Opinión


La primera crisis del año

La primera crisis del año | La Crónica de Hoy

La única explicación posible para la extinción de instituciones o su cambio de nombre con el costo de una nueva adaptación administrativa y funcional es de orden propagandístico. Es también una forma sesgada de exaltar la personalidad de reformador, del transformador. Es poner una mojonera con signos en el camino, una fecha divisoria, antes de mi, después mío.

Este gobierno —y en general los anteriores—, muestra siempre su labor sexenal con dos aspiraciones; trascender el sexenio y borrar de la memoria a sus antecesores, hayan sido enemigos o favorecedores. El hombre político es vanidoso por excelencia, como todos los actores. También es histriónico y falso. Su personaje casi nunca se corresponde con su verdadera condición.

Un poco —como ejemplo— aquella historia de Vicente Lombardo Toledano, quien tenía una soberbia colección de trajes finos, todos iguales, del mismo casimir e idéntica hechura para burlar la percepción de su riqueza. En público, el hombre del traje gris. En privado, la opulencia.

Pero estas son divagaciones. El asunto de hoy es mucho más grave: la desaparición caprichosa, demagógica del Seguro Popular (en contra de las opiniones, consejos y recomendaciones hasta de cinco exsecretarios de Salud de distintos momentos y gobiernos y del propio sentido común), ha profundizado el desbarajuste y ha mostrado el verdadero rostro y el costo de improvisar sin motivo, de cambiar al capricho, de infectar el quirófano con la resistente bacteria de la demagogia.

Y como siempre los afectados son los pobres. Esos a quienes se quiere redimir, pero de arranque se les condena a servicios de segunda o tercera calidad, porque el sistema operativo ha sido atascado con tuercas de discurso en los engranes de la realidad.

Primero fue el desabasto de medicamentos en todos los niveles de los servicios públicos. Ahora la supresión de dichos servicios o su inscripción a ellos mediante un sistema de cuotas indefinidas, en medio de la oleada de un maremoto: todo es gratis, nadie paga nada.

En la administración pública se sabe de sobra: lo gratuito es lo más caro, cuesta más, a la larga, y produce resultados sin calidad. Porque las cosas cuestan, el tiempo tiene un valor, los hospitales necesitan insumos por encima de sus siempre raquíticos presupuesto y mecanismos burocráticos.

La medicina privada es prohibitiva, pero con las opresivas decisiones de un falso redentorismo sanitario, no se está logrando nada sino colocar a la medicina comercial por encima de la medicina social.

La medicina pública es insuficiente. El resultado es el caos. Y ese caos ahora, en el arranque de año, con la primera crisis del año (como en el anterior, se causa el desabasto de combustibles, por ejemplo), es notorio, así se le quiera echar la culpa a una conspiración de los fabricantes de medicinas, buitres malvados cuyo lucro por la enfermedad es inmortal e inadmisible. Pero por encima de esas condenas de discurso placero, la verdad es simple: los servicios públicos de salud, como dijo ayer el senador Germán Martínez, exdirector del IMSS, son un desastre.

Y lo dice un panegirista de la IV-T, no un conspirador.

La gratuidad insuficiente, cuya palabrería no le alcanza para todo, sino sólo para los primeros niveles, lleva al absurdo: hacer gratuito lo gratuito. El Seguro Popular está en la gratuidad. Y las llamadas cuotas de recuperación servían apenas para justificar el derecho, sin mayores sobresaltos financieros para quienes carecen y seguirán carentes de dinero.

La educación pública, por ejemplo, es —en términos generales— mala por gratuita y por inducir al círculo vicioso de falta de estímulos y méritos. Pases en automático, ausencia de exámenes, falta de evaluaciones, control de los sindicatos, tolerancia al ausentismo, escaso rigor científico, suspensiones frecuentes de labores (como sucede en la UNAM en estos días sin motivo alguno), como decía Kiko Mendive, todo al “ai se babalú…”

Y por hacer las cosas al “ahí se va”, vemos cómo todo se tropieza y se equivoca.

No se trata de promover el éxito comprometiendo el cansancio del ganso o el cambio de nombre del promotor. Sería mejor, primero, un poco de orden y sensatez en la administración y colocar, por primera vez, los bueyes delante de la carreta y trabajar de espaldas a la propaganda. El error, a mi modo de ver, consiste en las ocurrencias para justificar los planteamientos exaltados de una campaña, cuando ya no se necesita convencer a nadie pues la mayoría ya se convenció.

Pero igualmente se puede desilusionar. Y la masa desilusionada, suele ser trágica.

 

 

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

elcristalazouno@hotmail.com

 

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