Opinión


La generosidad de la ciencia

La generosidad de la ciencia | La Crónica de Hoy

La Academia Mexicana de Ciencias ha tenido un papel fundamental en la creación de una comunidad científica que se reconoce en las prácticas profesionales y en los valores en que se funda su compromiso con la docencia y la investigación. 
Son muchas y muy importantes las funciones que desempeña la Academia con el fin de estimular el amor a la ciencia, la búsqueda del conocimiento, el respeto al trabajo académico y una ética de la responsabilidad profesional que consiste, sobre todo, en valores implícitos que dan forma a una comunidad científica comprometida con el progreso del país. 
En ese medio se nutren los vínculos entre los científicos mexicanos, en un ambiente que fomenta el intercambio de ideas, la identificación de estándares de excelencia, el desarrollo de lazos intergeneracionales. Desafortunadamente en los tiempos que corren, la AMC no ha podido evitar las repercusiones del largo año en que la pandemia se ha apoderado de nuestra vida cotidiana, y tampoco ha podido escapar a la incertidumbre que nos agobia. Fue originalmente creada en 1959 como la Academia de la Investigación Científica, pero en los últimos treinta años adquirió un vigor del cual derivó relevancia como agente promotor de la presencia de la ciencia mexicana en el mundo exterior, así como de jóvenes científicos, y del desarrollo de un lenguaje común para la ciencia básica y las ciencias sociales. 
Son muchas y muy diversas las actividades de la AMC : organiza ciclos de conferencias, seminarios, debates, cursos, en fin, una amplia gama de actividades dirigidas todas al progreso nacional. Un capítulo notable de sus programas de difusión y divulgación de la ciencia han sido los concursos y las Olimpiadas de la Academia, dirigidas a niños y jóvenes que de esta manera entran en contacto con la ciencia y con el trabajo científico.
Ha habido concursos de matemáticas, olimpiadas de biología, de química, de geografía, de historia. Una experiencia ejemplar es el concurso anual de matemáticas dirigido a niños pequeños,  que creó Carlos Bosch en 1996, y que organiza con gran imaginación y generosidad. Él mismo diseña los cuestionarios, los clasifica por edad de los concursantes, organiza su aplicación y los califica. 
El concurso ha sido un éxito, como lo prueba el elevado número de participantes, el cual, en promedio, es de alrededor de 500 mil escolares. Repetidamente, los ganadores del concurso han participado en concursos internacionales donde han obtenido el primer lugar, y han acumulado 54 medallas de oro, 113 de plata, 239 de bronce y 117 menciones honoríficas. Carlos hizo este trabajo con toda discreción y escrúpulo, voluntariamente, por amor a las matemáticas y a un país en el que siempre ha creído.
Desde la primera vez que escuché la descripción del concurso de matemáticas me propuse hacer algo similar para Historia de México. Mi intención era fomentar el gusto por la historia entre niños y adolescentes, despertar talentos precoces, agitar vocaciones. Tenía la intuición de que el interés era grande inclusive entre los adultos, y presenté el proyecto a la mesa directiva de la AMC. Tuve la suerte de contar primero con el apoyo del entonces presidente, José Antonio de la Peña, y luego de su sucesor, Octavio Paredes, de la coordinadora ejecutiva de la Academia, Renata Villalba, y de una de sus funcionarias más eficaces, la incansable Carmen Quintanar.
Fui suertuda también con la respuesta que recibí de colegas historiadores jóvenes, que por edad y por la de sus hijos eran más cercanos a los concursantes que yo, y que, por lo tanto, tendrían más sensibilidad al tipo y a la forma de las preguntas que podíamos hacer a los concursantes. Empezamos en 2007. Los historiadores que integraron el comité organizador y que me acompañaron al inicio de esta aventura fueron Luis Aboites, Alfredo Ávila, Iván Escamilla, Graciela Márquez, Edith y Federico Navarrete, Érika Pani y Elisa Speckman. El grupo cambió en el tiempo. Se fueron unos y llegaron Berenice Alcántara, Ariel Rodríguez Kuri, Estela Roselló, Valeria Sánchez, Susana Sosenski, Erick Velázquez. Después de cuatro años Alfredo Ávila me siguió en la coordinación de la Olimpiada, y a él Valeria Sánchez. Mucho tengo que agradecer a todos y a cada uno de ellos: el tiempo, las ideas, la energía, la creatividad, el buen humor que aportaron a la Olimpiada.
