Opinión


La conspiranoia, cada vez más peligrosa y más cerca de nosotros

La conspiranoia, cada vez más peligrosa y más cerca de nosotros | La Crónica de Hoy

Hace un par de semanas me incorporé a un par de chats de Whatsapp vecinales, pues quiero implicarme más en las cuestiones del barrio, algo que considero casi un deber ciudadano. En uno de ellos, se comparten propuestas de múltiples negocios en la zona, desde panqués hasta caretas sanitarias pasando por vinos y garnachas de todo tipo. Nunca imaginé que de la nada aparecería allí una desgastante discusión sobre el dióxido de cloro, un producto químico que se usa como desinfectante industrial y potabilizador de agua pero que, en los últimos meses se vende como producto milagro para curar la COVID-19.

Ante mi horror aparecieron hasta cuatro vecinos y vecinas que defendieron a ultranza este producto, contra el que múltiples organismos como la OMS y comunidades científicas alertan que es peligroso para la salud. De nada sirvieron mis advertencias basadas en reportes con evidencia científica: “A mi marido le desapareció la tos”. “A mis hijos (¡qué espanto!) les sirve”. Los intentos de razonar fueron fútiles, y el argumento conspiranoico (la OMS nos quiere enfermos) no tardó en aparecer. Imposible fue hacer comprender que, si la OMS estudió la utilidad de la hidroxicloroquina, no hay razón para pensar que ante el menor indicio de viabilidad se hubiera estudiado también de manera científico el uso del dióxido de cloro.

El dióxido de cloro en realidad se vende de forma fraudulenta desde hace décadas como producto milagro para cualquier cosa que gusten. Cáncer, sida, y ahora, COVID-19. Y la persecución legal de su venta es enormemente complicada dado que es un producto completamente legal y legítimo para uso industrial.

La discusión terminó como había empezado y, pese a la evidencia presentada, esas personas continuarán tomando este compuesto. Sentenciaron que, si soy periodista, debería informarme mejor. Nada de esto es sorprendente: Tal es la popularidad que está adquiriendo el dióxido de cloro que el parlamento de Bolivia llegó a debatir aprobarlo para combatir a la COVID-19.

El ejemplo de mi chat vecinal sirve para entender que debemos ser conscientes de que este tipo de creencias, basadas en lo que en inglés llaman wishful thinking, es decir, algo así como pensamiento del convencimiento, no son un ente abstracto y lejano. No, están cerca de nosotros y son cada vez más peligrosas.

Es importante comprender que la creencia en estas teorías es, fundamentalmente, una reacción ante el miedo. En este caso, el miedo ante una pandemia por la que no tenemos explicaciones claras y ante la que no hay soluciones efectivas. El miedo a contagiarse y morir o a perder a seres queridos.

En esencia, se trata de miedo a lo que no comprendemos. Nuestros ancestros crearon a los Dioses porque no comprendían el origen del mundo ni los fenómenos naturales, y algunos de nuestros congéneres creen ahora que la Tierra es plana porque no comprenden la física del espacio ni el universo. Otros rechazan las vacunas porque no comprenden lo más básico de su mecanismo de acción.

No es ningún secreto que teorías como estas han existido siempre, pero su crecimiento en los últimos años se explica por las redes sociales, que han sacado del aislamiento a estas personas y les han brindado la oportunidad de contactar con iguales. De repente, el raro de la familia, el raro del barrio, consigue una importante validación social a través de la aceptación en grupos dedicados a estas creencias.

Esta conectividad está pervirtiendo las oportunidades que nos ofrece la sociedad de la información, y ha sido fundamental para algo más o menos inocuo como la aparición de congresos de tierraplanistas en EU, pero también de algo más peligroso como es la proliferación del movimiento antivacunas. Esto llevó, por ejemplo, a que en 2019, Estados Unidos viera los primeros brotes importantes de sarampión en décadas.

Las teorías de la conspiración ya no son divertidas. No es chistoso que alguna gente pueda estar tan desinformada que llegue a poner su vida en riesgo. Hace días leía sobre el caso de Sean Walsh, un joven de 23 años que murió de cáncer en Reino Unido tras rechazar la quimioterapia y apostar por curas alternativas sobre las que indagaba en las redes sociales.

Si esto continúa así, nos arriesgamos a desarrollar una sociedad en que la ciencia pierda el sentido y el conocimiento deje de ser colectivo para pasar a ser una subjetividad individual. ¿Qué diría ahora Sean sobre las curas alternativas para el cáncer si pudiera?

¿Y qué podemos hacer? En el corto plazo, los expertos recomiendan empatizar y aproximar los debates con cuidado y sin descalificaciones, ofreciendo argumentos con respeto. En el largo: Educación, educación y más educación. ¿Cuántas vidas se hubieran salvado o se podrían salvar todavía en México si existiera una educación pública de calidad que enseñara conocimiento basado en la ciencia a los niños? Recuerdo a Esteban, un mecánico que relató a Crónica que no creía que la COVID-19 fuera real y, por su ignorancia y negligencia, su madre se contagió y falleció. “Si hubiera reaccionado antes quizás mi madre seguiría conmigo ahora, pero lo perdí todo”, relataba. Todos nosotros debemos reaccionar rápido para evitar que esta espiral de desinformación prosiga y perdamos en una generación todo lo que la ciencia y la sociedad del conocimiento ha construido durante los últimos dos siglos.

 

marcelsanroma@gmail.com

 

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