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La vida en la FM, las canciones “atrevidas”, los videos y las fallidas censuras: todo en media década

Los jóvenes de los 80 vivían musicalmente, mediáticamente. La radio, transformaba su presencia después de los terremotos, era la gran compañera de aquellas generaciones que se iban haciendo adultas. Precisamente por eso, fue escenario de pequeños escándalos domésticos, sorpresas que devenían en formas de ser y de vestir e, incluso, de bobas, bobísimas censuras.

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En 1985, la radio FM le había ganado la carrera a la AM. Las cifras eran elocuentes: 64.9% de la audiencia escuchaban las estaciones de la FM, que sonaban mejor, que tenían lo último de lo último en materia de música, y algunas habían logrado conectar con los millones de jóvenes de la época, interesados en la música del momento y en todo lo que traía aparejado.

Como siempre ha ocurrido con los espectros radiofónicos, seguía habiendo para todos los gustos, y en el proceso de reconstrucción, material, social y emocional posterior a los terremotos, la radio había estado a la altura del reto. En las horas de crisis, fue puente entre el lastimado centro del país y todos los que necesitaban saber o necesitaban comunicarse con alguien, en un punto incierto de la Ciudad de México. Aquella hazaña, entre el amor a la casa en ruinas y el viejo oficio de informar, no sería olvidada por los habitantes de este país: la radio ganó en credibilidad y audiencia.

En la radio mexicana se decían y opinaban cosas que no se escuchaban en la televisión, objeto, por aquellos días, de importantes críticas a lo que producía y a lo que no entraba en sus programaciones. La televisión privada había intentado penetrar en los intereses de las nuevas generaciones: buena parte de los chavos de la época condescendían a ver un fragmento de Siempre en Domingo, cuando presentaba a alguno de los artistas pop importados de España, y el proyecto de televisión cultural que se instrumentó en el Canal 9, con Video Cosmos, un programa de larga duración, con numerosos segmentos musicales, “culturales”, de crítica cinematográfica. Pero la radio, indiscutiblemente, acompañaba a muchos en la vida diaria.

Los madrugadores se levantaban para ir al trabajo o a la escuela, y escuchaban al líder de las producciones noticiosas de la época, Monitor, que conducía José Gutiérrez Vivó. La música se desplegaba en el resto del día, y no solo para el consumo de la música de moda. Fueron muchos a los que, haciendo las tareas o los trabajos para el día siguiente, sorprendía la llegada de la medianoche, cuando, en Universal, que se especializaba en música de los años 60 y 70, brotaba la voz de Adolfo Fernández Zepeda, leyendo un poema: La noche quedó atrás…”.

La radio pública tenía nuevos aires, provenientes de la creación del Instituto Mexicano de la Radio, que agrupó estaciones de mucha prosapia e historia, como la XEB, la XEQK que todavía atormentaba a las almas sensibles con la hora exacta, cada minuto, y otras que rescribían su historia, como la 660 de AM, que en 1969 había transmitido en vivo desde Avándaro y que los niños de los 80 conocieron como Radio Infantil.

El pop y el rock en inglés rebotaban por todo el cuadrante; para los románticos, ahí estaba Radio Amistad; La Hora de los Beatles ahí seguía, en el 790 de la AM, con su legión de fieles seguidores y con sus viernes de especiales, conducidos por un muchacho, Manuel Guerrero, beatlemaniaco de pura sangre, que había ganado, en los primeros años de la década, el legendario concurso “Las Trece Preguntas del Trece”.

Pero la música del momento, y por lo tanto las preferencias, se las peleaban fuertemente dos estaciones de las FM: Rock 101, que transmitía Puro, Total y Absoluto Rock and Roll, en español y en inglés, y la legendaria XEW, con su concepto de “Magia Digital”.

Fue en la W de aquellos días en la que se transmitió una radionovela reconvertida al humor y al lenguaje de los muchachos de la época. Inolvidable, muchos tendrían puesto su cassette para grabar, un fin de año la historia tremebunda de El Pavo Asesino, que fue un auténtico éxito. Tan importante fue que, cuenta la anécdota, que el todopoderoso Emilio Azcárraga Milmo, dueño de Televisa y de Radiópolis, llamó a su director, Jaime Almeida, para saber a quién se le había ocurrido “esa pendejada del pavo asesino”. Almeida le dijo el nombre del creador, pero, para proteger a los muchachos involucrados, asumió la responsabilidad de la transmisión. “¡Es lo más genial que he escuchado en mucho tiempo! ¡Que me venga a ver ese González!”, dicen que dijo El Tigre. “Ese González” era Alejandro González Iñárritu, quien junto con Martín Hernández y Charo Fernández, habían creado aquella delirante historia navideña.

Eso era la radio joven de los ochenta: las grandes bandas del rock y el pop ochentero; las voces que llegarían para quedarse, entraron a muchos hogares por aquellas frecuencias. Toto, Men at Work, Wang Chung, Level 42, Orchestral Manouvres in The Dark, Tears For Fears, y muchos, muchísimos más, sonaron mañana, tarde y noche, a veces con un par de éxitos, solamente, como ABC, David FR —que trajo “Words”—, a Falco —que fascinó una sola vez con “Amadeus”—  O Wham!, que a cambio nos dejó a George Michael. El abanico era inmenso y el mercado también. Después de todo, como decía una canción de uno de los grandes de la época, Billy Joel, “de cualquier manera, para mí, sigue siendo rock and roll”.

Y lo más entretenido: a todos ellos no sólo se les escuchaba: también se les veía: era el reino del video musical.

