Escenario


La eutanasia en el cine: “¿Hasta qué punto es lícito mantener el dolor de un ser humano?”

COORDENADA CRÓNICA: Como parte del proyecto colaborativo con secciones de Mundo y Academia, recopilamos algunos de los filmes indispensables que han reflexionado sobre la muerte asistida

La eutanasia en el cine: “¿Hasta qué punto es lícito mantener el dolor de un ser humano?” | La Crónica de Hoy

Foto: (Especial) Mar adentro formó parte del debate en torno a la aplicación de un protocolo de sedación paliativa por los médicos de Leganés

“¿No le parece a usted que lo demagógico es decir ‘muerte con dignidad’? ¿Por qué no se deja de eufemismo y lo dice simple y llanamente, con toda su crudeza, ‘me quito la vida’?”, le pregunta el personaje de el Padre Francisco a Ramón Sanpedro, en la icónica película Mar adentro (2004). El sacerdote ha llegado en silla de ruedas para tratar de convencerlo de que deponga su actitud de acabar con su vida.

“No deja de sorprenderme que demuestre tanta sensibilidad ante mi vida, teniendo en cuenta que la institución que usted representa acepta el día de hoy nada menos que la pena de muerte y ha condenado durante siglos a la hoguera a los que no pensaban correctamente”, le responde Sanpedro interpretado extraordinariamente por Javier Bardem.

Padre Francisco: “Amigo Ramón, una libertad que elimina la vida no es libertad”. Finalmente, le responde Ramón: “¡Y una vida que elimina la libertad tampoco es vida! Y no me llame amigo. Y déjeme en paz, hombre”, cierra contundentemente.

Esta película de Alejandro Amenábar formó parte en su momento del debate en torno a la aplicación de un protocolo de sedación paliativa por los médicos de Leganés (Madrid): “Es una película sobre la muerte, pero desde el punto de vista de la vida”, dijo el cineasta en sus entrevistas promocionales. Inspirada en hechos reales narra la historia de Ramón Sampedro, un hombre tetrapléjico que durante 25 años luchó para conseguir una muerte digna y cuyo caso desencadenó un gran debate social, pues acudió varias veces a los tribunales expresando su deseo de morir legalmente, pero fue inútil.

Fotograma de Baile de ilusiones (1969).

Etimológicamente la palabra “eutanasia” sólo significa “buena muerte”. Pero históricamente este término se ha utilizado para describir actuaciones muy variadas en contenido, destinadas a facilitar la muerte del enfermo desahuciado. Habitualmente han sido prácticas realizadas por los médicos, pero no sólo ni siempre. Para tratar de facilitar la valoración moral de dichas prácticas variadas se le fueron añadiendo a la palabra eutanasia adjetivos como “activa o pasiva”, “directa o indirecta”, “positiva o negativa”, que al final han generado una gran confusión dentro del debate ético que genera.

En cualquier caso, cuando no existe petición expresa del paciente, quizás el término más preciso a utilizar es “homicidio”, con el atenuante de la “compasión” o la “piedad”. Con esta aclaración comenzamos a hacer un recopilatorio de películas sobre la eutanasia, en las que se quedan fuera títulos como Amour, de Michael Haneke; Betty blue, de Jean-Jacques Beineix, o Mi vida sin mí, de Isabel Coixet.

Uno de los primeros grandes títulos que habla sobre el tema es El mayor espectáculo del mundo (1952), de Cecil B. DeMille, en la que el legendario James Stewart da vida a un médico acusado del homicidio de su esposa, quien tenía una enfermedad terminal, después de unos años tiene una vida como payaso de un popular circo, pero sale a la luz el debate sobre el derecho a una vida digna.

“¿Por qué la has matado?”, preguntó el policía que estaba sentado junto a mí. “Ella me lo pidió”. “¿Lo has oído, Ben?”. “Es un chico muy servicial”, dijo Ben. “¿Ese es el único motivo que tenías?”, preguntó el policía. “¿Acaso no matan a los caballos?”, respondí. Este diálogo pertenece al libro ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, en el que se basa la película Baile de ilusiones (1969), un profundo análisis de la naturaleza del hombre entre las cuatro paredes de un salón de baile. En uno de los últimos momentos el personaje de Robert se presta a ayudar al de Gloria cuando ella no tiene valor para dispararse en la sien, comparando el acto de matar a una persona que está sufriendo con la acción de sacrificar a un caballo herido.

