Opinión


La cumbre de febrero

La cumbre de febrero | La Crónica de Hoy

En poco menos de un mes, Roma será un hervidero de gente de todo el mundo. El papa Francisco convocó a una reunión cumbre de los presidentes de las conferencias de obispos de todos los países del mundo. El propósito es abordar el delicado problema de los abusos sexuales.

A diferencia de otras épocas en las que se estimaba que la voluntad del Santo Padre sólo debía manifestarse para que, como un gigantesco dominó, la Iglesia se manifestara en su conjunto en favor de lo que el Papa pidiera, en esta ocasión hay serias dudas acerca de la disposición de un número importante de cardenales y obispos para atender lo que el Papa pide.

Baste señalar que, en la primera semana de este año, el papa Francisco había pedido a los obispos de Estados Unidos que dedicaran cinco días a un retiro en el seminario de Mundelein, en el estado de Illinois, muy cerca de la ciudad de Chicago. La respuesta fue desgarradora: sólo 60 por ciento de los obispos de EU obedeció al Santo Padre. Hubo quienes, como en el caso del obispo de Luis Zarama, prefirieron quedarse en su diócesis a consagrar un nuevo órgano.

Zarama, originalmente colombiano, es un obispo con una larga historia de contradecir flagrantemente al Papa. Pocas semanas después de que Francisco fuera electo, en mayo de 2013, Alejandro Solalinde organizó una peregrinación desde México hasta Estados Unidos para llamar la atención de los graves peligros que los migrantes enfrentan. El señor Zarama era entonces obispo auxiliar de Atlanta, a cargo de las personas de habla española. En esa condición, le prohibió a Solalinde usar cualquier templo de la arquidiócesis de Atlanta para cualquier tipo de actividad. Hubo otros, cuatro de cada diez, que como Zarama estimaron que era una pérdida de tiempo ir a Mundelein y reflexionar y pedirle a Dios ayuda para discernir el tipo de crisis que vive la Iglesia como resultado de los abusos, tanto en Estados Unidos como en muchos otros países.

Gracias a lo ocurrido en Mundelein y a las reacciones que se perciben de los presidentes de las conferencias nacionales de obispos, es que muchos analistas de lo que ocurre en Roma estiman que la cumbre de febrero será un proverbial parto de los montes. El Papa, no lo dudemos, pondrá lo mejor de sí y es muy probable que lo hagan también sus colaboradores. Es simplemente que, a escala nacional, los obispos de América Latina, Asia y África, tienen pocos o nulos incentivos para tomarse en serio la crisis que enfrenta la Iglesia. No les preocupa el efecto de espantapájaros que la crisis tiene en los jóvenes, para acercarse a la Iglesia. Tampoco les preocupan los medios y menos les importa lo que pudieran hacer policías y jueces.

Es ahí donde está el núcleo del problema. Mientras los sistemas de justicia de los distintos países no se tomen en serio el problema del abuso sexual, dentro de las iglesias o en alguna otra institución, incluida la familia, no hay razones de fondo para que los obispos se preocupen. Están confiados en que podrán seguir negociando con los jueces y policías locales condiciones favorables tanto para ellos como para los depredadores sexuales a quienes defienden y protegen.

No basta, pues, el impulso de un hombre como Francisco que ha sabido cambiar de actitud, como pocos octogenarios estarían dispuestos a hacerlo. Es necesario un cambio más profundo, sistémico, un cambio de la base de la Iglesia y la sociedad: las personas, y eso no pueden hacerlo ni el Papa ni Dios solos por su cuenta.

 


manuelggranados@gmail.com

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