Cada año se inscribieron al concurso entre 120 y 160 mil escolares. Estaba organizado en tres etapas eliminatorias: la primera consistía en un cuestionario de opción múltiple que resolvían los muchachos en su escuela (teníamos el apoyo de los delegados de la SEP en los estados); y los 100 primeros lugares pasaban a la segunda etapa que se celebraba en algún estado del país que nos invitaba. Así, cuando estuve al frente del comité organizador viajamos con 100 adolescentes excitadísimos a Querétaro, Veracruz, el Estado de México, Hidalgo y Guanajuato, donde se celebraba la tercera prueba en la que debían hacer un ejercicio de historiadores y contarnos la historia de su pueblo o de su familia con base en fotografías y documentos que debían traer para apoyarse en la elaboración de su relato. Llegó de todo: actas de nacimiento, fotos de boda, títulos de propiedad, recortes de periódico de una visita presidencial, y los muchachos narraron historias que les habían contado sus padres o sus abuelos, que ellos complementaban a su manera. Recuerdo que uno se quejó de que en su pueblo ya no se respetaban las tradiciones, y ejemplificaba: “Ya nadie oye a los Beatles”. Recuerdo a otro más que concluyó su historia con su propia versión del Suave Patria: un enfático “¡Yo daría la vida por San Juan del Río!”. Los cinco primeros lugares participaban en un concurso que entonces transmitía el canal 2 de televisión el domingo a medio día. Cada uno de los finalistas recibía una computadora, y el ganador un viaje a una zona arqueológica con dos personas más.
En toda mi carrera ninguna experiencia ha sido tan gratificante como la Olimpiada. Ver el entusiasmo de los jóvenes, la euforia con la que vivían el fin de semana del concurso nacional en un hotel bien acondicionado, el nerviosismo con que se enfrentaban a las pruebas, los esfuerzos de concentración, la ansiedad de la competencia, la satisfacción que les producía la convicción de que lo habían hecho bien. Si se angustiaban, compensaban rapidísimo la ansiedad con la emoción que les causaba pasar la noche fuera de casa, hacerse de amigos entre muchachos de otros estados. Les sorprendían la variedad y la abundancia de las comidas en el hotel: para el desayuno las mesas cargadas de fruta, chilaquiles, jugos, huevos al gusto, pan dulce; en la comida, mole, pozole, cecina, filetes, pollo rostizado, pizzas, arroz, flan, helado, pastel; y el menú se repetía a la hora de la cena. 
El comité calificaba estos ejercicios durante largas sesiones en las que permanecíamos encerrados leyendo, comparando textos. Algunos de ellos verdaderas joyas de ingenuidad y frescura. Lo más sorprendente fue que, mientras en los periódicos y en muchos de nuestros propios trabajos, México sólo tenía problemas y pasaba de una crisis a otra, los ensayos de nuestros concursantes contaban historias de éxito: el pueblo había crecido, la escuela tenía salones para cada grado escolar hasta tercero de secundaria, la gente caminaba dos horas en lugar de siete para llegar al pueblo vecino, como ocurría en el pasado, porque el gobierno había construido un gran puente, el papá era el primero de su familia que había ido a la universidad. 
Varios de los concursantes llegaban acompañados de sus papás o del maestro o la maestra que los había preparado para que “escribieran como los historiadores”, y ellos se acercaban a darnos las gracias por la oportunidad que habíamos dado a sus hijos. En San Miguel Regla, en agradecimiento, un grupo de niñas indígenas que venían de Chiapas nos cantó en coro, con vocecitas delgadas y antiguas una composición del maestro que las acompañaba. Por cierto, tuvimos que confesar, ante su incredulidad, que no conocíamos ni la canción ni al compositor.
Tengo entendido  que la terrible pandemia, que nos ha arrebatado tantas cosas, también ha sido un obstáculo para la continuidad de las olimpiadas y los concursos de la AMC, programas modestos, pero con un gran impacto. Ojalá y encontremos pronto la vacuna que los proteja de un virus que ha sido como un tornado que destruye todo a su paso y que no cesa.

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