Imagen de Johnny cogió su fusil (1971)

Quizás la más brutal e inmisericorde de las películas de este recuento es Johnny cogió su fusil (1971), de Dalton Trumbo. Presenta la historia de un joven soldado que despierta confundido en un hospital. Está ciego, sordo, mudo y no tiene brazos ni piernas. No tiene ni rostro. Su cuerpo es un trozo de carne cuyo corazón late. Él es consciente de todo, pero nadie lo sabe. Es como si estuviese en una suerte de purgatorio. Tan solo busca morir de una vez. Pero la espera es larga y agónica.

“¿Qué es mejor? ¿Matar a Johnny o prolongar su tortura mientras se encuentra como un vegetal? ¿Es la mejor opción? ¿La menos mala? Indudablemente, sigue teniendo vida, sigue siendo un ser humano, sigue sufriendo. Pero ¿hasta qué punto es lícito mantener el dolor de un ser humano en favor de su derecho a la vida? ¿No es cruel en este caso?”, se pregunta el personaje del jefe del hospital. “¿Es que puede querer Johnny en estas condiciones otra cosa que la muerte?”. De repente aquel medio cuerpo se agita... Ha tenido una idea: Podría ser entre la gente un testimonio vivo en contra de la guerra. Y dice:

“Quiero que me saquen de aquí, que me llevn por los caminos, que me exhiban por esos circos... Y que la gente aplauda, silve, ría o llore, pero que se entere de que este muchacho de veinte años es un trozo de carne por haber cometido la torpeza de coger un fusil”. Un diálogo tremendo.

En los años 70, también apareció Cuando el destino nos alcance (1973), que se desarrolla en Nueva York en el 2022, cuando la población ha crecido hasta los cuarenta millones de habitantes, que viven en una gran miseria, hacinados sin la menor esperanza de progreso. La película reflexiona sobre varios temas, entre ellos la eutanasia, aunque el más importante sea la comida cuando en el mundo ya no hay matera prima de la que extraerla, si no fuera por la posibilidad de globalizar la eutanasia.

Casi una década después llegó Un acto de amor (1980), de Jud Taylor, que es la adaptación televisiva de un libro de Judith Paige Mitchell que gira en torno a un joven de ascendencia polaca, Joseph Cybulkowski (Mickey Rourke), quien quedó paralítico tras un accidente de coche. Su hermano Leon (Ron Howard), en un acto de compasión, acaba con su vida y se entrega a las autoridades. Entonces se convierte en el centro de atención de la ley, que lo acusa de asesinato.

Mi vida es mía (1981), de John Badham.

Un año después llegó Mi vida es mía (1981), de John Badham, que sigue a Ken Harrison (Richard Dreyfuss), un escultor que un día tiene un accidente de coche y queda totalmente paralizado. Su nueva y durísima situación lo desespera hasta el límite de plantearse si es más digno acabar directamente con su vida a través de la eutanasia.

En los años 90 destaca el título de El sabor de las cerezas (1997), del reconocido Abbas Kiarostami, con la intensa película sobre un hombre que busca un testigo de su propia muerte, quiere suicidarse y necesita a alguien que le ayude en su objetivo, alguien que le dé sepultura después de que se haya suicidado. En el tiempo que dura esa búsqueda, van apareciendo individuos que le recuerdan instintos, sentimientos, placeres, convicciones... por las que él ha vivido hasta ahora y por las que, tal vez, debería seguir adelante. En esta película lo que importa es la reflexión sobre la vida y la muerte, la decisión de un hombre cansado de vivir en un mundo que no desea.

