Opinión


La nueva escuela mexicana y la formación humanística

La nueva escuela mexicana y la formación humanística  | La Crónica de Hoy

La política de impulsar una Nueva Escuela Mexicana implica, nos dice Esteban Moctezuma, —titular de la SEP—, una renovación de los componentes principales del sistema educativo: planes de estudio, métodos de enseñanza, materiales educativos, formación inicial y continua de maestros, etc.

Esta transformación no puede ­ocurrir de súbito y sólo puede ser factible si se realiza de manera gradual y con la participación de todos los actores educativos. En el marco de los contenidos educativos sobresale la idea de ofrecer una formación humanística o integral, que incluya las dimensiones física, intelectual, emocional, moral o ética, estética y cívica de la persona.

Esta idea holística está contenida en el viejo enunciado del artículo tercero constitucional en el que se dice que la educación se debe proponer “el desarrollo, armónico, de todas las facultades del ser humano”. El valor que encierra este postulado —cuya paternidad es atribuida a Jaime Torres Bodet— es, evidentemente, inconmensurable, pero su puesta en práctica representa un desafío enorme para los maestros y para las escuelas.

La incontrovertible realidad es que la educación que se imparte en nuestras escuelas es, en la mayor parte de los casos, intelectual. La educación física languidece: se le conceden sólo una o dos horas a la semana. La educación emocional y moral ocurre, pero no como parte de un proyecto pedagógico, sino como resultado espontáneo de las interacciones sociales que se producen en la escuela (lo que técnicamente se conoce como currículum oculto).

La formación estética o artística de los alumnos tiene una presencia débil en la escuela. Es verdad que en muchos casos se forman coros, se organizan estudiantinas o grupos de danza; y también es cierto que algunas (pocas) escuelas primarias y secundarias escenifican obras de teatro y, a veces, con el apoyo de fundaciones filantrópicas se han logrado organizar verdaderos grupos musicales y orquestas. Son casos excepcionales.

El civismo se propone formar a los futuros ciudadanos, lo cual supone el desarrollo y la adquisición de conocimientos, valores, habilidades, disposiciones, orientadas a desarrollar en el alumno una conciencia clara de sus responsabilidades ante la comunidad —cercana y extensa— a la que pertenece. No es una asignatura cualquiera: es el eje fundamental de la educación, es la herramienta pedagógica más poderosa que la escuela tiene para hacer frente, en el mediano y largo plazo, a la ilegalidad, la violencia y, en general, al deterioro de nuestra democracia.

No olvidemos que el ciudadano es el fundamento del Estado democrático (es el primer agente político del Estado). No obstante su gran relevancia, el civismo —en primaria y secundaria— se ofrece a los alumnos como una materia esencialmente cognitiva. Algunos docentes piensan que basta con memorizar el nombre de tales o cuales instituciones o tales o cuales héroes de nuestra historia, para que los alumnos se conviertan en buenos ciudadanos. Es verdad que aprender de memoria los derechos humanos fundamentales puede ser algo valioso. Pero lo que debe importar sobre todo es preparar al alumno para desarrollar el juicio moral y político que le permitirá actuar de forma crítica e inteligente ante determinadas circunstancias concretas.

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