Opinión


La banalidad del mal

La banalidad del mal | La Crónica de Hoy

La filósofa alemana de ascendencia judía, Hannah Arendt, publicó en 1963 la obra Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal para dar cuenta del proceso y la sentencia de muerte por ahorcamiento, que se le dictara a Otto Adolf Eichmann, quien fue uno de los implicados en el traslado y exterminio de cientos de miles de judíos en los campos de concentración, ideados por Adolfo Hitler.

El libro asume la forma de crónica, ensayo y reflexión filosófica para ofrecer a los lectores el contexto de la vida y la obra de Adolf Eichmann, su ascenso al poder y su vinculación con dos personajes igualmente siniestros, encargados de ejecutar las órdenes del Führer: Reinhard Heydrich y Heinrich Himmler.

Como se sabe, tras la derrota de Alemania, las potencias victoriosas establecieron los juicios de Núremberg para juzgar a los criminales de guerra que lograron capturar; sin embargo, hubo varios que cambiaron de identidad, se dieron a la fuga y se establecieron en otros países. Fue el caso de Eichmann, quien se refugió en Argentina, en donde fue capturado y remitido a Jerusalén por la policía secreta israelí (Mosad), en 1961.

A lo largo de la obra, Hannah Arendt nos deja en claro que la sentencia del tribunal, por la abundancia de pruebas, es una especie de “crónica de una muerte anunciada”, la cual es esperada, no sin morbo, por los medios informativos y la opinión pública internacional. A pesar de ello, los jueces se toman el procedimiento en serio. Ofrecen garantías de imparcialidad y el Estado garantiza la defensa del inculpado y le contrata a un letrado de prestigio en su gremio, avezado en la tradición latina del derecho y la justicia.

Sin embargo, y pesar de la inobjetable culpabilidad del verdugo, el juicio adquiere una dimensión dramática, donde los actores (histriones) recrean sus discursos para endulzar el oído de los asistentes y saciar de imágenes a la respetable audiencia. Y lo más notable del asunto es que Eichmann, consciente de su futura pena capital, participa dócilmente en la escenificación del drama.

Bajo el esquema anterior, la sentencia, aunque diferida era previsible, y Eichmann, como un quijote maligno, tuvo tiempo para “redimirse” de las atrocidades cometidas; aduciendo que acataba las órdenes de un personaje cuya palabra era la ley; pero aún más, justificó su “filosofía de servicio”, negó la posibilidad de haber cobrado conciencia del bien o el mal, alegando que se debía a un partido, a un gobierno y a un Estado; es decir, rechazó la idea de una conspiración propia, y encarnó la actitud del siervo, obediente y sumiso.

De modo que tomó el veredicto con serenidad y a la hora de marchar a la tarima de la horca, después  de haber apurado una botella de vino tinto y de rechazar los auxilios espirituales de un ministro protestante, por no creer en una vida más allá de la muerte, pidió que no le cubrieran la cara con la caperuza de rigor y que le afloran la cuerda de los tobillos, para expirar erguido, y un poco antes de que la cuerda le asfixiara el aire en la garganta dijo: “Dentro de muy poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria! Nunca las olvidaré”.

Con la ejecución de Eichmann gana el estado israelí, que ahora puede garantizar la defensa de su pueblo con un ejército pujante, que ya era el látigo de sus vecinos árabes; una policía secreta audaz y una corte de justicia que rivalizaba en decoro formal con sus pares de los países occidentales. Asimismo, Israel ahora podría participar de la justicia de los vencedores de la guerra, viejo honor que los aliados le habían negado en Núremberg.

Sin embargo, el desenlace del juicio produce una sensación agridulce porque la sentencia sobre Eichmann no es suficiente para reparar el daño causado por una maquinaria de guerra organizada para matar, y las preguntas son ¿de qué manera se juzga a un Ente criminal que trasciende la voluntad de los individuos?, o ¿de qué manera se castiga al totalitarismo?

Otra cuestión es el papel que jugaron los medios de comunicación durante el proceso de Eichmann, y durante muchas otras coberturas de guerras, cataclismos y calamidades, pues para ellos rápidamente se diluye el fondo de los problemas, para luego ofrecer las imágenes desnudas del horror o la miseria que, al tornarse rutinarias, pierden el interés del gran público televidente.

Al respecto, la autora norteamericana Susan Sontag hace un recuento del poder de los medios en la formación de la opinión pública, a partir del siglo XIX en que se genera, según Baudelaire, una masa hambrienta “de horrores. Guerras, crímenes, hurtos, lascivias, torturas; los hechos malévolos de los príncipes, de las naciones, de los individuos: una orgía de la atrocidad universal.”, cuya tendencia se acelera durante las dos guerras mundiales y alcanza su cima en el conflicto de Vietnam; cuando la gente, sentada frente al televisor, asiste a la batalla, sin verdadera conciencia del dolor humano, pues solo se limita a consumir ese producto visual.

Por eso, Susan Sontag considera que “Los ciudadanos de la modernidad, los consumidores de la violencia como espectáculo, los adeptos a la proximidad sin riesgos, han sido instruidos para ser cínicos respecto de la posibilidad de la sinceridad.” Y luego remata: “las enormes fauces de la modernidad han masticado la realidad y escupido todo el revoltijo en forma de imágenes.”

Bajo esta perspectiva, se observa que las manifestaciones de la violencia y los grandes crímenes del pasado y del presente, suelen simplificarse bajo una tendencia que transforma el sufrimiento de los hombres y mujeres en un espectáculo, pensado para satisfacer la “antropofagia” audiovisual.

Por eso, las cifras de los muertos se vuelven insignificantes y son proclamados héroes los grandes criminales, lo cual nos coloca ante una “lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.” Concluye Hannah Arendt.

* Poeta y académico
benjamin_barajass@yahoo.com

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