Opinión


La desarticulación de la Seguridad Nacional

La desarticulación de la Seguridad Nacional | La Crónica de Hoy

Uno de los más insistentes llamados de las organizaciones ciudadanas al presidente Andrés Manuel López Obrador durante la construcción de la Guardia Nacional fue que en el afán de priorizar la seguridad pública con militares y personal de élite se estaba olvidando de la seguridad nacional y exterior en un país con casi nueve mil kilómetros de fronteras, al lado de Estados Unidos y asediado por los más crueles y lucrativos delitos internacionales.

La aparición esta semana de dos destacados miembros de los cárteles israelitas en la Ciudad de México, Alon Azulay y Ben Sutji asesinados a plena luz del día, a la vista de comensales en un restaurante de una plaza comercial, refleja apenas la punta del iceberg de los riesgos a los que el territorio se enfrenta en el mapa del crimen organizado mundial.

Y sobre todo, revela la forma en que este gobierno ha desarticulado la operación de inteligencia y seguridad de las instancias policiacas y militares, incluso si se tratara —como existe ya una sospecha— de un evento armado al estilo hollywoodesco para responder a la presión migratoria de Estados Unidos, con evidencia gráfica del combate y detención de terroristas y criminales internacionales en territorio mexicano.

Lo cierto es que el país está ya dentro de los territorios con mayor riesgos de trata de personas que amenaza particularmente a mujeres y menores de edad;  piratería en mar abierto con organizaciones delictivas que han ampliado sus alcances;  novedosos delitos por aire incluyendo secuestro de aeronaves y un escandaloso menosprecio por la vida humana que de 2017 a 2018 elevó de manera escandalosa el número de asesinatos relacionados con conflictos armados al pasar de 89 mil a 460 mil personas, según la Organización de las Naciones Unidas que en el avance para este año 2019 ya alerta acerca de la Ciudad de México como una de las más violentas del planeta.

Pero es la escalada de violencia y la actuación descarada de hacerlo,  lo que llama profundamente la atención sobre la muy rápida y grave desarticulación de la seguridad que hasta hace poco efectuaba los mismos golpes, pero en silencio, con una extrema precisión, con la discreción exigida por los concurrentes de otras naciones y sin revelación de información.

Las labores de inteligencia que de manera combinada realizaba particularmente la Secretaría de Marina con  los organismos de investigación de Estados Unidos, como la DEA, la CIA y el FBI, incluso a nivel internacional con la Interpol que permitía en conocimiento perfecto de las fichas rojas y de la situación personal de delincuentes de alta peligrosidad. El intercambio de información por su parte del Ejército mexicano con respecto al desplazamiento interno de las bandas de producción, comercio y trasiego.

La coordinación que realizaban los elementos del Centro de Inteligencia Nacional, de las fuerzas especiales y de élite de las fuerzas armadas, de los grupos de investigación de la Ministerial,  infiltrados y grupos especiales de la Policía Federal, entre otros, que hoy simplemente ya no existen porque no pueden operar en las actuales condiciones de disputa, rencillas, división y sometimiento de unos contra otros.

El presidente, como se alertó, se dedicó a desarticular al aparato policiaco federal y con ello, al de la Ciudad de México, no obstante las advertencias sobre una creciente peligrosidad que le hicieron las organizaciones sociales, de los organismos internacionales y de las evidencias de drogas, armas y personas que distaban cada vez más de lo común, que eran cada vez más sofisticadas.

Aunque mediática y diplomáticamente sea aceptable una queja del gobierno mexicano a la Embajada Israelí por no haber notificado la situación de libertad de los criminales, también es verdad que existe una base de datos mundial de seguimiento, particularmente cuando las huellas dactilares y datos físicos ya fueron recabados en México porque se sabe que varios miembros de la misma banda israelí estuvieron detenidos en prisiones mexicanas.

La ocupación del gobierno, en todo caso, no debe ser la forma de abatir a esos criminales, sino la libertad con la que ya se desplazan en el territorio y la preocupación de la sociedad es la pasividad con que hasta el momento el gobierno no determina dar un gran golpe de autoridad contra esas bandas.

Lo inquietante de los hechos de Plaza Artz es justamente que tuvieran que ser de Tláhuac o Tepito, bandas delincuenciales, con una sicaria, que aunque perteneciente al mundo criminal es resaltada en redes sociales como heroína, la que pusiera un alto a delincuentes internacionales.  Hazme el favor, dirían los clásicos.

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