Opinión


La guerra nueva, al parecer infinita como las otras

La guerra nueva, al parecer infinita como las otras | La Crónica de Hoy

Las guerras púnicas, las guerras médicas, la batalla de las Termópilas, la matanza de Cholula, el combate de Marengo, la victoria de Solferino, el campo de Austerlitz, el sitio de Cuautla,

la tarde de La Carbonera, la caída de Churubusco; la espada ya vuela en prenda; la guerra de los cien años, la de las Dos Rosas, las Cruzadas, la bomba de Hiroshima, el ataque de Pearl Harbor, la siesta de San Jacinto, la degollina de El Álamo, la batalla de Puebla, el Puente de Calderón; la noche del 2 de abril, la Noche Triste, el brazo en Celaya, la toma de Zacatecas; ruido de aceros y artillería, fusiles en vómito de llamarada cristiana; perdigones, balas, bombardas, cañones, culebrinas, arcos y flechas; macanas, escudos y espadas, lanzas, picas, caballos de galope bruto, cargas, sables y a fin de cuentas muerte, miles de millones de soldados con cuya sangre se ha escrito —del principio hasta ahora— la historia de la humanidad, porque ¿sabe usted?; la historia de los hombres ha sido hecha toda partir de guerras, de hachas, porras, ballestas y ahora, drones, proyectiles, misiles y satélites en el espacio.

Si el hombre no ha llevado la vida a los espacios siderales, sí ha llevado la muerte, o al menos sus instrumentos.

En México la guerra no ha conocido sus mejores momentos. Jamás ha peleado este ejército en contra de nadie, porque al norte tenemos un enemigo —los Estados Unidos—, cuya opulencia se debe en parte a su fiereza militar, su poderío y su organización en contra nuestra desde el año lejano de 1846.

Como dijo el mejor politólogo de su tiempo, don Pedro María Anaya, traicionado por Santa Anna, si están aquí es porque no tenemos parque. Una forma quizá extravagante de repetir el desafío de Jerjes contra Leónidas: entrega las armas; pues ven por ellas. Leónidas murió. Y a la larga Jerjes también, como la gloria de Esparta y el esplendor de Persia.

Y en cuanto a las posibilidades bélicas de México, pues tampoco contra Guatemala, al sur, porque la penúltima declaración de guerra (la última hasta ahora ha sido la del EZLN), fue como un domingo en la feria de Chapultepec, pues López Mateos declaró casus belli por el ametrallamiento de una lancha de pesca y Miguel Ydígoras Fuentes, presidente de la vieja Capitanía General, se hizo el disimulado y terminó su vida, muchos años después, en un hospital de la ciudad de México, pero eso sí, como un viejo general con las botas puestas debajo de la bata del sanatorio. O al menos eso soñaba cuando la enfermedad lo indujo al delirio.

La guerra, eterno jinete en su infatigable caballo de Apocalipsis llamado historia.

La guerra interminable cuyas versiones menores emprenden los gobiernos cada y cuando necesitan dejar su impronta en el (mire esta frase) devenir histórico; recurso de enorme popularidad; guerra contra el hambre (cruzada le llegaron a llamar, como si se tratara de conquistar lo santos lugares de tortilladoras y panaderías; la lucha por el fideo o el bistec); la guerra contra el analfabetismo con todo y la Cartilla Moral de don Alfonso Reyes, cuya firma no le quita lo trasnochado a uno de sus peores textos; guerra a la injusticia, combate a la pobreza, infinita, perdurable lid sin la cual no tiene sentido la búsqueda redentora de la felicidad, pues sin pobres no habría programas sociales y sin ellos no habría persuasión electoral definitiva e imbatible.

Cada bolillo es un voto, cada tortilla un sufragio, cada peso una gratitud. Y así hasta aumentar 30 millones de papeles en la urna. Nada mal, y con dinero ajeno.