También estuvo Cosas que importan (1998), de Carl Franklin, un melodrama protagonizado por Meryl Streep que sigue la historia de Ellen Gulden (Reneé Zellweger), una periodista que recibe la noticia de que su madre está terriblemente enferma. Ella irá a acompañarla en sus últimos días de vida, ocasión que le servirá para conocer mejor esos aspectos del pasado de su familia que siempre se habían mantenido ocultos. El problema de la eutanasia está latente en el film, con referencias a ella y explícita petición de la madre, hasta el desarrollo final.

En el nuevo milenio también hay un puñado de títulos destacados. Comenzamos con Las invasiones bárbaras (2003), de Denys Arcand, en una obra coral sobre los beneficios del uso de los drogas con fines terapéuticos y con una historia sobre defender con naturalidad una muerte digna para quienes así lo elijan, convirtiendo en un auténtico drama esta amarga comedia.

Million dollar baby (2004).

Sin duda uno de los títulos más populares es el de Million dollar baby (2004), obra maestra dirigida y protagonizada por Clint Eastwood que presenta la historia de Maggie Fitzgerald (Hilary Swank), una boxeadora de élite que durante uno de sus combates queda tetrapléjica. Como la eutanasia no entra dentro de los límites de la ley, ella trata de suicidarse por todos los medios. En este filme se percibe sinceridad en su director al plantear la duda moral entre un pretendido “derecho a morir” y la licitud al dejar de poner medios extraordinarios para mantener la vida.

También destaca Good (2008), de Vicente Amorim. En plena Alemania nazi, John Halder, mediocre profesor de Literatura, recibe el encargo de escribir una novela en la que explora sus circunstancias familiares y defiende la eutanasia. Varios políticos usan el libro para apoyar la propaganda gubernamental, y la carrera de Halder como escritor despega. Un hombre bienintencionado pero débil de carácter que, en un proceso no buscado pero por el que se deja llevar, sustituye el dominio que sobre él ejercen su esposa y su madre por el de su joven amante y, sobre todo, el partido nazi y las SS, de las que termina formando parte como una especie de “legitimador ético”.

El realizador Nick Cassavetes también estrenó La decisión de Anne (2009), en la cual se cuenta la historia de una familia que cambia cuando a Anne, una de las hijas de Sara y Brian Fitzgerald le diagnostican leucemia. La pequeña decide ponerse en manos de un abogado con la ayuda de sus dos hermanos para hacer entender a la madre, que debe dejar sus obsesiones y obcecaciones y comprender la evidencia: su hija se muere y no hay razón para implicar a toda la familia en una salvación imposible.

La decisión de Anne (2009).

También tenemos el filme No conoces a Jack (2010), de Barry Levinson. Biopic del doctor Jack Kevorkian, más conocido como “Doctor Muerte”, médico anátomo-patólogo, de ascendencia Armenia, un adalid de los derechos a morir con dignidad, en pacientes terminales. Desde principios de los años 90 hasta hoy, fue la principal figura pública en el debate sobre la eutanasia. Al mismo tiempo que se implicó en más de 130 casos de suicido asistido, Kevorkian protagonizó un frenesí mediático con interminables batallas legales en las que defendía el derecho a morir de sus pacientes.

Muy pocas películas que reflexionen sobre la eutanasia se lo toman con tanto humor como La fiesta de despedida (2014), dirigida por Tal Granit y Sharon Maymon. La película sigue a un grupo de amigos de una residencia de ancianos de Jerusalén que idea una máquina para acabar con la vida de los enfermos terminales. Sin embargo, cuando se extiende el rumor de que existe un producto indoloro para acabar con el sufrimiento, el resto de ancianos de la residencia les piden ser eutanasiados, lo que abre un enorme dilema ético y moral.

Finalmente, tenemos Corazón silencioso (2014), un drama dirigido por la leyenda del cine danés Bille August que presenta la historia de tres generaciones de una misma familia que se reúnen en torno a la figura de la matriarca, enferma terminal, para poner fin a su vida. Sin embargo, ese “último fin de semana juntos” abre viejas heridas y no todos estarán de acuerdo con la decisión de la mujer. De este filme hubo un remake llamado La decisión (2019), protagonizado por Susan Sarandon, Sam Neill, Kate Winslet, Mia Wasikowska y Rainn Wilson. 

No conoces a Jack (2010), de Barry Levinson.

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