Opinión


La doble herencia de 1968

La doble herencia de 1968 | La Crónica de Hoy

El movimiento estudiantil de 1968 fue un rayo en cielo sereno. En un plazo muy corto, 8 semanas, los estudiantes, con su acción, suscitaron una crisis del sistema político autoritario que emergió de la Revolución Mexicana y pusieron en alto la bandera de la democracia política.

El movimiento no produjo, de inmediato, la democracia, pero sí desencadenó procesos políticos que dieron lugar a la reforma política de 1977 que abrió de manera perdurable la participación de los grupos de oposición en las contiendas electorales. Otro de esos procesos, de signo contrario, fue la lucha guerrillera que tuvo su apogeo en los años 70.

Es imposible explicar las sucesivas reformas electorales de carácter democrático sin 1968. La creación de un árbitro imparcial en las elecciones cambió el rumbo de la historia nacional. La alternancia del año 2000 y el triunfo de Andrés Manuel López Obrador fueron, sin duda, consecuencia de esos cambios democráticos.

Las reformas electorales fueron la primera herencia del movimiento; la segunda fue el activismo político revolucionario que se desencadenó por todos los tumbos del país como consecuencia de la masacre de Tlatelolco. La experiencia de ese acto brutal llevó a grandes masas de jóvenes a abandonar su confianza en los métodos pacíficos y legales para cambiar el orden político del país: el camino, concluyeron ellos, no era la ley y las instituciones públicas, sino la lucha revolucionaria contra el Estado capitalista.

Miles y miles de jóvenes abandonaron la universidad para unirse a grupos armados o incorporarse a organizaciones políticas que actuaban en colonias populares, ejidos y sindicatos y que buscaban a través del activismo, sublevar al pueblo contra el régimen del PRI.

La matanza de estudiantes del 2 de octubre fue la chispa que encendió la pradera. Desde esa fecha en adelante, durante muchos años, se extendió la ola del descontento por todo el país; fue un fenómeno a ras de suelo, un movimiento de politización de la sociedad que escapó al control de las autoridades y que transformó las creencias y actitudes políticas de conglomerados inmensos de la población. Ese activismo desparramó en todas direcciones la irritación, el malestar social y el rechazo a la política oficial.

Fue un proceso que, gradualmente, sacó de su indiferencia a muchos ciudadanos de clase media o de condición humilde para convertirlos en militantes de la lucha “contra el Estado”. Ese malestar multiplicado cristalizó en las elecciones de julio de 2018 y en el triunfo de Andrés Manuel López Obrador.

1968, en estricto sentido, no produjo una cultura democrática. En cinco décadas, México experimentó decenas o centenas de movimientos de protesta que tuvieron motivos muy distintos pero que, invariablemente, se expresaron a través de métodos y discursos no racionales, ni democráticos.

Fue un ingreso, si se quiere, salvaje, a la política, que no se fundamentó en el respeto a la ley y a los derechos de los demás, sino que siguió la ruta del permanente desafío al Estado.  El resultado final, está a la vista: una sociedad altamente politizada, sacudida recurrentemente por acciones colectivas que desbordan la ley y que guardan poco respeto por el derecho de los demás, un Estado débil y una clase media preocupada, pero distante, que observa temerosa la historia que transcurre ante sus ojos. Tal fue la doble herencia política de 2018.

 

Gilberto Guevara Niebla

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