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La muerte arrebata a otro charro cantor; el pueblo se despide de Javier Solís

En aquellas horas enloquecidas del sepelio de Pedro Infante, numerosos admiradores, con mayores o menores dotes para el canto, rendían homenaje a la estrella fallecida. Subido en el techo de un mausoleo, un muchacho veinteañero, del barrio de Tacubaya, entonaba su adiós. Aquel joven estaba a punto de iniciar una carrera musical que apenas duraría una década, suficiente para que miles lo adoraran y lloraran por él cuando le llegó la hora de irse al mundo de los muertos

La muerte arrebata a otro charro cantor; el pueblo se despide de Javier Solís | La Crónica de Hoy

Las estaciones de radio se convirtieron en un largo lamento. Una tras otra, las canciones que habían sido parte del repertorio de éxitos de Javier Solís, ese charro cantante, el “Rey del Bolero Ranchero”, se programaban una tras otra, incluso en aquellas estaciones que, en la primavera de 1966, ya programaban eso que empezaba a conocerse como “música pop”. ¿La razón? Una noticia repentina, totalmente inesperada, encogía el corazón de cientos de miles de mexicanos: su Javier, ese muchacho de gran voz, sencillo, humilde como el pueblo de donde había surgido, estaba muerto en una habitación de hospital, a consecuencia de una complicacón post operatoria.

Inevitablemente, surgieron los recuerdos tristes. Era el tercer charro cantor que la muerte le arrebataba al pueblo de México; el tercer ídolo cuya voz acompañó numerosos cortejos y romances en aquellos días de mediados del siglo XX. A la muerte de Jorge Negrete y Pedro Infante, Javier Solís había conseguido ganarse el corazón de la gente y convertirse en una estrella del género ranchero, todavía importante en una época en que buena parte del país empezaba a moverse a ritmo de la música “a go-gó”.

DE TACUBAYA PARA EL PUEBLO DE MÉXICO ENTERO. El verdadero nombre de Javier Solís era Gabriel Siria Levario. Fue el primero de los charros cantores mexicanos que nació en el entonces Distrito Federal. Probó varios oficios antes de encontrar el camino que lo llevaría a la fama: algunos lo recuerdan ejerciendo de lo que hoy llamamos “franelero” y que en los años 50 era un cuidacoches. Fue panadero, y carnicero también. Pero, era evidente que aquel muchacho tenía cualidades para el canto. Comenzó imitando a su ídolo, Pedro Infante, y aquel día de abril de 1957, cuando cantaba a pocos metros de la sepultura de Pepe el Toro”, intentaba dar a su voz el tono y las inflexiones del muerto admirado. A la larga, se convenció que el canto era lo suyo, y por ahí llevaría sus esfuerzos y sus sueños.

Comenzó, como todos; cantando aquí y allá, haciendo un poco de todo. En esos primeros tiempos, hasta llegó a cantar tangos, y formó parte de varios tríos. Pero lo suyo, lo suyo, eran las canciones rancheras, y cuando las cantaba, seguía imitando el estilo de Infante. Gente amiga, que también advertía el talento y la disposición del muchacho Siria Levario, lo bien encaminó y lo convenció de que tomara clases de canto. Así fue surgiendo su verdadera voz, su propia identidad con todo su potencial y con las promesas que entrañaba poder competir para convertirse en una nueva estrella.

Era 1959 cuando, después de algunas grabaciones que no habían tenido mayor trascendencia, Gabriel Siria, que era cada vez más Javier Solís, grabó un bolero ranchero, Llorarás, llorarás, de Rafael Ramírez. La canción, su primer éxito, lo puso en el reflector. El público mexicano se sentía un poco huérfano desde la muerte de Negrete e Infante, y el surgimiento de Solís era algo para emocionarse, para seguir acudiendo al mundo de la música ranchera en busca de referentes para acompañar la vida, con sus alegrías y sus tragedias. Así, empezó a colocarse en las preferencias de los radioescuchas y los aficionados al género, que todavía eran muchos.

