cuerdas y su amnesia, su depresión, su última pelea, la única para ganarla de a de veras, la pelea contra la vida, contra la muerte.

Todos acabamos al fin, Mantecas, pero por ahora dile algo fuerte a la cabrona vida, ¿no?

— Que te gane, pero no dejes que te tumbe.

 

 

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