Opinión


La furia chilena

La furia chilena | La Crónica de Hoy

Estas últimas dos semanas han estado marcadas por las movilizaciones de jóvenes en Chile. Se trata de un fenómeno que ya había ocurrido, pero el gobierno de aquel país no se preparó para atenderlo, como lo demuestra la errática decisión de intentar elevar el precio del transporte público, sin prestar atención a las consecuencias.

No es que ese haya sido el único factor. Chile arrastra desde la década pasada una severa crisis por la manera en que se quiso resolver uno de los problemas más graves de toda América Latina: el del acceso a la educación superior. Chile, siempre el niño aplicado del salón, quiso demostrarle al mundo que los mecanismos de mercado son suficientes para remediar el problema del acceso a la educación superior y en el pecado llevó la penitencia, pues—aunque no es tan cara como la que se ofrece a los jóvenes en Estados Unidos, la privatización de la educación superior en Chile tuvo efectos similares. Los jóvenes y/o sus familias deben contraer pesadas deudas que los acompañan casi toda su vida sin que, al final, el diploma les garantice el acceso a sueldos que les permitieran pagar los créditos.

Además de la crisis del modelo educativo, el transporte público en Santiago y su zona metropolitana está en otra crisis por razones similares. La realidad se los ha cobrado caro a los políticos chilenos que, obsesionados con no ser como Venezuela o como Bolivia e incluso con no ser como Argentina, han debido reconocer que el mercado por sí mismo no puede resolver el galimatías del transporte público.

Lo grave es que eso ya lo sabíamos de hace mucho tiempo. El fracaso del transporte “público” concesionado en el Estado de México lo demuestra, pero también lo demuestra que todos los sistemas de transporte público de las de las principales ciudades de Estados Unidos, Europa, Japón y Hong Kong, todos, subsidian en alguna medida el uso del transporte público.

No hay de otra. Para que haya camiones o Metro que recorran París, Nueva York,  Berlín o Hong Kong cuando no hay demanda, se necesitan mecanismos que no pueden ser de mercado. En Nueva York o Los Ángeles, lo mismo que en Ciudad de México, los niños y jóvenes que usan el Metro o autobuses para llegar a sus escuelas, o pagan tarifa reducida o reciben algún subsidio. Y problemas similares han ocurrido en Chile con los costos de la electricidad y las medicinas, que tampoco resisten operar de acuerdo a criterios de mercado.

Sebastián Piñera, adalid de la derecha latinoamericana, que todavía a principios de la semana que recién concluyó hizo la pinochetada de decir que los estudiantes eran “el enemigo”, que Chile estaba “en guerra” y de fotografiarse rodeado de militares y policías, tuvo que dar marcha atrás y anunciar un programa redistributivo. Demasiado tarde, pues la sangre ya había corrido, con más de 20 muertos, uno de los cuales fue un señor de más de 70 años afectado por Alzheimer, que no fue capaz de identificarse ante las autoridades chilenas. A pesar de ello, a diferencia de lo que Pinochet hizo en la época previa al Internet y el Whatsapp, a los jóvenes chilenos de hoy, no les espantó la frase “toque de queda” y la movilización continúa.

Nada de esta violencia era necesaria. Bastaba un poco de sensatez, de voltear la vista a lo que ocurre incluso en los países más desarrollados para saber que el dogmatismo en materia económica (o en cualquier otro asunto), es mal consejero y alienta la violencia. Ojalá todos aprendamos de lo ocurrido en Chile.

 

 

manuelggranados@gmail.com

 

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