¿En qué radicó el éxito de Javier Solís? Ciertamente, era dueño de una voz poderosa y con sentimiento; era el heredero de los ídolos nacionales de la década anterior. Pero, el México de mediados de los años sesenta era una peculiar mezcla de lo urbano y lo rural; se miraba hacia el futuro, hacia la tecnología y la presencia internacional. Pero los sentimientos profundos de muchos mexicanos aún estaban prendidos a los géneros y a las melodías con las que habían crecido, y que tenían su origen en ese mundo donde el mariachi, sus canciones y sus cantantes eran indispensables en los hogares del país.

Pero también, Javier Solís era integrante de la población urbana, y cantaba con mariachi, pero no sólo con mariachi y no sólo canciones que remitieran al universo sentimental del mexicano. También grabó éxitos internacionales que en su voz fueron hits renovados, como Sombras, de origen Argentino, Más allá, una pieza italiana, En mi viejo San Juan, portorriqueña, La Luna y el Toro, de España, o Vendaval sin rumbo, una pieza cubana.

¿Por qué era tan querido? Porque, esencialmente, Javier Solís era un compañero de las tristezas íntimas, de los abandonos, los desamores y las rupturas. Esos eran los temas de muchas de las canciones que interpretó. No eran las canciones echadas para adelante y bravuconas de los otros charros cantores. Eran melancólicas y dolientes; el bálsamo ideal para quien enfermaba de mal de amores.

Muchos e importantes compositores y letristas, y no solo del género ranchero, le dieron canciones a Javier Solís. Grabó piezas de Agustín Lara, de María Grever, de Luis Arcaraz, de José Alfredo Jiménez, de Federico Baena y de Álvaro Carrillo, entre muchos otros. Casi todas las canciones que grababa se convertían en éxitos, y ese triunfo fue capitalizado en la radio, en la televisión y el cine; años hubo en que llegó a filmar cuatro películas seguidas.

Ay, Cariño, Cenizas, Esclavo y Amo, Esta tristeza mía, eran éxitos que cualquiera reconocía. Con Entrega total, se coló a las estaciones que ya programaban la música pop que ya miraba a la cultura global.

En las primeras semanas de 1966, Javier Solís triunfaba con dos boleros: Me recordarás, de Adolfo Salas, y Amigo Organillero, de Rafael Carrión, que también era su arreglista. A la muerte del cantante, hubo quienes vieron en aquellas dos canciones una especie de presagio: aquella voz parecía presentir la llegada de la muerte.

Era marzo de 1966 cuando Javier Solís estaba en plena filmación de Juan Pistolas, la que sería su última película, cuando comenzó a quejarse de fuertes cólicos biliares. La intensidad de los dolores era tal, que con trabajos logró terminar su trabajo cinematográfico, y a principios de abril sufría molestias que no vacilaba en calificar de insoportables.

Se internó en un hospital de la Colonia Roma de la Ciudad de México, donde le extirparían la vesícula. Parecía un asunto tan controlado, que ni siquiera era tema de las columnas de pequeños chismes e historias del mundo del espectáculo.

Por eso, la aparición de la nota de su muerte, en la prensa del 19 de abril de 1966, fue una triste sorpresa para ese pueblo que lo quería tanto.

LÁGRIMAS REPENTINAS Y UN RÁPIDO FUNERAL. De manera casi atropellada, comparada con los funerales de otros ídolos, el funeral de Javier Solís se resolvió en el curso de un día y medio. Fallecido casi a las 6 de la mañana del día 19, se resolvió llevarlo a una agencia funeraria en las calles de Sullivan, y al medio día del 20 de abril, se le llevaría al lote de actores del Panteón Jardín.

Por esas cosas de la vida, mientras se disponía el velorio de Javier Solís, en los cines de la capital se exhibía La vida de Pedro Infante, una película que pretendía contar la biografía del ídolo sinaloense; muchos mexicanos seguían con atención el viaje del expresidente Adolfo López Mateos a Italia, y desde ahí se confirmaba que la Ciudad de México sería sede de los Juegos Olímpicos de 1968, y los más jóvenes todavía comentaban la reciente transmisión, en la televisión nacional, de material de importación, nada menos que una actuación de los Rolling Stones. El videotape era una novedad en aquellos días, y servía, entre otras cosas, para traer a las grandes estrellas de la música moderna.

