Opinión


La vieja normalidad ya se murió

La vieja normalidad  ya se murió | La Crónica de Hoy

Con las semanas, la frase se volvió lugar común: el mundo no será el mismo después de la pandemia. Pero es una realidad de a kilo. La vieja normalidad ya se murió. Y eso nos obligará a pensar y a actuar de manera diferente.

Existe, por supuesto, el no tan soterrado deseo que las cosas vuelvan a ser como antes. Estábamos acostumbrados a ellas, y ahora apreciamos mucho de lo que teníamos, y nos percatamos que no las valorábamos lo suficiente. Pero también existe, reptando en la conciencia, la idea de que muchas cosas estaban mal, y tampoco nos dábamos cuenta cabal de ello. La pandemia nos ha permitido meditar sobre ello.

Esto vale en muchos planos de la vida. Abordaré sólo algunos de los más obvios, tomando en cuenta una cosa importante: apenas estamos enterándonos de que va a haber cambios fuertes, todavía no nos damos cuenta de qué tan amplios van a ser. Las certidumbres están saltando por los aires.

El tamaño de la crisis económica va a tener efectos muy profundos, porque la depresión va a ser prolongada, y los datos apenas empiezan a salir a la superficie. Se dice que regresaremos al punto cero hasta 2022 o posteriormente. Lo que no se suele decir es que ese punto cero es el del tamaño de la producción de bienes y servicios, no de la constitución de esa producción y mucho menos de su distribución, a nivel nacional y supranacional.

En toda crisis, hay industrias que se fortalecen y otras que se debilitan hasta casi desaparecer. Otras que cambian de tal forma que se vuelven irreconocibles. Eso también implica fortunas que se crean y fortunas que se van como agua entre los dedos.

¿Qué sucederá con la industria de la aeronáutica, por ejemplo? ¿Qué pasará con el turismo? ¿Dónde irá la del petróleo? ¿Qué pasará con la automotriz? En todas ellas podemos esperar un bajón severísimo, que no se puede resolver mediante la inyección de dinero o campañas de promoción. ¿Qué tanto, y hacia dónde, crecerá la economía digital? ¿Cómo se transformarán la educación, la alimentación, la cultura y el entretenimiento? ¿Habrá un rebrote de la industria de la salud, podrá la salud seguir siendo manejada como una mercancía? ¿Cómo cambiará el manejo, y la concepción misma, de infraestructura? ¿Con qué características incrementará el papel de la seguridad? ¿En qué actividades habrá innovación y poder de mercado?

Ningún reacomodo será sencillo, porque implicará la muerte de empresas, cuando no de sectores enteros de las economías, mientras que otras empresas y sectores nacen o se fortalecen. Esto cambiará, a menudo dramáticamente, muchas historias personales y familiares.

Los cambios también tendrán que implicar una nueva visión del Estado, porque evidentemente el costo social del reacomodo en puerta será mucho mayor si no hay una intervención pública que ayude a que la reorganización no se haga sobre una precarización todavía mayor del trabajo, que a su vez genere una desigualdad todavía mayor.

Y habrá también cambios en las finanzas. Los paquetes de estímulo que han puesto en marcha la mayoría de los países son sólo el paliativo básico para que la caída económica no sea vertical, pero no resuelven el problema de fondo del exceso de capitales que no encontrará donde ubicarse provechosamente. Con el tiempo quedará claro que los sistemas financieros, también ellos, requerirán una reestructuración.

El efecto más evidente, se prevé, es el aumento en la pobreza. Millones que estaban saliendo de ella, volverán. La pregunta es si lo aceptarán sin chistar. Al mismo tiempo, habrá una demanda creciente de bienes y servicios públicos de calidad, que no se llenará con apoyos monetarios. El pronóstico previsible es el de las turbulencias sociales.

En este contexto de incertidumbre y complejidad, no hay gobierno capaz de tener una respuesta acertada, simplemente porque nadie la conoce. Muchos preferirán aferrarse al pasado, hacerse a la idea de que la crisis sistémica que ha desatado la pandemia es un mero remezón, y no ha afectado las bases del mundo en el que vivíamos antes. El edificio no sólo se movió: ha quedado resquebrajado.

En ese no querer ver las cosas, pueden seguir apostando todo su resto político precisamente allí donde hay menos probabilidades de éxito en el mediano plazo: petróleo y derivados, aeronáutica, turismo. Casualmente —pongo el adverbio en serio— las áreas en las que el gobierno de México seguirá poniendo todas las canicas. Pero no creamos con ello, que López Obrador es el único que anda perdido. Tal vez lo esté más que otros, pero nadie se salva del todo.

Las recetas del crecimiento excluyente, que hicieron crac hace más de una década, han sido totalmente rebasadas por la realidad. Lo mismo puede decirse de la mayor parte de las teorías asociadas a aquel modelo de funcionamiento económico.

Tampoco los populismos de diversos colores, que permiten hacer cambios cosméticos al modelo, pero también lo hacen más ineficiente, son capaces de dar una salida real a este problema. Les perjudica enormemente no creer en la ciencia, en las instituciones y en la globalidad.

Esta generación tendrá que hacer un esfuerzo muy grande de comprensión, porque se requieren saltos conceptuales; de organización social y política, porque los Estados actuales tienen limitantes que obligan a recorrer rutas paralelas; y de utilización social de la ciencia, porque sólo ella nos da los instrumentos para atacar problemas tan intrincados.

Los que vienen serán tiempos de sumo interés para la discusión y la innovación, en mil terrenos de la vida humana. Desgraciadamente, serán también tiempos muy difíciles.

 

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