Opinión


La función política de los intelectuales

La función política de los intelectuales | La Crónica de Hoy

El llamado de un grupo de intelectuales para crear un bloque opositor ciudadano que funcione como un contrapeso frente a la deriva autoritaria que se promueve desde el poder político, pone en discusión el papel que debe desempeñar la cultura en defensa de las instituciones democráticas.

Es un hecho irrefutable que toda transformación política implica una renovación cultural, por ello urge reflexionar sobre los componentes ideológicos de la estrategia de López Obrador para impulsar su programa de cambios radicales. Lo primero que salta a la vista es que dichas modificaciones adolecen de fundamentos ideales. Ignoramos en qué consisten los valores que persigue, cómo utilizará el enorme consenso social acumulado y cuáles serán los límites del inmenso poder alcanzado.

Para complicar las cosas, en su círculo más cercano de colaboradores no se vislumbran pensadores que den sustento cultural a su gobierno. Si acaso, solo aparecen propagandistas y aduladores mediáticos cuya tarea es defender a ultranza la imagen presidencial edificando un preocupante culto a la personalidad del líder. A lo anterior se suma un creciente acoso a la libre reflexión que se traduce paulatinamente en censura y persecución contra quienes manifiestan abiertamente su disenso respecto del rumbo que México está adoptando.

El filósofo de la política Norberto Bobbio en su obra Política y Cultura (1955), afirma que los intelectuales representan una categoría o grupo social que desempeña actividades no manuales, que requiere de un alto nivel de instrucción y que se relaciona con la difusión de las ideas y el pensamiento crítico. Sostiene que son escritores comprometidos que ejercen influencia en las cuestiones políticas y la opinión pública. Tampoco olvida la importancia que tiene su capacidad para problematizar las cuestiones relevantes de nuestras sociedades. Decir la verdad y practicar la libertad representa su esencia más profunda. La sociedad de consumo y del tiempo libre ha producido nuevos tipos de intelectual, como el conversador, el moderador no vinculado políticamente o el experto en estudios sociales que intenta identificar las tendencias de la época.

El intelectual es un arquetipo del presente que proyecta diferentes dimensiones de la cultura, que se encuentra comprometido con la libertad y la crítica sistemática del poder. Es un pensador humanista que cuestiona a los sistemas autoritarios. Su imagen cambia de acuerdo con la sociedad y los tiempos en que vive, así como por las funciones que desempeña. Encarna a un personaje que estimula el debate y la tolerancia. Muchas de sus ideas iluminan el camino hacia la democracia. No se le puede encasillar en ninguna escuela o tradición de pensamiento, porque es anti dogmático por excelencia, siempre creativo, difícil de clasificar y más aún de silenciar.

El trabajo del intelectual expresa un profundo compromiso civil y se distingue de quienes detentan el poder económico o político, porque ejercita otro tipo de poder que se fundamenta en las ideas. No busca dar recetas a nadie, pero si brindar un itinerario para la modernidad y el pensamiento laico. No importa si el intelectual aparece como un provocador o un crítico fastidioso, como un educador o un sensible conversador, toda sociedad los requiere para dar forma a la opinión y al estado de ánimo de sus integrantes, así como para evidenciar las imágenes y modalidades del diálogo. Ellos resultan indispensables para las reuniones y celebraciones, para criticar y protestar, para cuestionar y organizar revoluciones. Pero, sobre todo, para denunciar cualquier expresión de la política autoritaria.

 

isidroh.cisneros@gmail.com
Twitter: @isidrohcisneros
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