Pero el México sentimental, cuyas raíces aún sonaban a mariachi, se vistió de luto por Javier Solís. Y en forma de una enorme fila, silenciosa, ordenada, lacrimosa, rodeó la cuadra entera de la funeraria. Las cámaras captaron a un joven actor, Manuel El Loco Valdés, al borde de las lágrimas ante el ataúd de Solís; Viruta y Capulina, conocidos cómicos y cantantes, también estuvieron, entre muchos otros compañeros cantantes y actores, contándole a la prensa cuánto querían a ese muchacho de Tacubaya que se había muerto cuando no tenía más que 35 años.

Niños con flores, mujeres bañadas en llanto comenzaron a ser un personaje, un gesto, un reclamo que se repetía una y otra vez: “¿Por qué nos abandonaste?”, le decían al muerto, que, embalsamado y maquillado para la despedida, estaba ahí, en el ataúd abierto, al alcance de sus fieles, más cerca de lo que nunca lo vieron en la pantalla del cine o de la televisión. Pero el querido ídolo ya no podía sonreírles ni tomarse una foto con ellos. Por eso, ya no quedaba sino el llanto.

“¿Por qué los ídolos se mueren jóvenes?”, se preguntó algún columnista de espectáculos. Y no había respuesta. Mucho se rumoraba acerca de las causas de la muerte de Javier Solís: que si le habían indicado que no bebiese agua inmediatamente después de la operación, y él se había tomado una jarra entera de limonada con hielos; que si no había obedecido las indicaciones de los médicos, y se levantaba, arrancándose las sondas y las venoclisis. Su apoderado habló de una peritonitis, otros mencionaron una infección en los canales biliares. Javier Solís se iba entre lágrimas y preguntas que nadie alcanzaba a responder.

UN SEPELIO, TRES ESPOSAS Y 18 HIJOS. La figura del macho mujeriego y cantador no era ajena a Javier Solís. A su funeral se presentaron tres mujeres, que dijeron ser las legítimas esposas del cantante. Entre las tres, sumaban 8 hijos, y, preguntado aquí y allá, la prensa aseguraba que existían en total 14 hijos de Javier Solís, que estaban en posibilidades de reclamar la herencia, los bienes del ídolo muerto. Todas y cada una de las presuntas esposas procuraban ser educadas, para las circunstancias en las que se encontraban; pero eso sí: le dijeron a todos los que quisieron escucharlas que sus hijos tenían derecho a lo que hubiera dejado Javier, que, además de hijos, tenía tío, al que quería como padre, sobrinos, primos y numerosos parientes más.

En el barullo, apareció una mujer más, que dijo tener un pequeño de ocho años, hijo también de Solís. Cuando los reporteros quisieron conocer al pequeño, aquella mujer explicó que el niño no estaba, porque se había salido de casa hacía un mes, pero que estaba “a punto de regresar en cualquier momento”.

Así partió el cortejo; así recorrió aquella misma ruta que en otros años recorrieron los seguidores de Negrete e Infante. Cuando llegó al Panteón Jardín, lo encontró lleno de gente que aguardaba, acomodada donde se pudo, como se pudo. Toda la barda del cementerio estaba llena de muchachos, sentados, esperando el momento para despedirse de su ídolo.

Una vez más, se desató un tumulto en el que se robaron carteras, tiraron o aplastaron gente y abundaron las lágrimas y los desmayados. Los líderes sindicales, Jaime Fernández y Julio Alemán, que intentaban pronunciar los discursos de despedida, estuvieron a punto de caer en la fosa, porque los admiradores, desesperados, empujaban y empujaban, intentando acercarse al féretro.

Eran días de Semana Santa cuando Javier Solís llegaba al Panteón Jardín. Una semana después, al mismo tiempo que se estrenaba en México Help!, la segunda película de los Beatles, empezó a circular el último disco que grabó, Y todavía te quiero. No se sabía aún si Solís había muerto intestado o no, y trascendía que sólo la muerte impidió que se convirtiera, con Lola Beltrán, en el conductor de “Noches Tapatías”, que se convertiría en un clásico de la televisión de aquellos años.

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