Pero éstos son devaneos, desviaciones del tema central: la guerra contra los invasores y si no hay quien profane con su planta el suelo patrio, aquí mismo, adentro de la nación, en nuestros pueblos y ciudades, en nuestras calles y sierras o en las montañas y campos, hay malos mexicanos ­cuya ­labor es el trasiego de drogas o el delito abierto o el robo de los combustibles en delictivas sangrías del petróleo entregado a los mexicanos (dicen) por la munificente sabiduría del Tata Lázaro.

Y así Felipe Calderón declaró su guerra contra el crimen organizado, los narcotraficantes y los demás bandidos y así le fue. No sólo perdió el poder para su partido en las siguientes elecciones, sino se quedó hasta sin partido ni prestigio.

Y si el presidente Enrique Peña no entendió otra forma de hacer las cosas sino sostenerse en la oleada inercial de la guerra calderonista, repitió los errores y no halló un sólo acierto, mientras el goteo de sangre siguió por años y años y ya en esa batalla interminable llevamos dos sexenios perdidos, porque sólo hemos ganado en muertes y asesinatos y cadáveres “pozoleados” y estrellas de la televisión en sórdidos encuentros con los capos y los Chapos, evadidos y recapturados de las porosas prisiones de la alta e inexistente seguridad penitenciaria.

Ésta es una guerra trágica y prolongada, cuyos efectos no cesan a pesar de la nueva estrategia por la cual el pueblo bueno, subsidiado con becas y empleos hasta ahora imaginarios, pensiones de vejez o de cesantía o de cuánto ocurrirse pueda, se apresta a recuperar el ducto.

“El tubito aprestad y el bidón…” cantan los aedos del huachicol cuya invisible presencia pasó de ser una cortina de humo a una actividad persistente, tenaz en la ordeña de tuberías —como esa célebre y multiperforada entre Tuxpan y Azcapotzalco—, como la voluntad de la mosca o el zumbido del zancudo o el empeño del ganso infatigable.

Hasta ahora la guerra del huachicol, sólo ha producido el desquiciamiento del abasto rutinario de la gasolina a los mayores centros urbanos del país, y una polarización de las actitudes y opiniones, pues si bien hay quien mienta madres en las filas por donde no hay combustible, existen también miles de mexicanos felices por haberse puesto, con las incomodidades de la escasez, la casaca heroica de combatientes por la dignidad y en contra de la ­corrupción, la cual es el quinto jinete, causante de la supervivencia de la ya sabida cuadriga de nuestro evangelio de Patmos, Tabasco.

Ya se derrama por aquí la gasolina robada, ya estalla por allá el pecaminoso huachicol, ya se llenan los hospitales de quemados en los flamazos inclementes de Hidalgo y ya se avizora el fracaso de una guardia nacional compuesta por militares, quienes atados por los Derechos Humanos, no pueden actuar ni siquiera como controladores del paso, pues el pueblo bueno los nalguea como ha ocurrido en tantas ocasiones, la más cercana de ellas hace apenas un día y medio en Otumba (¿recuerda usted la carrera del burro?), donde mejor dijeron vámonos antes de cosas peores, pues ya los culpan de todo, hasta de la estupidez colectiva de salir a bañarse en chorros de gasolina, como sucedió a la vista del mundo en Tlahuelilpan.

Pero cada quien tiene su guerra y cada quien escoge sus batallas; excepto cuando las batallas deciden por sí mismas y se presentan y se instalan y luego no hay forma de salirse del problema, pues ni se combate el fuego con el fuego, ni se cambia la realidad con las palabras.

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Claudia Sheinbaum tiene una gran oportunidad de enmendar los desatinos de la Ruta 7 del Metrobús —el desatino mayor es la ruta misma—, pero haber puesto en la Dirección de los Transportes Eléctricos a Guillermo Calderón, quien desde la operación camionera fue decisivo factor para el negocio, no suena como un intento correctivo sino como la prolongación de los intereses del grupo.

A ver cómo resuelve, el secretario de Movilidad, Andrés Lajous, ese trazo inconstitucional.

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Dicen las malas lenguas: Yalitza Aparicio podría ser la única estrella de Hollywood —con todo y Oscar—, a quien Weinstein no habría querido acosar.

 

 


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