Opinión


La condición humana

La condición humana | La Crónica de Hoy

El impacto social de la pandemia ha provocado una crisis informativa, causada por la abundancia de noticias reales o falsas que saturan las redes sociales y confunden o distraen a las personas, sobre las dimensiones reales del grave problema de salud que actualmente enfrenta la humanidad. La “infodemia” es la otra enfermedad que acumula diagnósticos falsos y ofrece remedios milagrosos o de plano niega la existencia del covid 19, y atribuye todo este alboroto a una conspiración de los gobiernos para inocular, por la vía intravenosa, un dispositivo controlador de las mentes y los cuerpos de esta evolucionada familia de la grey de los primates.

Desde luego, dichas opiniones no valdrían comentario alguno si la gente no las creyera y las pusiera en práctica, para desconocer los protocolos sanitarios, acudir a eventos familiares y espectáculos masivos, rechazar la vacuna proverbial o de plano hacer propaganda activa de este conjunto de supercherías, cuyo efecto no solo es irresponsable, sino criminal. La doxa, según Platón, es un conocimiento engañoso, sin pruebas ni argumentos, basado en la percepción inmediata de los sentidos, más propio de las sociedades agrarias o del “pensamiento salvaje” y no de las ciencias, cuya evolución en la rama de la microbiología o la genética rebasa con mucho la sabiduría popular. 

En este contexto, la negación de la tragedia, cuyas cifras oficiales en México nos acercan a las 170 000 defunciones y a casi 2,000, 000 de contagios, sigue siendo un tema esencial para la comprensión de nuestras reacciones colectivas que, en apariencia, son contrarias a la supervivencia de nuestra propia especie; aunque también pudieran funcionar como un mecanismo de autodefensa, según lo pensaba el viejo Freud, para reprimir el dolor que nos daña la existencia emocional en el tiempo presente.

La condición humana, pensaba Hannah Arendt, oscila en tres dimensiones o niveles de actuación: labor, trabajo y acción; los cuales están dominados por el ciclo fundamental del nacimiento y la muerte. Corresponden a la labor los procesos biológicos del cuerpo, las tareas de alimentación y reproducción, como sucede con el resto de los animales; en cambio, el trabajo es un ejercicio artificial y propio del ser humano; la fabricación de herramientas o de utensilios le aseguran un lugar más allá de la naturaleza y lo “protegen de ella”. El trabajo inaugura la creación de los objetos, su “reificación” y también la dependencia de ellos, pues se erigen en una fortaleza frente a las realidades terrestres que lo rodean. Finalmente, aparece la acción, que para Arendt será el segundo nacimiento del hombre en el mundo, su revelación como ser político que se congrega en la ciudad para realizar el bien común.

En este punto, es clara la influencia de Aristóteles en el pensamiento de Hannah Arendt, aunque difiere de su maestro respecto a que el “hombre es un animal político”, pues para ella, la sociabilidad no es la esencia del hombre, sino el desarrollo de sus potencialidades en la acción; lo cual implica el fortalecimiento de los vínculos humanos en un ambiente de libertad, fraternidad y solidaridad. Desde luego, reconoce que este equilibrio ciudadano es muy frágil y, sin la prevención oportuna, puede caer en la tiranía, que no sólo se impone desde las esferas del poder político, sino con las modernas fuerzas de la producción y las leyes del mercado.

Y justamente, para el psicólogo Erich Fromm la condición del hombre moderno es su alienación a las fuerzas del mercado, al consumo; es un ser enajenado por el trabajo que lo encadena a un ciclo sin fin; pues la faena ya no es, como pensaba Arendt, un instrumento liberador sino una condena que lo convierte en parte de un engranaje empresarial burocratizado, basado en las reglas del cálculo y las estadísticas, donde cada individuo se convierte en un número, en un “átomo productivo”. 

Para Erich Fromm, quien expone desde los tiempos de la guerra fría, la tiranía se ha impuesto por las polaridades del capitalismo y el socialismo, las cuales han reducido al hombre a la condición de autómata. Escribe: “El Evangelio, preocupado únicamente por la salvación espiritual, condujo al establecimiento de la Iglesia Católica Romana; la Revolución Francesa, interesada exclusivamente en la reforma política, trajo a Robespierre y Napoleón; el socialismo, en la medida en que sólo se propuso el cambio económico, dio a luz al estalinismo” y al capitalismo, cuyo hijo rapaz fue el neoliberalismo, que aceleró la extrema tensión de las desigualdades sociales y la depredación planetaria.

Para salir de este atolladero,  Erich Fromm propone recomponer los principios de solidaridad y amor cristiano entre los seres humanos; desterrar los excesos del consumo que convierten al hombre “en un lactante frustrado”, obligado a engullir toda clase de productos y lo transforman en una especie de golem, desconcertado y violento; es necesario también imaginar nuevas formas de participación ciudadana en los asuntos públicos y, sobre todo, avanzar en un renovado proceso educativo para devolver a las personas la confianza en sí mismas, y no en los valores materiales, para que recuperen su valentía, imaginación y sus capacidades de gozar y de amar.

Y en este mismo orden de ideas, Edgar Morin sostiene que los individuos viven ajenos al gran relato universal que los constituye, pues “el ser humano es a la vez físico, biológico, psíquico, cultural, social, histórico” y para recuperar esta identidad es necesario reinsertarnos en la cosmogonía que nos vincula necesariamente con procesos tan lejanos como la creación del universo, del sistema planetario, el origen de la Tierra y la evolución de la vida, la aparición de los mamíferos y los primates, etcétera.  Concluye el pensador francés: “habrá que señalar el complejo de crisis planetaria que marca el siglo XXI, mostrando que todos los humanos, en adelante confrontados a los mismos problemas de vida y de muerte, viven una misma comunidad de destino.”

Así, aunque la condición humana esté sujeta al ciclo de la vida y la muerte, también impera la conciencia del milagro temporal de nuestro ser en el mundo. 

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