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"La ausencia de abrazos y contacto físico podría alterar el bienestar y la conducta"

UN AÑO SIN ABRAZOS. Georgina Montemayor, académica de la UNAM, señala que, tras un año de distanciamiento social por la pandemia de COVID19, estos cambios en el bienestar y conducta de las personas se documentarán en los próximos años

Soluciones creativas, como la Cortina del Abrazo, han sido desarrolladas para evitar la falta de contacto físico en residencias de adultos mayores (Deutsche Welle)

El cerebro humano detecta cuando ocurre un abrazo o una caricia y después pone en marcha una serie de procesos como la liberación de oxitocina, que genera tranquilidad y apego. Estos procesos se han podido visualizar y documentar a través de Resonancia Magnética que permite ver la respuesta del cerebro antes los estímulos del sentido del tacto, pero las hipótesis sobre los efectos saludables del abrazo existen desde la Segunda Guerra Mundial, explicó a Crónica la doctora Georgina Montemayor, académica de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). 

Este 21 de enero se conmemora el Día Internacional del Abrazo, una fecha especial creada en 1986 en Estados Unidos por el psicólogo Kevin Zaborney, quien observó que la segunda mitad de enero, después de las fiestas navideñas, las personas suelen entrar en estados de melancolía y depresión. Por esta razón comenzó a promover el abrazo como una herramienta de interacción humana positiva y fomento a la salud. 

En México, la profesora Georgina Montemayor reconoce que, tras un año de distanciamiento social por la pandemia de COVID19, la ausencia de abrazos y contacto físico puede estar generando alteraciones en el bienestar y conducta de las personas que se documentarán en los próximos años. 

“La pandemia ha cambiado muchas cosas y la imposibilidad de abrazarnos es una de ellas. Nosotros, los latinos, nunca habíamos tenido trabas para abrazarnos con nuestros seres queridos, es parte de nuestra manera de comunicarnos. El daño para una persona que ha sido privada de ese contacto puede ser muy fuerte. Es verdad que hay quienes han vivido el confinamiento con su familia cercana, pero hay muchos que lo han tenido que transcurrir solos. Esta situación puede dejar algunas huellas a nivel individual y social”, reflexiona en voz alta la especialista en morfología, con estudios en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) y el Instituto Politécnico Nacional (IPN). 

“Yo estoy segura de que observar los efectos de la privación del abrazo generará temas interesantes de invesrtigación. Por ejemplo, hay quienes hay desarrollado estrategias para compensar la privación del contacto afectivo, desde quienes se dan masajes al cabello para activar ciertas terminales nerviosas hasta quienes tienen mayor interacción con sus mascotas. Pero también hay otro tema que hay que estudiar pues sabemos que en el momento en que se termine el distanciamiento habrá cierto miedo a abrazarnos, angustia e incertidumbre. Esto también puede cambiar nuestra cultura y personalidad”, agrega. 

Según su explicación, la sensación de bienestar a través de las caricias o de los abrazos no sólo se da entre los humanos sino en otros homininos como los chimpancés y bonobos, con quienes tenemos una similitud de 98 por ciento cuando se comparan nuestros genomas.

“Pero algo curioso es que también el perro, que ha convivido con el ser humano duante miles de años, tiene una respuesta muy positiva al contacto con el humano. El hecho de acariciar a un perro hace que, tanto en el humano como en el perro, baja la tensión hormonal, disminuye la producción de hormona del estrés y produce   neurotransmisores asociados al bienestar”, dice Georgina Montemayor.

HAMBRE DE PIEL. La profesora y divulgadora de la ciencia hizo una introducción al tema explicando que el cerebro de los mamíferos y el cerebro humano presentan procesos y funciones que no se observan en los cerebros de otros animales, por ejemplo los reptiles, que reaccionan ante el entorno con un número limitado de reacciones, por ejemplo cazar, combatir, huir o aparearse.

“Los mamíferos, y en particular los seres humanos, tenemos un cerebro con regiones que procesan emociones, lo que nos permite sentir, interpretar y buscara a los otros para sobrevivir. el abrazo está presente en los seres humanos desde recién nacidos porque requieren mucha protección y por eso aprenden a identificar el contacto con la piel de la madre. Ese tipo de abrazo permite liberar al menos tres tipos de neurotransmisores que tienen efectos positivos para el bienestar y apoyan a la vida saludable: la dopamina que nos aporta una sensación de recompensa; la oxitocina, que nos hace experimentar sentimientos de apego  y la serotonina, que nos genera un estado de placidez emocional. Además, el abrazo también nos ayuda a disminuir la producción de hormonas del estrés y a bajar nuestra presión arterial”, indica Georgina Montemayor. 

“Muchos de estos procesos no podían ser estudiados con detalle hasta hace unos años pues el cerebro vivo no podía ser observado en acción antes de las nuevas tecnologías como la Resonancia Magnética que nos han permitido estudiar cómo, ante ciertos estímulos como el contacto con la piel humana, la caricia y el abrazo el cerebro aumenta su consumo de glucosa y registra más actividad en ciertas regiones por la presencia de algunos de los neurotransmisores que hemos comentado. Esto es un avance muy grande porque antes sólo se podía estudiar el cerebro de personas muertas y definitivamente la parte física del cerebro muerto no nos explica la gran complejidad del cerebro vivo”.

 

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