Opinión


La memoria exacta y triste de Semprún

La memoria exacta y triste de Semprún | La Crónica de Hoy

La primera vez que leí a Jorge Semprún —creo que en un tardío 2004— no pude entender que lo narrado en aquel volumen era tan sólo fragmento de una misma historia.
El 18 de julio de 1936, el más liberal de los hermanos Avendaño, fue asesinado con saña en la finca de su pueblo, Quismondo de Toledo. Fue una turba enardecida de campesinos afiebrados por la crisis y el alzamiento contra la República. Después del triunfo de Franco, la familia Avendaño, ritual y teatralmente, regresó a la finca cada año, para recordarles a los asesinos y a sus descendientes que los vencedores mataron, simplemente por eso, al único republicano confeso de la aldea. Así empieza Veinte años y un día, y en su desdoblamiento nos enteramos de diferentes historias personales y eróticas, todas perturbadas por las hilarantes maniobras de los agentes represivos del franquismo. Era una historia escrita en español, porque Semprún la vivió en español.
Luego, gracias a un tal Jesús Gaindo, tuve en mis manos Viviré con su nombre, morirá con el mío. Entendí entonces que estaba ante un escritor de talla mayor: no sólo por su temática, siempre colgada en el telón de fondo de la más cruel historia del siglo XX; no sólo por su estilo conciso, elegante, sino porque casi nada de lo que está en esos libros es inventado, casi nada es mentira, casi todo lo extraía de su memoria.
Los comunistas presos de Buchenwald —gracias al viento glacial del Ettersberg— “un viento de una eternidad mortífera, que sopla sin cesar, incluso en primavera” logran interceptar, en 1944, un cable de la Gestapo que inquiere sobre el destino del deportado 44,904, en estos términos “¿Vive aún Jorge Semprún?”. La confusión burocrática le permite entonces suplir la identidad y morir, gracias a lo cual puede narrar esa otra muerte que fue su estancia de dos años en el campo de concentración.
En cada uno de esos libros —escritos en francés casi todos porque los vivió en francés— Semprún habla de desesperanza, porque pasa recuento de todos los horrores ocurridos en Europa en los últimos 70 años; pero también son libros de resistencia, porque esos personajes luchones y que han creído en una causa equivocada, tienen no obstante, tal fuerza y capacidad para sacrificarse por el resto, que les confiere un gran valor: “…son los que saben que el bien no llega solo, aunque la caguen”.
Dominado ya por un dolor de huesos, en 2010, regresó a Buchenwald a conmemorar el fin del “archipiélago del infierno nazi”, en Auschwitz y Birkenau. Cuentan las crónicas que allí se reencontró a otros viejos sobrevivientes del campo, dos de los cuales se le acercaron. “¿Me conoces?”, le dijo Virgilio Peña, un carpintero de 96 años, apresado en París y liberado un 11 de abril. Cómo no: el escritor le deletreó hasta el número de su identificación en la bodega 40 que compartieron y lo mismo hizo con el albañil Vicente García. A todos los convidados les impresionó, sobre todo, la decana precisión de sus recuerdos.
Esta semana volví a Semprún con Ejercicios de supervivencia y me fue inevitable pensar qué hubiera pasado si hombres como él, hubiesen acabado asesinados y los nazis hubieran ganado la guerra. Con ese libro y su fundamental La escritura o la vida uno se estremece por lo cerca que los fascistas estuvieron de destruir la civilización, de sumir al mundo en una oscuridad que podría haber durado siglos.
“Nunca fuimos tan tontos para saber que un autócrata aparentemente controlable, en un descuido, puede convertir al mundo político en una tiranía. No hay que tener ni un gramo de complacencia”.  
En esa época, y en la nuestra —con Trump y Bolsonaro en el vecindario— creo que siempre necesitaremos sacar fuerzas de la memoria exacta y triste de Semprún.

 


Presidente del Instituto de Estudio para la Transición Democrática
ricbec@prodigy.net.mx
@ricbecverdadero

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