VIDEOS, VIDEOS, VIDEOS. El primero fue “Video Killed Radio Star”, de un grupo, Buggles, del que nadie oyó nada nunca más. El género llegó para quedarse y ya no eran solamente tomas del cantante o el grupo ejecutando sus canciones, no. Ahora había narración, evocación, homenajes a clásicos, como el de Madonna cantando “Material Girl”; experimentos visuales, como el de “Take on Me” de A-HA. Rick Astley, un muchacho con poderosa voz de barítono y aspecto de novio bien portado, tenía videos con pequeñas historias románticas. Ese era el estándar del género, narraciones redondas, casi perfectas que duraban lo que una canción.

Era inevitable que el video musical se convirtiera en toda una industria, vinculada a la producción melódica. La televisión por cable dejó de ser un instrumento “para practicar el inglés” —como decía el lema promocional de Cablevisión en los primeros años de los ochenta— y el MTV de aquellos años ofrecía una rica colección de los videos del momento. Y es que ver a aquellos ídolos internacionales, traía aparejada la moda: algunos cantantes volvieron a usar saco y corbata para presentarse, y otros decidieron continuar con las greñas largas y los inevitables jeans; se usaban arreglos y cintas en el pelo a lo Madonna o a lo Cindy Lauper; sacos “desestructurados” o los arriesgados colores fosforescentes que solo combinaban con prendas negras; looks inquietantemente andróginos como los de Boy George, el vocalista de Culture Club, que parecía una curiosa muchachita, pero cuya voz era inconfundiblemente masculina. Algunas de esas cosas llamaban la atención de padres y madres de familia; alertaban a directivos de estaciones de radio, pero eso nada lo podía parar.

CENSURAS TONTAS, FRACASADAS. Si Boy George despertaba morbosa curiosidad, y canciones como “Like a Virgin” daban qué pensar, en general, la música en inglés no despertó polémica. Era, simplemente, y como decía Cindy Lauper, que las chicas —y los chicos— solamente querían divertirse. Pero algunas piezas en español sí generaron polémica, porque los adultos sí se ocupaban en escucharlas.

Así, hubo casos de censura y de polémica. Censuras tontas, que más bien mataban de risa a los muchachos, que, de todas maneras, comprando el disco, o cambiándole a la estación, podían escuchar la versión sin censura: eso fue lo que ocurrió con los Hombres G, que escandalizaron con una pieza que se llamaba, indistintamente, “Sufre, mamón”, o “Devuélveme a mi chica”. La culpa era de una palabra: “mamón”. Las buenas conciencias reclamaron el uso de las eternas malas palabras en la música de moda. En consecuencia, algunas estaciones transmitieron una versión donde se eliminaba la palabra maldita. Pero sólo había que buscar la estación donde se transmitiera sin cortes para escucharla. El asunto mereció hasta mesas de análisis en la radio pública.

Al poco tiempo, Hombres G volvieron a asustar a la honorable audiencia adulta con “Suéltate el pelo”, que no parecía tener nada de malo, hasta que llegaba a la frase “…y luego, si quieres, el sujetador”. Y cuando los adultos se enteraron de que en España a los brassieres se les llama “sujetadores”, entonces sí que se enojaron. Y también le cortaron a la canción.

Eran censuras muy ineficaces; todo mundo se sabía las canciones. Otras piezas generaron polémica: Mecano, grupo al que los mexicanos escucharon por primera vez sin saberlo, en una de las entradillas de VideoCosmos, gustó mucho en México; hasta Televisa grabó un especial “Mecano Video”, para lanzarlos en México. Aquel programa, transmitido en la primera mitad de 1985 es hoy un documento visual, porque parte de él, que corresponde a la canción “Busco algo barato”, se grabó en el Hotel Regis y en un almacén contiguo, Salinas y Rocha, en la Avenida Juárez de la Ciudad de México. Ambos lugares se derrumbaron en los terremotos. Mecano estaba, pues, aceptado en nuestro país —porque la censura no se fijaba en canciones no tan populares como “Perdido en mi habitación”, que hablaba de pastillas para relajarse y disipar la angustia— y piezas como “Cruz de Navajas”, “Ay, que pesado”, “Hijo de la luna” o “No es serio este cementerio” eran simpáticas o emocionantes. Pero cuando llegó el disco “Descanso Dominical”, en 1988, y sonó en la radio “Mujer contra mujer”, definitivamente incomodó. ¿Un grupo tan bonito se ponía a hacer apología del lesbianismo?

La censura no funcionó igual que con los Hombres G. La canción se programó poco en la radio, pero todo mundo la conocía. En el fondo, los críticos de los mensajes de un mundo distinto, con menos pudores y más ganas de hablar, se iban quedando arrinconados. La música de la segunda mitad de los ochenta era demasiado poderosa para que su influencia se disminuyera con unas pocas ediciones de audio o con fingir que no existía.

Al final de la década, cuando llegó un grupo de tecno-pop español, que originalmente se dedicaba a bailar y a diseñar ropa, el gran público juzgó rápido y sin mucha profundidad: muchas mujeres dijeron “¡Qué guapos!”. Muchos varones vieron sus espectaculares hombreras, sus chaquetas con olanes y faldones, y los enormes abanicos con los que bailaban, y sentenciaron: “bola de maricones”. Cuando los tuvo en su programa, Raúl Velasco no sabía para dónde mirar. Tan entretenidos estaban los mexicanos juzgando su apariencia, que no advirtieron una canción de aquel cuarteto, Locomía: lo más profundo que cantaron —con playback— alguna vez; ni siquiera por su letra, bastante elemental, sino por lo que significaba que cuatro chicos tuvieran una pieza acerca de uno de los personajes que iban a transformar el mundo. Era, nada menos, que “Gorbachov”. Se avecinaban nuevos tiempos.

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